25# Chocolate

Había estado esperando ese día desde hacía mucho tiempo. Tenía el mismo hormigueo en el estómago que cuando tenía que salir de excursión con los compañeros de la escuela, pero esto sería incluso mejor, ningún maestro estaría vigilándole. «¡El disfraz!», fue lo primero en lo que pensó saltando de la cama y corriendo al armario. En la misma puerta había una bolsa colgado del tirador, en su interior había un disfraz de pato colgado de una vieja percha. Lo observó un segundo y comenzó a desnudarse.

En un abrir y cerrar de ojos un pato de la altura de un niño de diez años estaba en la habitación. El disfraz era muy realista, al menos, todo lo realista que puede ser un pato de más de un metro de alto. Se calzó las patas y se ajustó bien el pico.

Abrió la puerta y salió al pasillo mirando a ambos lados. Escuchó, como había supuesto, voces procedentes desde la cocina. «Bien, están desayunando», se dijo mientras corría hasta el baño. Una vez dentro cerró con pestillo la puerta y se observó en el espejo. «Hoy será un gran día, nadie sabrá quién soy.»

Un pato negro le devolvía la mirada desde el otro lado del espejo. Movió el pico y trató de parecer natural.

—Cuac. Buenos días señor Lagarto —le habló al espejo observándose, la situación le pareció tan graciosa que comenzó a reírse él sólo.

Se quitó la parte inferior del disfraz y tras comprobar que era incapaz de hacer diana en el interior, decidió sentarse y hacerlo como las chicas. Escuchó unos pasos acercarse a la puerta y picar en ella.

—¡Ocupado!  —gritó.

—Icky, espero que te hayas puesto el disfraz —quiso saber su madre desde el exterior del baño.

—¡Claro que sí! ¿Acaso crees que se me iba a olvidar como a ti otros años? —contestó burlón—. ¿Y tú qué? ¿Lo llevas puesto?

—Sí. El desayuno está en la cocina —respondió ella—. No tardes, si no se enfriará. Te he hecho una taza de chocolate —concluyó mientras se alejaba de la puerta.

  —¡Voy! —espetó mientras tiraba de la cadena y se vestía a toda prisa. «Chocolate», se dijo a si mismo relamiéndose los labios, el chocolate le encantaba. Dibujó una sonrisa y tras volver a verse como un pato en el espejo, salió corriendo hacia la cocina.

Salió del baño y caminó patosamente hasta allí. «¿De qué irán disfrazados?», se preguntó obteniendo la respuesta al entrar. Una vaca y una farola desayunaban con tranquilidad unas tostadas y café. Tras el shock inicial observó como la farola le indicaba donde sentarse, se acercó intentando averiguar quién era quién bajo la atenta mirada de la vaca por encima del periódico.

—Muu… —dijo la vaca —. Quiero decir… Buenos días hijo —se corrigió con una sonora carcajada.

—Hola papá. Me gusta tu disfraz —contestó—. Y el tuyo también mamá —dijo girándose hacia la farola que en ese momento estaba bebiendo con dificultades el café—. ¡No os había reconocido!

—¿Cómo se te ocurrió disfrazarte de pato? —quiso saber la vaca.

—Pues… —comenzó dubitativo— .¿Recordáis aquella obra de teatro en la escuela en que uno de los chicos de la clase de al lado iba disfrazado de pato de feria? ¿De color amarillo? —preguntó emocionado—.¿ Sabéis quién digo?

—Sí —asintió la vaca—. El hijo del panadero.

—¿Y por qué de color negro? —intervino la farola intrigada.

—Porque el amarillo se ensucia muy rápido —contestó tras pensarlo.

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