37# El Coliseo

Caminó apresuradamente por el exterior del anfiteatro. Un tipo vestido de centurión romano se acercó a Maurice quién con un gesto de la mano se deshizo de él. Miró irritado cómo fue en busca de otro turista a quién cobrar una escandalosa suma de dinero por hacerse una foto con él. Observó la entrada, era primera hora de la mañana y había bastante cola, se colocó al final y espero su turno mientras escudriñaba la arquitectura. Seguía sin comprender como aquella ruina había conseguido mantenerse en pie pese a tener casi dos mil años. «Tampoco es tan grande…», pensó recordando la primera vez que lo había visitado, durante el viaje de fin de carrera, hacía seis años. Por aquel entonces era un joven que soñaba despierto, pero ahora, allí plantado, solo pensaba en la tarea que tenía que cumplir. Al llegar a la taquilla enseñó un documento falsificado que le acreditaba cómo arqueólogo junto con su tarjeta de identidad.

—Benvenutto, dottor Walsh —le contestó tras revisarlo y realizar un par de llamadas, devolviéndole los documentos con una amplia sonrisa.

Se ajustó las pequeñas gafas y cruzó la entrada. Cuando la entró, en aquel viaje, años atrás, se sintió privilegiado. «Yo, en el Coliseo», pensó mirando boquiabierto aquella maravilla de la arquitectura. Tratando de visualizarlo en todo su esplendor, imaginándose las estatuas actualmente desaparecidas. Pero hoy no sentía lo mismo. Era la tercera vez que visitaba el anfiteatro aquella semana, y esperaba que fuera la última. Hoy tenía que bajar hasta el llamado hipogeo. Ascendió por las viejas y maltrechas escaleras observando a su paso los objetos allí expuestos y los paneles informativos. Al llegar a la grada el sol asomaba tras unas nubes iluminando todo el recinto, en una magnífica panorámica. Maurice se alegró al ver que no había tanta gente en el interior como había supuesto. Por un segundo visualizó como habría sido aquello en plena época imperial, incluso le pareció escuchar el rugido del público al ver la entrada de los gladiadores, pero se decepcionó al percatarse de que el sonido emanaba del interior. Detrás de él escuchó unas voces y se giró, era un grupo bastante numeroso. «Malditos chinos… Están por todas partes.» Por lo que aceleró el paso y se alejó de ellos. Rodeó toda la gradería hasta llegar a la zona central, al verse solo allí caminó de espaldas hasta una de las barandillas que limitaban el acceso y pasó por encima. Se llevó la mano a la bolsa sacando una tarjeta que se enganchó en la camiseta y una gorra color marrón que se colocó. Caminó tranquilo hasta llegar a las escaleras y las bajó llegando a la parte baja de las gradas. Como había previsto, había varios carritos de basura, se acercó a uno y lo cogió, arrojando su bolsa en el interior mientras lo conducía hasta una puerta custodiada unos metros más allá por un guardia de seguridad. Al llegar ante él, este le hizo un gesto para que se detuviera. Maurice mostró su identificación y el guarda le dejó pasar abriéndole la puerta.

Con un pequeño montacargas descendió hasta las entrañas del Coliseo. Una vez allí caminó por una serie de túneles y pasadizos. Alargó el brazo y del interior de su bolsa extrajo un pequeño explosivo, lo observó y la ocultó junto a un pilar maestro. Nunca había estado allí, pero no le costó imaginarse el trabajo que debieron realizar los esclavos allí abajo con aquel sofisticado mecanismo de engranajes y poleas. Sumido en sus pensamientos continuó caminando, colocando dos explosivos más en diferentes lugares estratégicos que hicieran que toda la estructura cediese cuando éstos detonasen. Cuándo los hubo colocado todos volvió por dónde había venido y salió por la puerta conduciendo el carrito. Subió hasta las gradas y recordó la primera vez que había estado allí. Sintiéndose feliz por estar en un lugar con tanta historia. ¿Quién le hubiera dicho que seis años más tarde sería él quién haría historia allí? Se deleitó por enésima vez de la preciosidad de las vistas y caminó hasta la salida. Una vez fuera, un grupo de personas repartía folletos a todo aquel que salía y caminaba por los alrededores, una chica se le acercó sonriente y le entregó uno.

Via crucis —leyó en voz baja.

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