15# El orbe dorado

—¿Estás bien, Yanis? —dijo una voz ruda en la oscuridad.

—Me duele un poco el brazo y no veo absolutamente nada —contestó ella con una voz dulce.

La mazmorra por la que caminaban estaba plagada de trampas, y hasta ahora las habían sorteando una tras otra. Recorrían un angosto túnel cuando Bagair tropezó y al apoyar la mano en la pared, activó una de ellas, haciéndoles caer en un agujero.

—Necesitamos salir de aquí. ¿Puedes encender una antorcha? —quiso saber Yanis mientras intentaba ponerse de pie.

—Déjame mirar, creo que tengo un par —contestó Bagair rebuscando en la bolsa totalmente a ciegas.

Sonaron unos chasquidos y aparecieron chispas, tras un par de intentos, una llama surgió iluminando el lugar. Yanis observó como a la tenue luz de la antorcha Bagair parecía más grande de lo que realmente era, dotándole de una fiereza que conocía muy bien. Era un hombre corpulento, armado de pies a cabeza con una armadura de negro acero que centelleaba ante las llamas de la antorcha, el casco le cubría completamente el rostro, pero bajo él asomaba una densa cabellera rubia.

Bagair se agachó y cogió su enorme espadón, negro como la armadura. Lo envainó y se acercó a Yanis para ver sus heridas.

—¿Hay qué amputar? —preguntó burlón.

Yanis ante el comentario golpeó a su compañero en la fría armadura con el brazo lastimado, lo que hizo que soltara un gemido de dolor.

—A ti habrá que amputarte esa lengua —contestó mientras se observaba la herida—. Solo es un corte. Y no es profundo —dijo buscando en su mochila unas vendas para curarse.

Bagair que había encendido otra antorcha la dejó a su lado, comenzó a observa la trampa en la que estaban. Las paredes eran fijas y duras, al menos no serían aplastados por ellas. No le gustó sentirse encerrado, había unas ocho varas de altura, pero podía verse el camino allí arriba.

—Dime que has traído tu garfio —quiso saber girándose hacia su compañera.

Yanis continuaba vendándose el brazo sentada con las piernas cruzadas. Su coraza hecha de piel de lobo le cruzaba el pecho y le caía sobre las piernas. Ésta le dedico una sonrisa y asintió.

—¡Listo! ¿Por dónde íbamos? —exclamó cuando terminó de vendarse, levantándose de un salto.

Cogió la antorcha que le había dejado Bagair e iluminó el pequeño recuadro en el que estaban. Las paredes eran lisas, no había forma alguna de trepar por ellas. Ni subiéndose a los hombres de Bagair llegaba al borde. Como había sugerido su compañero la única opción era salir de allí trepando con la ayuda de una cuerda. Dejó la antorcha en el suelo, extrajo el garfio de la mochila y lo ató fuertemente a la cuerda que le tendió Bagair.

 —Deséame suerte —le dijo mientras volteaba la cuerda para poder llegar al borde.

—Sí, sí. Tira y calla. —contestó él mientras se apartaba de ella para dejarle el espacio suficiente para lanzar.

El garfio salió despedido y llegó a engancharse al borde. Yanis tiró para comprobar que estaba bien asido y este cayó llevándose consigo un trozo de losa.  Ambos tuvieron que apartarse para evitar que les cayera encima. Tras recoger la cuerda y mirar a su compañero de reojo, volvió a lanzar el garfio, estaba vez con mayor fortuna. Bagair se apartó y observó a través de la pequeña rendija de su casco como Yanis tiraba para comprobar que esta vez no cedería.

—Perfecto. Déjame subir a mi primero —habló Bagair—. Dudo que puedas escalar con un solo brazo —Rió ante la fría mirada de su compañera.

Antes de subir, lanzó la antorcha al túnel y tiró de la cuerda con fuerza para asegurarse de que estaba bien sujeta y comenzó a subir. El peso de su armadura y su espadón, no ayudaban para nada, su equipo era tan pesado como él. Yanis recogió la antorcha y esperó.

Buscó en el suelo su arco y se lo colgó a la espalda, volvió a mirar por si en la caída algo se había desprendido del cinto pero un sonido la hizo mirar hacia arriba, algo caía directo a su cabeza, lo esquivó y observó como una gigantesca araña del tamaño de un gato caía a su lado. Bagair que ya había llegado arriba, soltaba insultos y gruñía. Yanis desenvainó su espada y atacó a la araña, con un movimiento rápido y veloz acertó una estocada directa en sus fauces acabando con ella al momento, se giró y miró a su compañero a quien no le iban tan bien las cosas.

Bagair que se había encontrado con las arañas nada más asomar la cabeza por el borde daba patadas y puñetazos a las criaturas que le saltaban encima. Yanis desde abajo observó como una de las arañas trataba de morder en vano la pesada armadura.

Con un gesto hábil guardó la espada y cogió el arco. Lo levantó y tensó la cuerda, el dolor le recordó que su brazo aún estaba herido y bajó el arco, tras maldecirse se tocó la herida con cuidado. Volvió a tensar la cuerda esta vez con un poco menos de tensión y apuntó.

Bagair no paraba de moverse, en cuanto se quitaba una araña de encima otra ocupaba su lugar, era arriesgado disparar. Con su enorme bota Bagair acabó con una, aplastándola contra el suelo, en ese mismo momento una de ellas saltaba directo a su cabeza, pero una flecha la atravesó antes de que lo consiguiera, clavándola en el techo. La tercera y última araña vio su fin cerca cuando Bagair le lanzó contra la pared por lo que escapó por el túnel ante la sorpresa de este.

