51# Baker Street

La calle estaba muy concurrida, los peatones caminaban rápido, tapados hasta arriba y abrigados con guantes y bufandas. Wendy se paró delante del cartel, se ajustó el gorro tapándose las orejas y se llevó las manos a la boca para darse calor.

—Baker Street —leyó en voz baja al tiempo que dirigía la mirada calle arriba.

Miró su reloj, tenía un aspecto viejo y un par de arañazos entorpecían la visión, faltaban siete minutos para las diez. Había quedado con Sam Hardy, una mujer a quien había conocido el día anterior. Ambas estaban buscado piso, y Martin, un amigo común, las presentó. Era una mujer que acababa de cumplir los treinta, trabajaba en el mismo bufet que Martín, y era una de las mejores abogadas de la ciudad. Era una buena carta de presentación para un compañero de piso, no como la suya.

Wendy reanudó la marcha y continuó caminando hasta su destino. Un taxi que circulaba por la carretera se paró a pocos metros delante de ella, frente a la librería.

—Hemos llegado —anunció el taxista a su pasajera.

—Tenga. Quédese con la vuelta —dijo ella dándole un billete.

El conductor agradecido salió del vehículo y abrió la puerta mientras la mujer bajaba del taxi. Wendy se percató entonces de quien salía de su interior. Sam vestía un elegante traje de dos piezas que resaltaba su figura, encima de éste, un grueso abrigo la cubría de la llovizna que caía.

—Hola, señorita Hardy —saludó Wendy un poco ruborizada al verla.

—Llámame Sam, por favor —añadió ella con una sonrisa al tiempo que le daba dos besos.

Wendy notó la elegante fragancia de su compañera. Era un perfume caro, había fantaseado con comprarse una de esas pequeñas botellas, pero tenía que conformarse con las que imitaban a las grandes marcas.

Se acercaron a una puerta contigua a la librería. El edificio era de un blanco níveo, con unos detalles florales en azul cobalto. La albada blanca en forma de hiedra resaltaba sobre la puerta.

—Parece un lugar caro —exclamó Wendy al verlo—. Es muy bonita, y la zona es de las mejores de la ciudad.

Wendy había accedido a la ayuda de Martin como medida desesperada. Aunque las referencias de Sam eran buenas, desconocía la impresión tendría la abogada sobre ella. Dos mujeres totalmente opuestas. Una en la cima de una carrera plagada de éxitos y la suya, sin trabajo ni ningún logro remarcable que a duras penas sobrevivía con lo que había ahorrado.

—No te preocupes —contestó Sam mirándola a los ojos. Allí, junto a la puerta, Wendy la observó con gran admiración, sus zapatos de aguja que la elevaban por encima suyo y el elegante maletín, la dotaban de una seguridad que ella desconocía—. La señora Hamilton me hace un precio especial —concluyó.

Sam sonrió y llamó a la puerta. La aldaba estaba fría al tacto, por lo que tan pronto escuchó unos pasos acercarse, la soltó llevándose la mano al bolsillo.

—¿Un precio especial? —quiso saber Wendy.

—Me debe un favor —comenzó explicando mientras se colocaba bien la bufanda—. Hace un par de años su marido fue sentenciado a muerte y contrató mis servicios…

—Un momento —intervino Wendy—. ¿Evitaste que lo ejecutaran?

—Oh, no. Me aseguré de ello —contesto al tiempo que se abría la puerta y abrazaba a la señora Hamilton con cariño.

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