48# Columpios oxidados

John pisó a fondo el acelerador, las ruedas produjeron un fuerte chirrido mientras derrapaban en la calzada rompiendo el silencio. Se alejó de allí a toda velocidad, dejando el banco atrás. Con la vista clavada en la carretera no podía evitar mirar constantemente por el espejo retrovisor de manera nerviosa, pero el único coche que circulaba por aquella maltrecha calle era su descapotable rojo.

Con una conducción frenética se adentró en una zona de la periferia, plagada de traficantes, vagabundos y prostitutas. A medida que se acercaba a su destino comenzó a disminuir la velocidad. Giró a la derecha y vio el edificio al final de la calle. Se dirigía al antiguo colegio de secundaria y no tenía tiempo que perder. Condujo su coche hasta allí y paró el vehículo junto al patio. La verja se mantenía a duras penas en pie en algunas zonas, en otras, directamente no había rastro de ella. Cogió una bolsa que minutos antes había introducido en la guantera, salió del coche y caminó hasta el interior del silencioso patio. Pasó por encima de una verja caída que había cerca de unos columpios oxidados y llegó a una pista de baloncesto que presentaba un aspecto descuidado con una de las canastas tirada en el suelo. Dirigió la mirada hacia la otra parte del patio y observó cómo dos hombres esperaban resguardándose del sol en la sombra que producía un viejo cobertizo junto a la pista.

Cuando John se acercó, se percató del rostro serio e intimidatorio de estos. Vestían de color oscuro y ocultaban sus ojos tras unas gafas de sol produciéndole cierta incomodidad. Caminó hasta allí y esperó a qué fueran ellos quienes comenzaran la conversación.

—¿Has traído el dinero? —le preguntó el más bajo y musculoso tras ver que John no decía nada.

John observó bien a su interlocutor. Era un hombre joven con la cabeza rapada y de orejas pequeñas. Su voz era grave y decidida.

—Sí —dijo nervioso—. Pero antes… ¿Dónde están los niños? —preguntó con voz quebrada.

—Primero el dinero —intervino el otro dando un paso al frente.

Éste a diferencia de su compañero, era más alto y delgado. El tono de su voz le hizo erizar el vello y las facciones duras del rostro le atemorizaron.

—¡Teníamos un trato! —exclamó John retrocediendo y ocultando la bolsa tras de sí.

El hombre bajo y corpulento sin mediar palabra desenfundó un revólver y le apuntó.

—El dinero —exigió al tiempo que deslizaba hacia atrás al martillo del arma—. ¡Ahora!

John, quien se había jurado no cometer ninguna locura, dudó unos segundos, pero finalmente alargó el brazo tendiéndole la bolsa. Éste la agarró y se la entregó a su compañero.

—Está todo —habló con voz seca tras mirar el contenido—, vámonos.

El hombre bajó el arma, se giró y siguió a su compañero hasta el exterior.

—¡Eh! —gritó John. Los dos hombres se volvieron y le miraron con ferocidad—. ¿Y mis hijos?

—Están en el cobertizo —habló el hombre que segundos antes le había apuntado con el arma.

John corrió hasta la puerta del cobertizo y trató de abrirla. Un par de maderos clavados en ella le impidió el acceso. Trató de arrancarlos tirando con fuerza de ellos, escuchó el crujir de la madera antes de partirlo en dos. Entonces, reparó en que no había maneta en la puerta por lo que sin pensárselo dos veces dio un paso atrás y embistió con el hombro, golpeando la puerta. Ésta cedió y cayó al suelo levantando una nube de polvo. Esperó a que sus pupilas se adaptaran a la oscuridad y escudriñó el interior de la habitación, descubriendo horrorizado qué estaba completamente vacía.

(La acción debía transcurrir en un patio de colegio y aparecer la frase: ¿Dónde están los niños?)

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