21# ¿Cuánto te debemos?

Eran las siete de la mañana y el último bus se había ido. Tenía dos opciones, esperarse a coger el primer bus de la mañana, que seguramente saldría a las ocho, o ir a la parada de taxis. Contento como estaba decidió que podía permitirse pagar un taxi y llegar a casa cómodo y rápidamente.

Además la parada de taxis estaba muy cerca de casa de Dúnia por lo que no tardó en llegar. Había varias personas esperando y ningún taxi estacionado. «Mierda. No llegaré tan pronto a casa…» Se acercó y preguntó quiénes eran los últimos y se colocó tras ellos. Al contrario de lo que había pensado no tuvo que esperar mucho, ya que el grupo de personas que había delante suyo se subieron todos en un mismo vehículo. «Joder, que barato les va a salir a estos», pensó mientras se acercaba al taxi que acababa de entrar en la parada.

—A Resburg, por favor —le dijo al conductor cuando abrió la puerta.

—¿Tú solo? —preguntó el conductor.

Miró a su alrededor y asintió desconcertado. Cuando entró en el taxi, un hombre de mediana edad hizo lo mismo por la otra puerta.

—Vas a Resburg, ¿verdad? ¿Compartimos taxi? —preguntó sonriendo sin dejarle decir nada.

Intercambió miradas con el taxista y aceptó el trato. «Bueno, al final no me saldrá tan caro.»

El trayecto duró unos veinte minutos, pero entre el ligero ciego que llevaba y el hombre que no paraba de hablar se le hizo muy corto.

—Menos mal que me he cruzado contigo. Pensaba que tendría que pagar el taxi yo solo —le dijo el desconocido mientras escribía algo en su teléfono.

—La verdad es que sí. Total si vamos al mismo sitio porque no compartir el viaje y ahorrarnos dinero —le contestó con una sonrisa al hombre que al parecer le hacía más caso al teléfono que a él.

—Sí. Cierto, cierto —exclamó—. ¿Sueles salir mucho por esta zona?

—La verdad es que sí. Solemos salir siempre por aquí. Pero venimos en coche. De hecho yo he tenido que coger un taxi porque he perdido el bus… —contestó.

—¿Una vez al año no hace daño verdad? Soy Mike —sonrió mientras le ofrecía la mano.

—Eh… Sí. Encantado —dijo mirándolo en tono desconfiado—. Antonio —mintió estrechándole la mano.

El viaje fue una constante charla de Mike, quien al parecer había estado con un par de chicas, pero como a la mañana siguiente tenía que madrugar se había visto obligado a marcharse temprano. «Temprano dice… Está saliendo el sol», pensó ante aquel comentario. La desconfianza que sentía al principio comenzó a desaparecer rápidamente. Mike le estaba haciendo la vuelta más amena, y encima tendría que pagar menos, por lo que comenzó a sentirse mal por haberle dado un nombre falso.

—A mi puedes dejarme aquí —indicó Mike al conductor señalando la estación de buses.

—Yo también me bajaré aquí pues —apuntó—. ¿Cuánto te debemos? —preguntó al taxista acercándose a él.

—Serán veinte con diez, por favor.

—Dame tu diez y ya pongo yo el res… —comenzó diciendo cuando se percató de que Mike ya no estaba en el taxi y se marchaba a toda prisa por una callejuela—. ¡Hijo de puta! —espetó sintiéndose timado. Sacó la cartera y pagó al taxista quién le devolvió una mirada de compasión.

—Gracias —añadió el conductor haciendo un ademán para que saliera de su vehículo.

Salió del taxi maldiciéndose a él y a Mike. «Encima tengo que patearme todo Resburg.» Mientras caminaba se consoló pensando que de todas formas había asumido que sería él quién pagaría el taxi cuando tomó la decisión de coger uno.

Unos gritos llamaron su atención. A lo lejos, al final de la calle, había un grupo de gente que al parecer estaba en medio de una pelea. Pudo ver los pantalones cortos de Tom a duras penas, por lo que aceleró y a medida que se iba acercando fue reconociendo a más gente. Nate y Paul también estaban allí. Embriagado por el alcohol y la satisfacción de haber mojado esa noche, comenzó a correr dirección al caos.

—¡Tom! ¿Qué pasa? —gritó por encima de las demás voces.

—¡Jack! Ese gilipollas que ha amenazado a Paul —contestó señalando a alguien de entre la multitud.

«¿Cómo? ¡Ni de coña!» Empujón tras empujón fue abriéndose paso hasta llegar al que parecía el malo de la película.

—¡Lárgate! ¿¡No ves que somos más que tú!? —gritó desbordado por la adrenalina.

—Oye amigo. Mejor que os vayáis —le dijo uno—. No queremos más problemas.

Cuando se giró para avisar a sus amigos de que se calmaran, alguien le golpeó por detrás en la cabeza. Rápido como un rayo se giró y se abalanzó sobre su agresor, pero alguien consiguió ponerse en su camino evitando el contacto físico.

—¿¡Tú eres tonto o qué!? —le gritó lleno de una ira que iba creciendo en su interior por segundos— ¿¡Acaso te he hecho yo algo!?

—Tío déjalo, que tiene una navaja —le informó quien se interponía entre ellos.

—¿Una navaja? —exclamó sorprendido— ¿Tienes los cojones de amenazarme con una navaja? —explotó en un nuevo ataque de ira—. ¡Clávamela! ¡Clávamela venga! —Tom y Nate tuvieron que agarrarlo para que no se lanzará sobre el agresor—. ¡Qué mierda me tiene que amenazar a mí! —gritó intentando liberarse de quien le sujetaba.

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