9# La torre del alquimista (1ªparte)

La explosión en plena noche, iluminó la torre y los árboles más cercanos. Los pájaros que allí dormían alzaron el vuelo desorientados buscando un refugio seguro tras verse sorprendidos por el estruendo. El estallido había surgido del interior y algunos bloques de piedra se habían precipitado atalaya abajo, el laboratorio había quedado a merced de la intemperie y la torre ardía como una vela sobre el acantilado, destruyéndose con lentitud. Los maderos quemados comenzaron a desplomarse envueltos en llamas, cayendo sobre el tejado del establo destrozándolo y haciéndolo arder. El estrépito y el relinchar de los animales se escuchó desde el cercano pueblo que había no muy lejos de allí, tras el frondoso bosque. Las llamas se enroscaban hasta el cielo donde la fuerte lluvia parecía que las contenía y el aire que soplaba con fuerza desde el mar las hacía danzar sobre la oscura construcción.

Un reducido grupo de hombres procedentes del pueblo se acercaba por el ascendente camino, la lluvia había embarrado parte del sendero y les dificultó la marcha, pese a ello, llegaron al lugar poco después del incidente. Unos corrieron intentando controlar las llamas, evitando así que llegará al bosque y se expandiera descontroladamente, otros fueron a poner a salvo a las bestias que seguían dentro del establo, el cual ardía ya semiderruido. Tras asegurar la zona y ver como la cúspide ardía cada vez menos gracias al fino aguacero que caía sobre ella, el grupo se reunió en la base del edificio.

—¿Habéis visto al alquimista? —preguntó un hombre vestido con el típico jubón de la guardia. Su cara ruda y de facciones marcadas delataba su avanzada edad. Con una mirada entrecerrada, bajo una gruesa capa de color gris oscuro que evitaba que la lluvia le entrara en los ojos, escudriño al grupo de hombres que le seguía. Estaba formado por guardias y campesinos que tras oír la explosión habían decidido unir fuerzas. Nadie contestó. por lo que se volteó y miró a lo alto de la torre—. ¡Jahzúr! —gritó esperando obtener respuesta. Alzó una de sus manos colocándosela sobre los ojos y observó la cima.

Tras unos segundos hizo una mueca y miró al horizonte cada vez menos amenazador. La lluvia había cesado casi por completo, parecía que el aire estaba dando un descanso a la maltrecha estructura y luna comenzaba a abrirse paso entre las nubes, iluminando la torre. Se quitó el agua de la cara y se volvió hacia los hombres

—¡Hob, Niggle! ¡Entrar en la torre y averiguar qué ha pasado! —ordenó con un gesto a dos soldados también ataviados con el uniforme de la guardia—. El resto aseguraros de que no hay nadie herido por los alrededores —concluyó. Todos asintieron al unísono y se pusieron en marcha—. No corráis riesgos ahí dentro.

Empapados por la lluvia los guardias se dirigieron a la entrada. Niggle dejó su lanza de tres varas de altura apoyada contra la pared. Lucía un pañuelo rojo atado sobre el codo izquierdo, haciendo juego con las franjas del mismo color que había en las extremidades del jubón. Sus botas grises estaban desgastadas y cubiertas de barro hasta la altura de los tobillos.

—No podemos entrar con ellas. Nos molestarían mucho en el interior —le dijo señalándole el arma.

Hob vestía con la misma ropa que él pero era más corpulento y alto que su compañero de armas. Una melena negra y mojada le caía sobre los hombros. El pelo pegado a la frente ocultándole casi por completo los ojos y su espesa barba le daba un aspecto feroz. Sus ojos negros escrutaron la zona cual gato en la oscuridad mientras colocaba la pesada lanza junto a la otra.

El estallido de un trueno rompió el silencio al tiempo que un relámpago iluminaba la entrada sobresaltando a ambos. La puerta estaba medio abierta por lo que Hob desenvainó una pequeña daga de hierro con incrustaciones doradas en uno de los laterales de la empuñadura. La hoja brillaba incluso bajo la poca luz que había. Se volvió hacia Niggle y con un gesto le indicó que hiciera lo mismo.

—No sabemos que podemos encontrarnos allí dentro —dijo mientras daba una ojeada al oscuro interior desde el umbral de la puerta de donde surgía una cálida brisa—. Quién sabe qué experimentos estaba realizando el alquimista antes de la explosión —concluyó mirándole a los ojos.

Niggle obedeció y cogió su daga del cinto, era más pequeña y vieja, fabricada también en hierro pero sin ninguna decoración apreciable y de menor manufactura.

—Entremos.

Al traspasar la puerta dejaron el frío del exterior para recibir al calor que provenía de las plantas superiores. La oscuridad era absoluta, la poca luz que entraba por la puerta era insuficiente por lo que tantearon a ciegas hasta encontrar algo con lo que iluminar su ascenso. Niggle cogió la caja de cerillas que llevaba en el zurrón y encendió una, iluminando tenuemente la sala antes de que se apagase.  Hob encontró un farolillo metálico cerca de la entrada, en su interior no había nada, por lo que palpó con la mano en el mismo lugar hasta dar con una vela.

—Niggle. ¿Tienes otra cerilla? —preguntó cogiendo la vela con la mano e introduciéndola en el interior.

—Por supuesto —contestó a la vez que prendía otro fósforo—. No salgo de casa sin mi bolsa de tabaco ni la pipa.

Hob esbozó una leve sonrisa, se acercó a su compañero y agarró la caja que sujetaba. Los guantes seguían empapados y le dificultaron la tarea por lo que pidió ayuda a su compañero para encenderla. Niggle aproximó el fósforo al farolillo y la vela de éste prendió, iluminado la sala.

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