23# El Valle de los Reyes

Llevaban semanas excavando en aquella zona. Sus dos ayudantes se habían marchado esa misma mañana a Riad por provisiones. Protegida del sol por la sombra que proporcionaba la cubierta, trabajaba sin pausa cuando un sonido lejano le hizo mirar al cielo. En el horizonte, aproximándose a su posición, se acercaba lo que parecía ser una avioneta rudimentaria. Volaba con uno de los motores envuelto en llamas y fuera de control. Alarmada corrió hacia el interior de la tienda en busca de sus prismáticos.

Desde el interior escuchaba como el sonido estaba cada vez más próximo, justo en el mismo momento en que la avioneta sobrevolaba la tienda salió prismáticos en mano. Cegada por el sol, tardó en divisar el aparato que se alejaba hacia la profundidad del desierto. Mirando a través de los binoculares pudo ver cómo alguien saltaba de la avioneta y habría un paracaídas justo antes de que se estrellara no muy lejos de allí.

Volvió a entrar la tienda, cogió un botiquín de primeros auxilios y corrió hacia lugar del siniestro lo más rápido que pudo. Una columna de humo negro se alzaba tras una inmensa duna. Una vez coronada divisó la avioneta envuelta en llamas, y pocos metros más allá, observó los restos de un paracaídas por lo que corrió hasta allí.

Bajo las telas del paracaídas yacía un hombre inconsciente. Trató de recostarlo y acercó la cantimplora a sus labios. Tras unos segundos en los que permaneció inmóvil, comenzó a beber agua, recobrando el sentido y tratando de respirar profundamente provocándole un ataque de tos. Una vez recuperado observó a su salvadora con semblante serio.

―Gracias ―habló con dificultad.

―¿Cómo se encuentra? ―preguntó ella―. Menos mal que he visto como tú avioneta se estrellaba.

―Uno de los motores ha comenzado a fallar y he perdido el control ―explicó mientras se levantaba y observaba su avioneta arder―. ¿Dónde estoy? ―preguntó volviéndose hacia ella.

―Estamos a uno veinte kilómetros de la ciudad de Riad ―contestó levantándose.

―Riad ―susurró él.

―Soy la doctora Kimberly Ilian. Pero puedes llamarme Kim.

―Perdona ―se sacudió la mano en el viejo pantalón―. Soy Jack O’Romyl― concluyó dándole un apretón de manos.

―¿Hay algo que tengas que recuperar de la avioneta? ―quiso saber Kim.

―No ―contestó Jack palpándose los bolsillos del pantalón y la camisa―. Cogí todo lo necesario antes de saltar en paracaídas ―añadió mientras se agachaba para recoger una bolsa que había bajo el paracaídas.

―Acompáñame ―dijo Kim iniciando la marcha―. Tenemos el campamento cerca de aquí. Allí podrás descansar y continuar tu viaje una vez te recuperes.

Jack asintió y ambos iniciaron el camino dejando la avioneta atrás. Cuando llegaron, el sol estaba en lo más alto y el calor era sofocante. El yacimiento no era muy grande, a pocos metros de la tienda había una pequeña zona excavada. La rodearon y caminaron hasta el interior de la tienda. Una vez en su interior, Kim ofreció asiento a su invitado. Éste con una sonrisa se sentó junto a una gran mesa colocada en medio de la tienda en la que había una docena de papeles llenos de anotaciones y dibujos.

―Siento no poder ofrecerte gran cosa ―se disculpó mientras le acercaba un trozo de pan―. Mis ayudantes han ido a la ciudad a comprar provisiones y esto es lo único que queda.

―No te preocupes ―dijo él―. Ya has hecho mucho por mí. Te debo una ―concluyó agarrando un pedazo de pan.

―Es lo mínimo que podía hacer, no iba a dejarte allí sólo —contestó mientras cogía una taza— ¿Un poco de ron?

—No, gracias. El ron no me sienta muy bien —contestó mientras observaba la habitación.

Kim se fijó en él mientras bebía. Era un hombre joven de facciones duras, sus ojos claros resaltaban con el moreno de su piel.

—¿Eres británico? —quiso saber ella—. Por tu acento diría que sí. ¿Me equivoco? —concluyó acabando con el contenido de la taza de un solo trago.

—Irlandés —contestó con tono tajante.

—Irlandés entonces. No era mi intención molestarte —se disculpó—. Yo soy americana. Tampoco me llevo muy bien con ellos —añadió esbozado una sonrisa.

—Bueno. Así que doctora. ¿No? —comenzó diciendo mientras observaba una de las hojas sobre la mesa—. ¿Cuál es su especialidad?

—Tengo un doctorado en egiptología en la Universidad de Harvard —contestó haciendo una pausa—. Estamos investigando una posible tumba de origen egipcio.

—¿Egipcio? ¿Aquí?—respondió sorprendido—. ¿No estamos un poco lejos de su zona de influencia? —prosiguió Jack—. No soy un experto en el tema, pero he estudiado lo básico.

—Estás en lo cierto. Estamos muy alejados, pero hemos seguido la pista de unos escritos hallados en el Valle de los Reyes —explicó tomando asiento—. Y comenzamos a excavar hará un par de meses por esta zona.

—¿Algún descubrimiento significativo?

—No habíamos encontrado nada relevante —explicó acercándose a la mesa—, hasta hace un par de días —Cogió una caja que había bajo una pila de papeles y la abrió—. Encontramos este medallón —dijo mostrándole su interior.

—¡Joder! —exclamó Jack sorprendido al ver un escarabajo hecho de lapislázuli del tamaño de una manzana—. Es enorme.

—Sí. Y es idéntico a los que se han encontrado en Egipto —explicó volviendo a meterlo en el interior de la caja—. De confirmarse su origen las bases del mundo egipcio se tambalearían —concluyó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Se sabe a quién perteneció? —preguntó Jack.

—Al parecer perteneció al ajuar de algún aristócrata que fue enterrado aquí. Creo que estamos sobre su tumba.

Jack no dijo nada al respecto y comenzó a observar la caja que Kim sostenía en sus manos. El silencio reinó y se prolongó durante unos segundos.

—¿Qué hay de ti? —preguntó Kim al sentirse incómoda por esa larga pausa—. ¿A dónde te dirigías antes de que tu avioneta se estrellara?

La sonrisa de Jack se borró de su cara al oír esa pregunta. Su rostro se tornó serio y se levantó de la silla.

—Volaba a Riad —contestó escueto mientras caminaba por la estancia—. Había escuchado rumores sobre el hallazgo de una reliquia —El rostro de Kim se torció en una mueca—. Yo me encontraba en El Cairo y escuché a unos pastores hablando sobre el tema. Alquilé una avioneta para volar hasta aquí y poder comprobarlo con mis propios ojos —concluyó dándole la espalda—. Ya conoces el resto.

—¡Simulaste el accidente! —exclamó Kim agarrando con fuerza la caja con el medallón.

—Por supuesto —dijo Jack al mismo tiempo que se giraba apuntándole con una pistola—. No iba a llegar aquí a caballo, tenía que parecer una coincidencia.

(La acción debía transcurrir en Arabia Saudí y aparecer las palabras: americana, caballo y pastor)

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