3# El templo del adiós

Una silueta apareció entre los árboles, en medio de la espesura. Observaba con atención a un grupo de hombres con antorchas que ascendían por el camino que provenía del Norte.

Exhaustos por el esfuerzo y el calor, no tenían fuerzas para escapar de sus perseguidores, unos bárbaros que les seguían a pocos minutos bajo la luna llena. Su reflejo iluminaba el tranquilo río de aguas claras y cristalinas que atravesaban el hermoso valle.

Al llegar a un pequeño claro, uno de los hombres cayó abatido por una flecha, un disparo certero en la parte posterior de la pierna. Al verlo desplomarse, algunos de los hombres se giraron para tratar de ayudarlo, otros, ni si quiera se pararon tratando de salvar la vida. Y sólo estos, pudieron escapar de la masacre que aconteció momentos después, los bárbaros alcanzaron a los rezagados acabando con todos ellos.

 No habiendo saciado su sed de sangre, continuaron la marcha para tratar de dar caza a los que habían podido escapar, dos de ellos pero, se quedaron para rematar la faena. Cuando éstos ya y habían saqueado lo poco que tenían de valor los cadáveres y se habían marchadoras sus compañeros, la silueta oculta en el bosque, se acercó al lugar de la masacre. Era un caballero montado sobre un caballo.

—Seguidme, soy el caballero de la blanca luna. Y os he venido a buscar —anunció con voz clara y segura.

Los cuerpos se levantaron lentamente y miraron abstraídos al caballero quien vestía una reluciente armadura. Montaba sobre un hermoso corcel blanco que se erguía majestuoso frente a ellos.

—Es tiempo de descansar, rápido —agregó al tiempo que iniciaba la marcha dirección al interior del bosque.

Los hombres que se habían levantado le siguieron por la espesura, anduvieron horas antes de que el caballero les hablara nuevamente. Por ese entonces, estaban en un claro rodeado por una intensa niebla, y el misterioso jinete les ordenó que esperaran allí a su regreso. Se marchó hacía el interior de la niebla desapareciendo en ella para volver minutos más tarde con los otros hombres que habían podido escapar del primer ataque.

—Sigamos, es hora de descansar — ordenó con firmeza el caballero.

Todos se pusieron en marcha y se adentraron por un camino oculto, tras unos pocos pasos se encontraron descendiendo a través del bosque. No penetraba luz alguna y los árboles eran cada vez más altos y gruesos. Entre ellos se podía divisar una luz en el centro del bosque, en pocos minutos llegarían a aquella luz esperanzadora. El caballero hizo un alto.

—Allí os aguarda mi templo, dormir —dijo con voz temblorosa, antes de volver por donde habían llegado, dejándolos allí, donde morarían eternamente.

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