30# Somo policías o payasos de circo

Nada más entrar en la comisaría, Rodríguez palpó el ambiente festivo que había y arrugó la nariz haciendo una mueca.

—Buenos días —dijo saludando a la joven que había sentada tras el escritorio de recepción.

—Buenos días, señor —contestó ella mientras Rodríguez pasaba de largo sin detenerse camino al interior de la oficina.

La sala estaba ruidosa como cada mañana, el sonido de los teléfonos y las voces se mezclaban con alguna que otra carcajada aislada procedentes de la sala de descanso. Se paró a observar, un agente caminaba apresurado con unas cuantas carpetas bajo el brazo. Fijándose en él se percató que pegado en la espalda, le colgaba un papel con forma de persona.

—¡Barbosa! —bramó enfurecido. El agente con las carpetas al escuchar su nombre se volteó y se acercó a su superior.

—Perdóneme, señor. Estaba pensando en mis cosas… —se disculpó—. No le había visto.

—Ven aquí —le dijo al tiempo que lo giraba y le cogía el papel de la espalda—. ¿Cuántas veces os he dicho qué somos policías y no payasos de circo? —El ajetreo de la oficina cesó y los presentes observaron con atención a Rodríguez. Barbosa al verse sorprendido con eso en la espalda trató de buscar entre sus compañeros alguna mirada incriminatoria sin éxito.

—Señor, le juro que… —comenzó diciendo mirando a Rodríguez.

—¡Todo el mundo a trabajar! —espetó sin más—. Barbosa, que no te tomen más el pelo. Hazte respetar —musitó en voz baja mientras se alejaba de él.

Rodríguez continuó caminando dirección a su despacho. Pasó por delante de las salas de interrogatorio y se percató de que una de ellas estaba cerrada. «¿Tan temprano?», pensó parándose en seco delante de la puerta.

—Señor —saludó un hombre bajo y gordo que se encontraba tras él—. Tenemos nuevos detalles sobre el caso Arguren. Esta noche nos han dado un chivatazo.

—¿Son fiables? —preguntó dándose la vuelta.

—Por lo visto no es tan caritativo como dicen ser —dijo asintiendo con la cabeza—. Esta blanqueando el dinero que debería de donar, en diferentes cuentas en Suiza…

—¿El soplón está ahí dentro? —quiso saber señalando la sala de interrogatorios. El hombre miró la puerta y negó con la cabeza—. ¿Quién hay ahí entonces?

—Un vagabundo que dice no sé qué de una bomba.

—¿Una bomba? —exclamó girándose y mirando la puerta con semblante serio—. Lleva los documentos de Arguren a mi despacho, los miraré después.

Rodríguez se dirigió hacia la sala de interrogatorios y abrió la puerta. Se encontró con la agente Díaz anotando vagamente algo en su libreta, y a un hombre con aspecto descuidado que sorbía café sujetando la taza con ambas manos.

—Señor —dijo ella levantándose al verlo entrar. Rodríguez la saludó y observó al vagabundo.

—De ahora en adelante me encargo yo.

—Pero señor…

—Ya me has oído —le dijo sin dejarle terminar la frase, indicándole la salida.

El vagabundo observó perplejo la situación y volvió a sorber de su café. Díaz con el rostro contrariado abandonó la sala cerrando la puerta tras ella.

—Buenos días. Soy el subteniente Rodríguez —le dijo al hombre mientras tomaba asiento delante de él.

—Hola.

—¿Se llama…? —preguntó intentando mirarle a los ojos.

—Juan. Me llamo Juan. Disculpe —dijo nervioso.

—Me han dicho mis compañeros que asegura haber colocado una bomba. ¿De qué lugar estamos hablando? —quiso saber Rodríguez.

—En el Teatro Nacional.

—¿En el teatro? ¿Por qué allí?

—El por qué no importa. Lo importante es que hay una bomba que desactivar —dijo con semblante nervioso. Rodríguez no lo había visto soltar la taza desde que había entrada en la sala pese a tenerla vacía.

—El porqué es tan importante como…

—No —le cortó Juan—. La bomba explotará en tres días.

—¿Tres días? ¿Me está diciendo que hay una bomba y detonará en la fiesta de entrada al año?

—Sí. Pero puedo detenerla —dijo levantando la vista de la taza—. Solo yo puedo detenerla.

—No corra tanto. Dígame cómo lo hizo sin ser visto y en qué parte del teatro la colocó.

—¿Es necesario? ¿No podemos ir y desarmarla sin más?

—Señor Juan, como supongo entenderá, hoy es un día dónde la gente suele hacer bromas de mal gusto. Seguramente, la mitad de las llamadas que recibamos hoy con algún tipo de emergencia sean mentira —dijo levantándose de la mesa—. Tengo que escuchar todo lo que pueda decirme antes de movilizar a un equipo…

—Está bien —dijo abatido—. Antes de vivir en la calle, era profesor en el Instituto de Química, todavía sigo teniendo contactos allí y el material lo conseguí de allí.

—¿De qué tipo de material estamos hablando?

—Ácidos y glicerina —contestó con total tranquilidad—. Aparte de los instrumentos necesarios para poder elaborarla.

—¿Ha fabricado una bomba de nitroglicerina? —dijo perplejo.

Juan asintió y dejó la taza vacía sobre la mesa. Rodríguez se acercó en silencio a la puerta y la abrió.

—¿Podéis llamar a Barbosa? —pidió a sus compañeros—. ¿Cuándo la colocó? —le preguntó a Juan mientras cerraba la puerta y volvía a la silla.

—Hace un par de semanas conseguí colarme en el teatro y colocar la bomba en el reloj de la sala principal.

—¿Y nadie se percató de ello?

—No. Burlé la seguridad cuando hice saltar la alarma de incendios —comenzó diciendo mientras volvía a coger la taza vacía—. Cuándo comenzaron a desalojar el edificio tuve la sala vacía para hacerlo.

Alguien tocó a la puerta y ésta se abrió. Barbosa asomó la cabeza y miró a Rodríguez.

—¿Qué necesita, señor?

—Quiero que me confirmes cuándo fue la última vez que sonó la alarma de incendios en el Teatro Nacional.

—Sí, señor —dijo justo antes de cerrar la puerta y salir a toda prisa de allí.

Rodríguez se sentó de nuevo, guardó silencio y observó como Juan continuaba con la mirada perdida en el fondo de la taza.

—¿Quiere un poco más de café?

—Eh… Sí, por favor —le dijo tras volver en sí, ofreciéndole la taza.

Rodríguez volvió a levantarse y caminó hasta la puerta. La abrió y pidió un par de cafés. Esperó su pedido allí, en el umbral de la puerta, preguntándose qué motivos habían llevado a ese hombre a fabricar una bomba y arrepentirse después.

—¿Tiene familia? —preguntó sin darse cuenta.

—No —dijo tras meditar la respuesta, bajando la cabeza.

Observó cómo Barbosa corría hacia él desde el fondo de la oficina, con un papel en la mano.

—Señor. Dicen que hace un par de semanas sonó la alarma. Cómo indica el protocolo tuvieron que desalojar el edificio hasta que los bomberos llegaron. Por lo visto alguien la activó, asegurando que había sido una falsa alarma.

—¿Algo más?

—Sí. Dicen que los bomberos encontraron a un sin techo deambulando por el interior cuándo se suponía que estaba vacío.

—Reúne al equipo, en cuanto estén listo saldremos —ordenó Rodríguez— Usted se vendrá con nosotros —habló con tono serio dirigiéndose a Juan.

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