29# Scorpus (1ª parte)

Escuchaba el bullicio de la muchedumbre y supo que tenía que prepararse. Se colocó bien la pechera y observó sus guantes. Unas viejas marcas provocadas por las riendas tras años de constante uso, quedaban disimuladas por un corte en medio de uno de ellos, dejando una cicatriz al descubierto. Apretó con fuerza los puños y cerró los ojos.

Uno de los dos tenía de morir. El emperador había apostado por él, y por primera vez en muchos años, notó un hormigueo en el estómago. Sabía a quién tenía que matar pero desconocía su identidad, su amo Quintus tenía que habérselo dicho pero todavía no se habían cruzado.

Respiró hondo y trató de calmarse, los caballos estaban inquietos. Eso no presagiaba nada bueno, se acercó a ellos y trató de tranquilizarlos. Les dio unas briznas de avena y volvió al interior. «¿Él lo sabrá?», se preguntó mientras comenzaba a moverse para entrar en calor.

En el exterior sonó una trompeta, e inmediatamente se dirigió al altar. Cruzó la estancia saliendo al atrio. El jardín estaba en silencio cuando lo atravesó acariciando las hojas de las flores que le rodeaban. El altar estaba cubierto por completo por hojas de laurel. Se arrodilló ante él, extrajo un puñal de la pechera y contuvo la respiración. Lo miró y tras musitar algo en voz baja, se hizo un corte profundo en la mano.

El corazón comenzó a latirle más deprisa cuándo alzó la mano dejando caer la sangre sobre su cabeza. Cerró los ojos de nuevo e inspiró con intensidad mientras las gotas le caían lentamente. La fragancia del pebetero le invadió mientras notaba el calor de la sangre cayendo por su frente. Abriendo los ojos, cogió la figura de barro que había en el altar y la besó. Era la figura de un caballo, moldeada en una oscura arcilla gastada por el paso del tiempo. La volvió a dejar en su lugar y se concentró.

Sumido en sus plegarias como estaba, le costó escuchar la trompeta sonando otra vez. «¿Quién es?», se maldijo a si mismo levantándose. Volvió al interior de la sala y se limpió la mano y el rostro con agua. Tenía que ir a los carceres y prepararse. Al entrar observó cómo el esclavo a cargo de los animales se alejaba con sus caballos dirección al circo. «Quintus. ¿Por qué no has venido a buscarme? ¿Cuándo piensas decirme a quién debo matar?», pensó mientras salía al exterior siguiéndole en la distancia.

De camino allí se cruzó con Barbatus, un joven talentoso muy delgado, y Rufus, un hombre alto y rudo; sus compañeros de equipo, quienes le saludaron.

—Ave, Scorpus —le habló Rufus—. Tienes mala cara. No te preocupes esta carrera la ganarás —habló dándole una palmada en la espalda—. Intentaremos estar en tus flancos para evitar contratiempos.

—Ave hermanos —saludó a ambos con una sonrisa—. Estoy tranquilo —mintió desviando la mirada—, no es mi primera carrera con alguien poderoso apostando por mí —concluyó con tono desafiante.

—Lo sabemos, pero… —intervino Barbatus frenándole en seco y mirándole a los ojos—. Quintus nos ha dicho que el senador Terencio ha apostado mucho dinero por los Blancos.

—¿Quintus? ¿Cuándo? —preguntó mientras se le aceleraba el pulso.

—Sí. Nos lo ha dicho mientras comíamos.

—¿Los Blancos?

—Sí. Han hecho un cambio de equipo a última hora. Por lo visto los aurigas son unos helenos que competían allí —Scorpus frunció el ceño y escuchó con atención a su amigo—. Uno de ellos, Eryx, ha ganado varias carreras en Olimpia —explicó Barbatus—, y no de formas muy limpias…

—De hecho, se rumorea que lleva casco porque perdió una oreja —intervino Rufus.

—¿Una oreja?  —preguntó por curiosidad.

—Le gusta frecuentar tabernas y apostar en los dados. Una vez, enfadó a quién no debía y… —explicó Rufus para sorpresa de sus compañeros.

—Para eso os tengo a vosotros, ¿verdad? —intervino Scorpus sonriendo—. ¡Vamos, tenemos una carrera que correr! «Eryx, ya puedes despedirte de este mundo», se dijo mientras caminaba junto a ellos hacía su posición.

Cuando salieron a la arena observaron con asombro el lleno absoluto que había en el Circo Máximo. Las primeras filas estaban ocupadas por las figuras más ilustres de la ciudad, senadores, magistrados y sacerdotes, quienes iban a disfrutar del espectáculo. Al llegar a las carceres se despidió de sus compañeros. Desde dónde se encontraba buscó al auriga con casco sin éxito. «Podría matarlo ahora y así olvidarme de todo esto.» Se llevó la mano al pecho y notó el puñal oculto bajo la pechera. Miró a su alrededor, todos estaban preparados para la carrera. Subió a su carro y acarició a los caballos, quienes respondieron con relinchos. «Aún siguen nerviosos», pensó mientras se ataba las riendas al pecho.

—Tranquilos, todo saldrá bien —les dijo tratando de convencerse a sí mismo.

Dirigió la mirada hacia la tribuna presidencial esperando la llegada del emperador. El hombre más poderoso del mundo apostaba a su favor. Era todo un honor. Pese a convertirse en poco tiempo en un gobernador querido por el pueblo, también se había ganado muchos enemigos dentro del senado.

El graderío estalló en una mezcla de silbidos y aplausos cuando este apareció. La toga púrpura que vestía resaltaba sobre la blanca túnica. Nada más llegar a la tribuna se sentó y observó el lleno que había en el circo. Hizo llamar a unos de sus asistentes personales y tras darle un par de órdenes, este se acercó al trompetista.

El emperador se levantó, sosteniendo la mappa en la mano se acercó al borde y ante la expectante mirada de todos, la dejó caer, momento en que el sonido de la trompeta daba por comenzada la carrera. Los carceres se abrieron y los caballos rompieron en una estampida por la victoria.

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