13# La torre del alquimista (4ªparte)

El laboratorio estaba lleno de escombros, el calor era sofocante pese al gran agujero que había en la pared. El agujero en el suelo dejaba ver parte de la biblioteca, a su lado, se encontraba una gran mesa partida en dos. Decenas de botes de varios colores y medidas se encontraban esparcidos por todas partes y restos de cristales y de instrumentos de medición abarrotaban el suelo.

Hob notó como la fina lluvia caía sobre él, miró al cielo y observó cómo se aproximaban más nubes. Un frasco que contenía un líquido verdoso ardía quemando todo aquello que encontraba a su paso. Hob tuvo que llevarse la mano a la boca para evitar inhalar la mezcla de los múltiples gases y vapores que flotaban en el ambiente. Desde el mismo umbral de la puerta trató de inspeccionar la zona, tal vez con la esperanza de encontrar el diario o al alquimista.

Desde allí no divisó ni lo uno ni lo otro, así que finalmente se decidió por adentrarse en ese amasijo de destrozos. El fuego se había expandido por lo que antes habían sido los muebles, ahora convertidos en pequeñas hogueras, algunas de ellas se alzaban incluso por encima de su cabeza.

Caminó despacio, observando hasta el más mínimo detalle. Distinguió un libro medio calcinado cerca de la mesa., intentó acercarse pero las ascuas y las llamas se lo impidieron. Tuvo que rodearlas y pasar por encima de un par de escombros para poder llegar hasta él, no sin esfuerzo. Cuándo cogió lo que quedaba del libro escuchó un zumbido relampagueante obligándole a llevarse las manos a los oídos. Alzó la mirada y trató de dar con la fuente del sonido.

Comenzó a escuchar unos susurros, miró hacia la entrada y no vio a nadie, se acercó al agujero y observó desde allí como Gilda y Niggle continuaban buscando mientras los susurros se escuchaban cada vez más altos. Nervioso se volteó con la daga en alto y caminó hasta el centro de la sala.

Tardó en darse cuenta de que los susurros procedían de un pequeño punto brillante que flotaba en medio de la estancia que crecía lentamente. Se acercó sin preocuparse por donde caminaba, la luz azul que emanaba de él le atraía, desconocía el motivo, cruzó absorto las brasas que comenzaron a quemarle las viejas botas, y alzó la mano aproximándola a la esfera brillante. Una sensación de angustia y miedo le invadieron mientras observaba cómo el globo iba creciendo ahora a gran velocidad.

—¡Lo tengo! —escuchó gritar a Niggle.

Cómo despertando de una cruel pesadilla Hob miró a su alrededor para luego mirar hacia abajo, notando ahora sí, el calor en sus botas. De un salto salió de las ascuas y se dirigió hacia la escalera. En ese mismo momento del interior de la esfera surgió un rugido, un grito grave que hizo retumbar todavía más la torre. Hob se giró y observó como la esfera era tan grande como un barril de madera. De su interior algo le observaba, unos ojos negros como el carbón le dirigían una mirada directa a sus ojos. La sensación angustiosa volvió a aparecer, pero en vez de miedo esta vez había terror. La esfera creció ante sus ojos hasta adquirir el tamaño de una persona, muchos más ojos aparecieron en su interior, todos igual de característicos; negros y llenos de odio.

El líquido verdoso entró en contacto con un pequeño recipiente provocando una fuerte explosión haciendo caer a Hob de espaldas. Los cimientos de la torre volvieron a moverse y otra parte del suelo cayó a la biblioteca. Trató de levantarse lo más rápido posible y bajó las escaleras a toda velocidad.

—¡Larguémonos de aquí! ¡Ahora! —gritó mientras bajaba las escaleras. Niggle y Gilda que estaban esperándole en las escaleras se alarmaron al verle el rostro blanco. El edificio seguía temblando por lo que no perdieron tiempo y corrieron escaleras abajo.

—Hob. ¿Qué ha pasado? ¿Qué has sido esa explosión? —quiso saber Niggle mientras descendían.

—He encontrado esto —contestó mostrándoles el libro quemado—. Y algo más, pero primero salgamos de aquí —añadió aterrorizado cuando llegaron a la planta de los dormitorios.

 Otra explosión se produjo allí arriba, los gritos de los hombres en el exterior les llegaron seguidos de un fuerte golpe de algo pesado cayendo contra el suelo. La torre se retorcía cada vez con más fuerza; en la biblioteca los libros caían de las estanterías, en los dormitorios los muebles se movían de un lado a otro, y en la planta baja los barriles rodaban por el suelo dificultándoles la huída. Gilda abrió la puerta y salió seguida de Niggle. Hob que tuvo más problemas para llegar hasta la entrada, fue el último. Una vez en el exterior una ligera brisa fresca les dio la bienvenida. Hubo una explosión más, tan fuerte que hizo volar por completo la parte superior de la atalaya, convirtiendo el maltrecho laboratorio en un amplio mirador. Los restos volaron tan lejos que se perdieron en la oscura noche cayendo en el bosque.

—¡Huyamos de aquí! —gritó Hob a los presentes mientras recogía su lanza—. ¡Hay algo allí arriba! —exclamó exaltado mientras todos le miraban desconcertados.

 Desde lo alto de la estructura unos gritos diabólicos comenzaron a surgir y unas sombras se movieron entre las llamas. Algunos campesinos comenzaron a correr camino abajo presas del pánico, otros que habían permanecido inmóviles hasta entonces les siguieron. Los pocos guardias que había miraron a su capitán, quién miraba a Hob boquiabierto. Volvió la vista a lo alto y se percató de las terroríficas sombras que se movían. Volvió la vista a los guardias y con un gesto de la mano indicó la retirada.

En medio de la estampida de los guardias, una sombra del tamaño de un perro salto desde la torre, Hob observó como algo caía sobre su capitán y lo derribaba. A la luz de las antorchas, más que un perro parecía una especie de jabalí, con los cuartos traseros ligeramente más robustos que los delanteros, y un pelaje color rojizo.

La bestia estaba desgarrándole el cuello al capitán y la sangre brotaba de la herida como una fuente, mientras el cuerpo temblaba en el suelo con violencia. La vida se marchitó de sus ojos lentamente hasta quedar inmóvil. La criatura se volteó y observó a su alrededor. Gilda miraba aterrada la situación y se acercó Niggle.

Escucharon más rugidos sobre sus cabezas y antes de darse cuenta se encontraban rodeados por una docena de esas bestias.

—¡Huyamos!

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