42# Fond du Lac I

—No puedo darte más de mil dólares… —se lamentó Bill—. Es todo lo que tengo.

—Pues entonces no hay trato, chico… —dijo el mofletudo vendedor perdiendo la paciencia—. Y ahora… ¡Largo de aquí!  Tengo que seguir trabajando… —concluyó alejándose con pasos lentos y torpes.

Una joven, de pelo rubio, lo había observado todo desde la otra acera, apoyada en un poste de la luz con el rostro oculto tras una gorra tejana y unas enormes gafas de sol. Tras dar una larga calada a su cigarrillo lo lanzó, agarró la mochila que tenía a sus pies y se encaminó hacia allí. Cruzó la carretera acelerando el paso y esperó en la salida a que saliera el muchacho. Este pasó por su lado cabizbajo, sin prestarle atención. Por lo que la joven tuvo que interponerse en su camino haciendo que tropezase con ella.

—Perdona —dijo él alzando la vista—, no te había visto.

—Hola —se limitó a decir ella con una sonrisa—, soy Sam.

Los labios rosados de Sam brillaban con el sol de mediodía, y el reflejo en las gafas le cegó.

—Ho… hola —dijo sorprendido Bill al tiempo que alzaba la mano para evitar el sol.

Sam al ver que no se presentaba se quitó las gafas y se cruzó de brazos ladeando la cabeza.

—¿No piensas decirme tu nombre?

—Eh… Sí, me llamo Bill —contestó estrechándole la mano. Sam lo miró fijamente. Sintió una sensación de tranquilidad. El marrón claro de sus ojos le hizo olvidarse del encuentro con el rechoncho vendedor esbozando una sonrisa y enderezándose.

—¿A dónde te diriges Bill? —preguntó Sam.

Bill la miró de arriba a abajo con desconfianza, fijándose en su ropa. Llevaba unas botas altas, un tejano agujereado y una sugerente camiseta de tirantes, típicas de las prostitutas que inundaban aquellas mismas calles por la noche.

—¿Y esa bolsa? —quiso saber Bill mirando la maltrecha mochila—. ¿Necesitas qué te lleven?

Sam bajó la mirada y se volvió a colocar las gafas.

—Depende de dónde te dirijas… —contestó seria.

—Lamento decirte pues, que no me moveré de Fond du Lac en una temporada —espetó al tiempo que comenzó a caminar dejándola atrás.

Sam corrió tras él colocándose a su altura.

—Si es por dinero, quizás yo pueda ayudar. —Sacó un puñado de billetes del bolsillo—. ¿Qué me dices Bill? —dijo parándose en seco.

El muchacho dudó un instante y volvió a observarla, con más desconfianza que antes.

—¿De dónde has sacado ese dinero? —quiso saber.

—Le robé todo el dinero a mi padrastro antes de fugarme —contestó frunciendo el ceño—. Bill. Mírame… Si intentara algo contra ti, ¿crees que no podrías defenderte?

—¿Y por qué yo? —preguntó tras pensarlo.

Sam suspiró y volvió a cruzarse de brazos.

—Llevo un rato observándote. He visto cómo discutías con el vendedor por el precio. Y estoy segura de que tienes tantas ganas como yo de irte de este maldito lugar, pero con solo mil dólares no irás muy lejos…

La duda asomó en el rostro de Bill.

—Además, no tengo suficiente dinero para pagarme un coche yo sola… —dijo mirando a Bill a los ojos—. Y no puedo arriesgarme a usar el transporte público porque mi padrastro me estará buscando…

Bill miró a su alrededor, observó el pueblo con desgana y se encogió de hombros.

—El gordo de ahí —dijo señalando al concesionario de coches—, quiere mil quinientos pavos por la Chevrolet negra de allí.

Observó cómo Sam volvía la vista y miraba la furgoneta.

—Es lo más económico qué encontraremos en millas a la redonda —añadió.

—¿Solo tendría que poner quinientos dólares? —preguntó mientras contaba uno a uno los billetes.

—Setecientos cincuenta.

—¿Setecientos cincuenta? —se quejó la joven.

—Si vamos a ir juntos lo pagaremos todo a medias o no hay trato —sentenció.

Los ojos azules de Bill la miraron fijamente. Aún con las gafas se sintió como si estuviera desnuda, indefensa. Se volteó y volvió a observar la furgoneta. Se quitó las gafas, le miró y comenzó a caminar calle arriba.

—¿A qué esperas Bill? Esa Chevrolet no se va a comprar sola…

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