8# La dama del lago

—¿No sabes que es la “psique”? ¿Cómo puede ser? —preguntó desconcertado—. Hasta un preescolar sabe lo que es… —concluyó en tono molesto.

—¿Un preescolar? ¿Qué es eso? ¿Se puede comer? —preguntó mientras se rascaba la cabeza.

Quizás tengamos que rebobinar un poco para poder entender esto. Por un lado tenemos a Harald, un joven vikingo que sin saber cómo, ha llegado a conocer a Ron, un chico del siglo XXI, que tras quedar cegado por el sol, al volver a abrir los ojos se encontraba allí sin saber cómo.

Lo siguiente que recuerda es verse el uno delante del otro. Cuando se vieron las caras por primera vez Ron pensó que estaría bajo los efectos de alguna droga. Miró a su alrededor y lo único que vio fue uno inmenso lago helado bajo sus pies, y a un pequeño individuo vestido con pieles de animales y una pequeña hacha en su mano. Harald estaba atravesando el lago como prueba para convertirse en un hombre a los ojos de su poblado. Al ver a Ron delante de él vistiendo esos ropajes tan extraños pensó que estaba sufriendo alucinaciones.

—¿Pero qué demonios? —dijo mientras cogía el hacha con sus dos manos—. ¡Quieto! ¿Quién eres? ¿Eres el espíritu de la Dama del Lago? —preguntó Harald con voz temblorosa.

—¡Ai va! —exclamó Ron al verlo alzar el hacha—. ¿La dama de dónde? —continuó mientras retrocedía ante la acometida del vikingo—. ¡Quieto, espera! ¿Y tú quién eres? —preguntó mientras buscaba alguna arma improvisada dentro de sus bolsillos.

—Yo soy Harald, hijo de Erik del clan Lagoprofundo, y estoy en una misión muy importante, así que si no eres la dama del lago, apártate si no quieres que acabe contigo — respondió mientras caminaba dubitativamente hacia Ron.

—¡No me hagas daño! — exclamó mientras le tiraba un cacahuete que había encontrado en uno de sus bolsillos, fallando—. No soy tu dama del lago, soy Ron —sollozó.

—¿Ron? ¿Hijo de quién? ¿A qué clan perteneces? —preguntó inseguro.

—¿Clan? Vivo con mi padre Héctor en… —comenzó a decir cuando fue cortado por Harald.

—¿Héc-Tor? Supongo que querrás decir del clan Héc-Thor, ¿no es cierto? —preguntó a la vez que bajaba el hacha—. Nuestros clanes son amigos, pese a la larga distancia que nos separa —continuó mientras se acercaba a Ron ofreciéndole un apretón de manos.

Ron deseaba con todas sus fuerzas que el efecto de la droga que se hubiera tomado pasara. Mientras tanto para no hacer enfadar a Harald le tendió su mano y se dieron un buen apretón. Inexplicablemente eso le hizo sentirse realmente aliviado. Harald comenzó a preguntarle si sus ropajes eran una distinción en su clan y como era la vida más allá de las grandes espesuras y ríos helados. Ron sin saber que contestar, se limitó a decirle como era la vida en casa con su padre trabajando el campo con él. Lo sé, a estas alturas os estaréis preguntando cómo es posible que se entiendan si no hablan el mismo idioma, pues bien, es posible porque lo digo yo, que para eso soy el que escribe la historia.

Tras dejar claro, como era la vida en el clan Héc-Thor. Harald le contó que era costumbre en su poblado enviar a los jóvenes al lago para que encontraran la senda del coraje y el valor. Aparte de eso podían encontrar monstruos, abominaciones y agujeros por los que caerte al agua helada. También le explicó quien era la dama del lago, quien resultó ser parte de una leyenda muy antigua que decía que el afortunado que se topara con ella en su viaje de iniciación probaría los manjares de la lujuria con ella, dotándole de buena fortuna junto con una vida repleta de amor. Ron, al escuchar eso decidió acompañarlo hasta su destino, como todo hombre en su sano juicio haría.

Continuaron un rato caminando sobre el lago helado hasta llegaron a una cueva tan negra y fría como el mismo azabache. En ella, tuvieron que avanzar por unos túneles con diferentes trampas y pruebas. Pasar por debajo de unas cuchillas afiladas, no pisar las losas falsas, acertar una combinación secreta y esas típicas cosas que suelen pasarles a los aventureros cuando entran en cuevas misteriosas. Pero la prueba que tenían delante era diferente. Nueva.

—Analicemos la habitación —sugirió Ron tras observarla atentamente—. Tenemos una habitación circular. Hay cuatro grandes losas de colores por aquí repartidas —siguió enumerando mientras caminaba entre las losas—. ¿Y esto? —preguntó al tocar una especie de pulsador en el centro de la sala.

—¡Psi!

Escucharon un agudo sonido cuando una de las losas se iluminó para asombro de los dos. Ron y Harald se miraron y se acercaron a la piedra. Ya no irradiaba luz ni emitía sonido alguno.

—Tócala —sugirió Harald.

—¿Yo? —contestó—. Tócala tú. ¿Por qué tengo que hacerlo yo? —concluyó mientras se separaba de la mole azul.