Desenvainó su espadón y esperó cauteloso un posible ataque desde la oscuridad. Tras ver que ya no había peligro se giró hacia el agujero y avisó a Yanis de que se agarrara a la cuerda. Esta se enrolló el extremo de la cuerda en la cintura, agarrando la antorcha con el brazo herido y con el sano se aferró fuertemente a la cuerda, momento en que avisó para que comenzara a subirla lentamente.

Una vez arriba Yanis recogió el garfio y le entregó la cuerda a su compañero.

—Me debes una —dijo mientras le mostraba sus dientes blancos como perlas, enmarcados en sus finos labios rojizos.

—Podía habérmelas arreglado yo solo. Eran tres putas arañas de mierda — bufó.

—¡Esa lengua! Te lo he dicho cientos de veces —le recriminó mirándole seria con sus ojos violeta. Bagair maldijo por lo bajo para que ella no se enterara.  —Te he oído… —dijo mientras alzaba la antorcha para poder mejor ver el túnel. Bajo el casco se escuchó el rechinar de los dientes y un suspiro de abatimiento—. No podemos estar muy lejos. Llevamos horas en esta mazmorra —comenzó a decir mientras caminaba lentamente vigilando donde pisaba.

—Yo comienzo a estar un poco cansado. Podríamos descansar un rato —sugirió Bagair.

—No. Quiero salir lo antes posible de aquí —contestó ella viendo una luz a lo lejos—. ¡Mira, allí! —exclamó señalando con el dedo.

Bagair se paró y apagó la antorcha con tierra. De la bolsa sacó un trozo de tela sucia y envolvió la tea con él. Después de guardarla en el interior desenvainó el espadón y avanzó a paso lento al lado de Yanis.

—Quédate atrás, estás mal herida. Ilumina el camino y yo me encargo del resto. —dijo mientras la miraba de reojo.

A Yanis no le hizo mucha gracia aquello, pero era cierto, si podía evitar utilizar el brazo mejor.

Llegaron a una enorme sala llena de columnas, había un centenar de ellas, y cada una tenía una antorcha que iluminaba una gran zona, creando infinidad de sombras que dificultaban ver como de grande era la estancia en realidad. Unas escaleras en el centro llevaban a una especie de altar construido sobre la misma piedra. Tenía forma de dragón, las alas estaban pegadas al cuerpo y la cola se enroscaba en la escalera. Una de sus garras estaba en alto, en claro gesto amenazador y la otra reposaba sobre la piedra. La boca estaba abierta, sus fauces pese a estar talladas en piedra parecían muy afiladas y en su interior una esfera dorada flotaba.

—¡Ahí esta! —exclamó Bagair al verla.

Ambos aceleraron el paso y subieron corriendo por las escaleras. Cuando iban por la mitad de ellas, un sonido seco bajo sus pies les llamó la atención. Lo primero que pensaron fue en que habían vuelto a caer en una trampa.

—¿También has oído eso? —preguntó ella al ver que su compañero se había parado, como ella, en seco. Él asintió con la cabeza y miró a su alrededor, Yanis con la antorcha en alto miraba bajo sus pies.

Aguardaron unos instantes pero no ocurrió nada. Bagair respiró aliviado y volvió a mirar al altar. Nada había cambiado allí, el orbe levitaba sobre los temibles dientes.

—Sigamos —musitó cuando comenzó a ascender nuevamente.

Ella le siguió pero extremando la precaución. Otro sonido seco bajo sus pies le hizo erizar el vello, tenía un mal presentimiento. Algo estaba a punto de pasar, estaba convencida.

—Bagair —llamó a su compañero—. Esto no me gusta. ¿Tenemos el orbe al alcance de nuestras manos y nada ni nadie está custodiándolo? —señaló mientras lanzaba la antorcha a las patas del dragón de piedra por encima de su compañero—. No he visto ninguna salida y no podemos volver por allí —habló señalando el túnel por donde habían venido—. ¿Qué hacemos cuando tengamos el orbe en nuestro poder? —quiso saber cogiendo con un ágil gesto su arco.

Bagair quien había escuchado en silencio agarró con las dos manos el enorme espadón.

—¡Luchar!— grito a pleno pulmón. Yanis le observó, siempre había admirado ese valor, cogió una flecha del carcaj y asintió.

Cuando Bagair llegó a lo alto y tuvo al enorme dragón ante sí no pudo evitar sentir un escalofrió que le recorrió todo el cuerpo. Era incluso más grande de lo que desde abajo había imaginado, parecía que se había fundido en la roca muchos años atrás, incluso siglos, el musgo cubría gran parte de él y la erosión del agua que caía del techo había desdibujado las temibles facciones del dragón.

Yanis lo observó de reojo y fue directa hacia el orbe. Según las leyendas los orbes emitían calor cuando había dragones cerca y ella acercando la mano no notó absolutamente nada por lo que respiró aliviada. Miró a Bagair que estaba a su lado observando boquiabierto aquella piedra dorada mientras sonreía. Yanis alargó el brazo y agarró el orbe con fuerza, estaba frio al tacto, pero algo en su interior tenía vida, podía notarlo, lo extrajo del interior de las fauces y volvieron a escuchar un sonido seco.

El suelo del altar se vino abajo con ellos encima, la antorcha que Yanis había lanzado estaba cayendo a su lado, Bagair pudo ver la cara de sorpresa de su compañera cayendo al vacío. Las losas que antes habían sido el suelo del altar golpeaban contra la pared, el estruendo de estas se mezclaba con los gritos de ambos. Caían a gran velocidad y el miedo se apoderó de ellos. Escucharon como las losas caían sobre el agua, percatándose de ello, llenaron sus pulmones y contuvieron la respiración hasta caer al agua. En ese mismo momento Bagair observó como la antorcha se apagaba ante sus ojos dejándoles en la más negra oscuridad.

Anuncios

Comentar

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s