47# Doctor Zaius

La alarma comenzó a sonar, tenían cinco minutos para desalojar las instalaciones, pero decidieron permanecer allí y finalizar su tarea. Hubieran terminado si no fuera por el maldito sistema informático, un error de proxy comenzó a causarles problemas cuando trataron de enviar la información a la nube. Era de vital importancia que consiguiera transferirla por si uno de los misiles Maverick que se aproximaban al laboratorio lo destrozaba todo.

En la enorme estancia había una especie de robot, conectado a unos cables, flotando en el interior de un depósito situado en el centro de la sala. Uno de los científicos intentaba apresuradamente enviar el fichero cifrado mientras otro comprobaba las constantes vitales del sujeto.

—Doctor Zaius. Todo listo para la siguiente etapa —habló una joven que se acercó con un maletín robusto y metálico.

El doctor Zacius asintió y se acercó a una silla que había junto a ellos. Se quitó la bata y extendió el brazo sobre la camilla.

—Lindsay, deberías marcharte —sugirió el doctor.

—¿Y perderme este momento histórico?

—Estas embarazada.

—Llevo años trabajando en este proyecto, un misil no va asustarme… —contestó sacando del interior del maletín un frasco Erlenmeyer con un líquido rosa en su interior—. Me casé con la ciencia mucho antes de hacerlo con mi marido.

Con la ayuda de una jeringuilla extrajo sangre al doctor, introduciéndola en una maquina conectada al depósito, luego cogió el frasco con el líquido rosa y vertió un poco en el mismo lugar en que había colocado la sangre.

Todos se volvieron y observaron al robot. Tras unos segundos comenzó a tener convulsiones, cada vez más violentas, hasta que de golpe paró, y cayó al fondo del estanque desconectándose de los cables.

—¿Ha funcionado? —preguntó uno de ellos.

El doctor Zaius se levantó y se acercó al depósito. Observando con admiración el robot que yacía acurrucado en el interior, rezó interiormente para que todo hubiera salido bien.

—¡Funciona! —gritó el científico que estaba sentado junto al ordenador—. ¡Está enviando el fichero!

—Doctor, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Lindsay al ver que el robot no se movía.

—Tenemos que comprobar que la cadena del ADN modificado está en la nube antes de que impacten esos misiles —dijo mirando por la escotilla del laboratorio.

No se habían percatado de que la alarma había cesado cuando de nuevo comenzó a sonar, esta vez más aguda y molesta. Tan solo quedaba un minuto para el impacto y el fichero todavía estaba subiéndose cuando el doctor Zaius se acercó a una de las compuertas del laboratorio.

—¡Entrad! —ordenó a su equipo al tiempo que la abría—. Quizás podáis salvaros si os envió al espacio en la cápsula de emergencia.

Sorprendidos por el giro de los acontecimientos, se quedaron inmóviles, observando atónitos al doctor.

—¡No cabemos todos! —exclamó Lindsay.

—¡Yo me quedaré! —gritó el doctor—. Si todo va bien ese robot nacerá con mi ADN y mi muerte tan solo será corporal. ¡Entrad!

El grupo de científicos miró por la escotilla y observó en la lejanía como varios misiles se aproximaban a la estación espacial en la que se encontraban. El doctor Zaius se acercó al estanque y miró con el ceño fruncido al inmóvil robot. Se maldijo y golpeó con fuerza el vidrio. Lindsay observó cómo caía de rodillas al suelo al tiempo que la compuerta se cerraba delante de ella.

Una voz robotizada inició una cuenta atrás que sonó por toda la instalación.

—Diez, nueve, ocho, siete…

El doctor Zaius se aproximó corriendo al ordenador. Al ver el fichero, con la cadena del ADN, subido sin problemas a la nube sintió una felicidad que fue interrumpida por el sonido producido al desacoplarse la cápsula de emergencia. Corrió hasta la diminuta escotilla que daba al interior de esta y con el pulgar en alto indicó a sus compañeros la garantía de que el fichero cifrado había sido enviado.

—Tres, dos, uno.

Los potentes misiles Maverick colisionaron contra la estación espacial en el mismo momento en que la cápsula salía disparada hacia el espacio salvando a sus tripulantes. El laboratorio voló en mil pedazos, destrozando todo el instrumental y matando al doctor en acto.

Lindsay observando aterrorizada como se alejaban de allí a toda velocidad se percató como un objeto metálico salía disparado del complejo entre las llamas, al tiempo que la explosión les alejaba de allí. Anunció a sus compañeros lo que acababa de ver y con los propulsores de la cápsula se aproximaron al objeto que flotaba en el espacio.

Para sorpresa de todos, cuando se acercaron descubrieron que el objeto metálico que Lindsay había visto era el robot que había en el estanque.

—¡Mirad! —gritó sorprendida.

Tras acercarse lo máximo que pudieron a él, trataron de evaluar los daños que había sufrido en la explosión. Estaba cubierto de hollín y con la misma postura en la que se encontraba en el estanque.

—¡Tenemos que recuperarlo! —exclamó mirando a sus compañeros.

—¿Cómo? —preguntó señalando la cápsula—. Si la abrimos moriremos todos…

—Pero… ¡No podemos permitir que vague eternamente por el espacio! —contestó abatida Lindsay.

Un golpe en uno de los laterales de la cápsula les sobresaltó. Miraron al exterior y descubrieron que el robot había desaparecido. Otro sonido les hizo mirar al techo.

—¿Qué es eso? ¿Dónde está el robot? —preguntó mirando a la joven.

—¡Es él! ¡El doctor Zaius! —exclamó ella al ver el rostro del robot saludando por la escotilla.

(La historia debía tener a cinco personajes, uno de ellos debía de que morir y otro nacer, también debían aparecer las palabras: Maverick, Erlenmeyer y proxy)

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