33# Maldito viejo

Miriam salió de la consulta como cada martes desde hacía más de dos años, su visita semanal la alteraba muchísimo. «Necesitas pensar antes de actuar», le decía siempre la doctora al final de las sesiones a modo de despedida. Pero por más que lo intentara, era incapaz de conseguirlo. «Me muevo por instintos», se lamentaba ante la impotencia.

Salió a la calle y el calor sofocante de plena tarde la alteró todavía más. Sin trabajo como estaba, se pasaba todo el día en casa, esperando a que sus hijos volvieran del colegio mientras vivía con sus padres. Caminó con desgana por una estrecha calle. La consulta no estaba muy lejos de casa, de hecho, nada en aquel pueblo quedaba lejos, por lo que tuvo que lidiar con varios vecinos antes de llegar a su destino. Una vez allí, fue directa a la cocina, se bebió un vaso de agua y se acercó al salón donde estaba su madre planchando mientras veía la televisión.

—Hola cariño —le dijo María nada más verla entrar.

—¿Dónde está Daniel? —preguntó.

—Parece mentira que no conozcas a tu padre… —dijo molesta—. ¿Dónde va a estar?

—¿En el bar? —intervino haciendo una mueca—. Maldito viejo…

—¡Miriam! Sabes que no me gusta que hables así… —le recriminó mientras dejaba una camisa sobre una pila de ropa—. ¿Cómo ha ido la consulta? —quiso saber.

—Como siempre. Una mierda…

—Bueno hija, no te pongas así. Ya sabemos que esto es complicado. Tienes que tomártelo con calma.

—¿Con calma? —dijo alzando la voz—. Llevo tres putos años yendo y lo único que he conseguido es perder mi trabajo y tener que estar todo el día con vosotros… —gritó poniéndose roja como un tomate.

—Lamento que pienses así. Tu padre y yo hacemos todo lo posible para que te mejores.

—¿Se puede saber qué hacéis? Si ni siquiera eres capaz de planchar bien la ropa —le gritó quitándole la plancha de las manos violentamente.

—Me has hecho daño… —se quejó llevándose la mano a la muñeca.

—¿Daño? ¿Quieres ver cómo te hago daño? —la amenazó con la plancha en alto.

—Miriam, para. Piensa en lo que te dice siempre la psicóloga…

«¿Otra vez? Se acabó», se escuchó decir a si misma mientras bajaba el brazo sobre la cabeza de su madre con violencia.

María cayó de espaldas sobre el sofá bajo la atenta mirada de su hija. Soltó la plancha cayendo a sus pies con un fuerte estruendo. Observó cómo su madre no gesticulaba ni emitía sonido alguno por lo que corrió a la cocina para huir de aquella horrorosa visión. «¿Pero qué he hecho?», se dijo mirándose las manos con incredulidad. El sonido de la puerta de casa abriéndose le devolvió a la realidad, con un movimiento veloz cogió un cuchillo que había sobre el mármol y se lo ocultó detrás de ella.

—María, ya estoy en casa —anunció una voz varonil—. Me he entretenido en el bar jugando a cartas… —explicó mientras cerraba la puerta.

«Daniel…», pensó haciendo una mueca de odio. Salió a su encuentro para evitar que llegar al comedor y encontrara a María muerta en el sofá.

—Hola Daniel —saludó fríamente.

—Hija. ¿Y tú madre? —preguntó al no obtener respuesta de su esposa.

—Pronto estarás con ella —murmuró antes de abalanzarse sobre él y clavarle en el estómago el cuchillo—. ¿La ves ya? —preguntó con los ojos rojos llenos de lágrimas mientras apretaba con fuerza el cuchillo.

Movida por el odio y la rabia contenida, no se percató de las veces que había atravesado a su padre hasta que fue demasiado tarde. «¿Qué estoy haciendo?» En ese mismo momento lanzó el cuchillo y huyó de allí sin volver la vista atrás. Miriam corrió calle abajo y no paró hasta llegar a la pineda, allí se descubrió recuperando el aire en el Puente de los Girasoles.

«¿Qué me pasa?», murmuró observándose las manos completamente ensangrentadas y temblorosas. «¿Cómo he podido ser capaz de hacer esto?» Contempló horrorizada como toda su ropa estaba manchada de sangre y rompió a llorar. Se echó al suelo, y se cogió las rodillas con los brazos mientras sollozaba. «¿Qué puedo hacer? Cómo he podido ser capaz…»

Estuvo unos minutos tirada en el suelo mientras se tranquilizaba y se secaba las lágrimas. Miró la barandilla del puente y se levantó ayudándose con ella. Observó con determinación el suelo, tragó saliva y se encaramó en lo alto.

—Lo siento —fue lo último que dijo antes de lanzarse al vacío.

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