—¿Quién ha tocado ese pulsador de allí? —preguntó mientras señalaba al pulsador con su hacha—. Tócala —sentenció dando unos pasos atrás.

Ron, bajo la mirada y suspiró. Cogió aire y se acercó a la losa. Con un gesto de la mano apartó a Harald mientras volteaba aquella roca azulada. Le dirigió una mirada al vikingo y levantó la mano acercándola a la losa. Harald cogió el hacha con las dos manos y se escondió tras ella.

—¡Psi! —Volvió a sonar el aquel zumbido agudo. Ron y Harald quedaron iluminados por el brillo de la losa. Tras apagarse, volvió a iluminarse y el sonido se expandió por toda la sala seguido del zumbido que emitía la losa amarilla que también comenzó a brillar—. ¡Psi! ¡Que! —sonó por la sala justo antes de hacerse el silencio nuevamente.

—¿Psique? ¿Qué es eso? ¿Se puede comer?—preguntó Harald mientras se rascaba la cabeza.

Y aquí es donde empezamos con el relato un par de líneas más arriba si mal no recuerdo. Así que continuaremos por donde lo habíamos dejado si os parece bien.

Ron que lo miraba atónito se sacudió la sorpresa de encima y tocó la piedra amarilla.

—Game Over —rugió por toda la sala cuando las cuatro losas se iluminaron.

Harald y Ron se echaron al suelo cubriéndose la cabeza con las manos.

— ¡Socorro! ¡Auxilio! —gritó Harald mientras gateaba hacia ningún lado.

Las piedras dejaron de brillar y no pasó nada más. Ron miró a su alrededor y se levantó lentamente. Ayudó a Harald a ponerse en pie, se sacudió el polvo de encima y comenzó a caminar entre las grandes piedras.

—Creo que esto no es bueno —dijo Harald mientras miraba la losa amarilla—. La otra vez sonó diferente —masculló.

Se acercó al pulsador y lo presionó a desgana.

—¡Psi! —sonó cuando brilló la piedra azul.

—Tócala Harald —ordenó mientras clavaba la mirada en la piedra que se acababa de iluminar. El joven vikingo avanzó dubitativo y posó la mano sobre la fría piedra.

—¡Psi! —emitió al iluminarse. Harald saltó atrás y se colocó en posición defensiva.

Tras apagarse, unos segundos más tarde volvió a sonar y a brillar, el primer sonido fue seguido por el emitido por la losa amarilla. Ron se acercó a la piedra azul y la tocó. El sonido emanó como por arte de magia.

—¡Lo tengo! —exclamó Ron mientras lo celebraba—. Harald, ahora tienes que tocar la amarilla —pidió mientras daba un paso atrás para ver qué ocurriría.

—¿Yo? No me gusta esta habitación… —se quejó mientras se acercaba a la piedra. Pese a ello levantó la mano y la tocó.

—¡Que! —sonó cuando se iluminó. Ron esperó impaciente a que la secuencia volviera a comenzar. Lo hizo, y como cabría esperar con la azul la primera de todas, a esta le siguió la amarilla, y por último la losa de color rojo comenzó a brillar y a rugir—. ¡Bu! —estalló en toda la sala.

Ron corrió hasta la piedra azul y la tocó, cuando se iluminó pidió a Harald que volviera a tocar la losa amarilla, mientras se dirigía expectante a la última piedra. Los sonidos ocupaban toda la habitación, y el techo se tiñó con los colores.

—¡Anda! ¡La bandera de Andorra! —gritó Harald para sorpresa de todos señalando al techo.

Ron negó con la cabeza omitiendo lo que acababa de escuchar y se percató de que una puerta oculta apareció tras de él. Se acercó y observó su interior. Una luz brillaba al fondo y una ligera brisa le acarició la cara.

—Creo que hay una salida por aquí —dijo mientras se adentraba en ella.

Harald esgrimió en alto el hacha y se acercó dubitativamente. Cuando llegó al umbral de la puerta, se armó del poco valor que tenía para cruzarla mientras apretaba con fuerza los dientes. Tras caminar un poco por el interior del túnel, salió en las afueras de su poblado. Ron le estaba esperando allí sentado sobre una piedra.

—¡Ron! ¡Hemos llegado a mi pueblo! —exclamó—. Eso quiere decir que he superado mi iniciación —celebró animosamente mientras abrazaba a Ron—. ¡Ven, corre! Te mostraré mi pueblo y te presentaré al clan —gritaba mientras comenzaba a correr hacia su pueblo.

Ron no pasó desapercibido cuando llegó al pueblo de los Lagoprofundo, pero rápidamente Harald explicó quién era y como se habían conocido. Tras enterarse y saciar su curiosidad, los presentes comenzaron a preparar la fiesta en su honor.

—Pese a no ver visto a la dama del lago ya soy todo un hombre —explicó casi con lágrimas en los ojos.

—Pues vaya que bien —contestó Ron a desgana—. ¿Y ahora qué hacemos?

(El protagonista debía ser un vikingo cobarde y aparecer las palabras: cacahuete, abominación, psique y azabache)

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