22# Se acabó el juego

El jinete se aproximó a la entrada del fantástico castillo, las luces de su interior le indicaron que no estaba vacío. Desmontó lentamente, ató al animal a un poste y tras apretar fuerte las riendas, sintió la magia que desprendía el enorme castillo que tenía ante sus ojos.

Sumido en la oscuridad de la noche caminó con paso firme hasta llegar a la puerta.  Allí empujó con fuerza el pesado portón, y al abrirse, su rostro se vio iluminado con un resplandor procedente del interior. Una música melodiosa envolvía la estancia, dándole un aura de relajación y confort.

—Tu desempatas Moria. ¿Qué piensas sobre Terry Pratchett? —finalizó Rafael.

Pato Menudencio quien escuchaba con atención la conversación, nada más verlo entrar se giró y ajustándose las gafas se acercó al recién llegado.

—Bienvenido a Literautas —le saludó—. Ahora, si me disculpas… —le dijo girándose y retomando la conversación con sus dos compañeros, sin esperar una contestación.

Tras devolverle el saludo alzó la vista al centro de la sala dónde Forvetor caminaba con rostro de preocupación. Lo vio acercarse a una de las miles de columnas que había y con la ayuda de un trozo de celo, colgó un papel y se desplazó a la columna más cercana, cinco metros más allá, y volvió a colgar otro papel. El encapuchado continuó caminado y se acercó al cartel. «Se busca David Rubio. Recompensa.»

—Otro que no escribió el mes pasado —musitó tras memorizar su rostro haciendo una mueca.

Continuó su camino y escuchó a un grupo de mujeres hablando sobre una criatura llamada Raylai. Al parecer había atacado a un par de jóvenes en el parque semanas atrás. Virginia y Cibeles aseguraron que habían oído hablar de ella y explicaban lo poco que sabían; otras que no entendían de lo que se hablaba, prestaban atención y se aterrorizaban con las historias que oían.

Emyl, Lunaclara y Emmeline que charlaban en unos cómodos sofás hechos con retales de las mismas nubes, disfrutaban de unos cócteles refrescantes. El farero, impaciente, observaba la sala deleitándose con ella. «Otra vez museando…», pensó al verlo con la mirada perdida.

Siguió escrutando la grandiosa sala y vio a Aina escribiendo una excelente idea en una servilleta. Escondida tras unas plantas decorativas, anotaba cada palabra mientras la susurraba para sus adentros. Pero tras ella, al fondo de la sala, muy al fondo, divisó lo que había venido a buscar aquella noche.

Con una sonrisa de victoria se encamino hacia allí, tras un par de horas de caminata y una charla sobre la Voluntad con Juan Valdivia y  M. H. Heels, se postró delante de una mesa con dos individuos en ella. Acercándose a ellos se retiró la capucha.

—Buenas noches —dijo con tono cordial.

—Hola. Buenas noches —contestó Solomón McAllister—. ¿Nos conocemos?

—¡Sí! —intervino Stefano Caravaggio—. Tú eres el del gato, ¿verdad? —añadió levantándose y estrechándole la mano—. Le he visto un par de veces por el parque —dijo mientras volvía a sentarse—. Al gato, digo —terminó con una sonrisa.

—Ahora que tengo su atención me gustaría comentarles dos cosillas —dijo con una sonrisa escondida tras su barba—. La primera, felicitarles a ambos por su último combate en Zellindor. Fue brillante.

—¡Oh, gracias! —contestaron sorprendidos al unísono.

—Segunda —hizo una pausa para poder disfrutar ese momento. Se aclaró la garganta mientras señalaba con el dedo hacia la mesa que había entre los dos hombres—. Se acabó el juego.

(El relato debía de contener un castillo y la frase: Se acabó el juego)

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