11# La torre del alquimista (2ªparte)

La habitación era una mezcla entre un vestíbulo y una especie de almacén. Justo al lado de la puerta había una mesa y un estrecho pasillo hacia las escaleras. En el otro lado, había infinidad de barriles y sacos llenos de víveres. Las telarañas que abundaban en los barriles más alejados de la entrada y el polvo daban a la estancia un toque de dejadez, cómo de no haberse tocado en mucho tiempo. Hob colocó el farolillo sobre uno de ellos, se quitó los guantes acercándose al él y aproximó sus manos con la intención de entrar en calor.

—¿Qué sabes del alquimista? —preguntó.

—Es buen vecino. Pese a su edad continúa ayudando a la gente casi a diario —respondió Niggle—. Es un tipo raro, de extrañas costumbres —decía mientras observaba la llama de la vela—. Bueno, supongo que como todo alquimista —matizó mostrando una pequeña sonrisa.

—¿Continuamos? —sugirió Hob tras palparse las manos y notárselas secas. Niggle asintió, recogió la caja de cerillas y agarró el farolillo.

—Poca gente le ha visto en estos últimos años —comenzó Niggle mientras se dirigía hacia la escalera avanzando por la sala entre una hilera de barriles—. Dicen que está en algo turbio. Raff el Loco, quiso saber más de la cuenta y mira cómo ha acabado —añadió haciendo una mueca.

—He oído que últimamente está recluido y no sale de la torre, pero eso no confirma nada —intervino Hob.

—Lo sé, pero ya no es aquella persona que ayudaba a todo el mundo  —dijo al llegar primer escalón—. Sin ir más lejos mi mujer vino aquí hará un par de días en busca de un remedio para sus constantes vómitos —explicó mientras miraba con desconfianza hacia arriba —. Y no obtuvo respuesta alguna. —murmuró mientras ascendía.

—Eso no tiene nada que ver. Sabes que está cansado de las constantes visitas a las que le sometemos —respondió siguiéndole lentamente—. No estará preñada, ¿verdad?

Niggle casi tropezó con un escalón al oír aquello. Se paró en seco y se volvió.

—Imposible. Me lo habría dicho… —aclaró tras pensarlo mientras reanudaba la marcha mirando allí donde pisaba.

—Ya sabes cómo es Sarah — añadió Hob cuando subió las escaleras—. Es muy reservada para estas cosas… —Ambos se echaron a reír y después permanecieron un rato en silencio.

—El otro día escuché que Yansi tuvo problemas en la escuela —preguntó Niggle.

—Bueno, el hijo del herrero como siempre —contestó—. Tiene las manos igual de largas que su padre —concluyó con un bufido.

—Ese pequeño di… —hablaba Niggle cuando una pequeña explosión le interrumpió sobresaltándole. El sonido provenía de más arriba—. Tenemos que movernos rápido —dijo acelerando el paso mirando el techo con desconfianza—. No hagamos ruido.

Los truenos y el sonido de las voces de los guardias que había en el exterior se escuchaban colándose por el hueco que había provocado la explosión. El agua de la lluvia entraba por allí cayendo entre las maderas, generando una atmosfera cargante.

El contraste de la fría gota cuando cayó en la nuca de Hob le hizo erizar el bello. Continuaron subiendo y al llegar al segundo piso se encontraron en un pasillo con una puerta en cada lateral. Una de las puertas estaba cerrada, la otra, dejaba ver lo que parecía ser un dormitorio. Niggle se aproximó y acercó el farolillo al interior. El escaso mobiliario que había, una cama y un armario, estaban hechos de madera. La luz de la luna y una fría corriente de aire entraban por el enorme ventanal. Niggle se acercó, miró hacia abajo y se encontró con la mirada de su capitán quién se detuvo al verlo allí.

—¡Niggle! ¿Lo habéis encontrado? —le gritó para hacerse oír.

—¡No! ¡Ahora miraremos arriba!

Observó como el mar enrabietado conducía las olas a las desgastadas piedras del acantilado. La tormenta había terminado, pero el aire volvía a soplar con fuerza por lo que cerró el ventanal.

Hob se acercó a la otra puerta y la abrió lentamente. El interior estaba iluminado por una pequeña vela que ardía a punto de consumirse en un tocador. Se acercó a ella y la cogió. Observó la estancia, el ventanal estaba cerrado y con las cortinas corridas, la cama estaba desecha y sobre ella había un libro. Se aproximó y observó la portada, había algo escrito en letras grandes, apenado por ser incapaz de leerlas, se volteó dejándolo allí. Era un dormitorio pequeño situado justo al lado de la escalera.

Un denso humo comenzaba descender por ella expandiéndose por las habitaciones, Niggle hizo un gesto con el brazo a Hob para que le siguiera. Continuaron ascendiendo, su objetivo era encontrar a Jahzúr y lo más probable era que estuviera en el piso más elevado. Otro sonido, esta vez seco, proveniente de arriba les sorprendió. Niggle volvió a escuchar algo y se agazapó rápidamente mientras avisaba a Hob para que se acercara.

—He visto algo. Algo moverse allí arriba —susurró mientras señalaba con la maltrecha daga—. Hay luz —musitó al final.

Hob se acercó a su compañero y permanecieron en silencio unos segundos sin desviar la mirada de la entrada. Al no oír nada subió un par de escalones, la madera crujió bajo sus pies por lo que paró. Se encontraba en una sala cubierta de humo, y observó una silueta que caminaba con rapidez de un lado a otro.

—Hay alguien ahí arriba —le dijo a su compañero en voz baja—. Con cuidado.

Ambos guardas subieron por la escalera y llegaron a lo que parecía ser la biblioteca. Era bien conocida la inmensidad de libros que poseía el alquimista, se decía que tenía un millar de libros por toda la torre y los conocía todos como si los hubiera escrito él mismo. Tras la cortina de humo que tenían delante observaron una habitación abarrotada de estanterías llenas de libros de todas las medidas y grosores. Delante de una de ellas alguien escondido bajo una gruesa capa, sostenía una pequeña vela y rebuscaba entre los diferentes libros.

— ¡Alto! —gritó Hob levantando la daga y echándose a un lado para que Niggle pudiera entrar en la sala.  Al escuchar aquella voz se giró y la luz de la vela mostró lo que parecía ser una joven de rostro severo oculta baja una capa de color oscuro.

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