56# Fútbol

El balón se acercó a mí a toda velocidad. Lo controlé con habilidad pese a tener a un adversario poniendo su pierna entre las mías. Me alejé de él y pasé la pelota a mi compañero que se desmarcaba por la banda. El pase no fue bueno pero David consiguió hacerse con el esférico y centrar. El guardameta rival atento a la jugada se adelantó a Ramiro quien saltaba para cabecear y anotar así el gol del empate.

Me maldije. Observé como el guardameta se lanzaba al suelo y demoraba el saque. El árbitro había añadido tres minutos y el equipo rival solo hacía que perder tiempo.

—¿Qué no lo ves? ¡Está perdiendo tiempo!  —le grité al árbitro.

Este se giró y me miró con semblante serio sin decir nada.

El portero sacó y chutó el balón tan lejos como pudo, la pelota pasó por encima de mi cabeza y fue a parar a los pies del delantero a quien tenía que estar cubriendo. Me volteé tan rápido como pude y corrí hacia él. Su control fue rápido, se dio la vuelta y comenzó a correr hasta la portería.

—¡Voy! —escuché gritar a Manuel quien se lanzó en segada para robarle el balón. El delantero con un hábil movimiento le esquivó y continuó su carrera mientras yo me acercaba a él.

Era ahora o nunca, debía de pararlo o podía sentenciar el partido marcando su segundo gol de la tarde. Me lancé desde atrás con rabia, no pudo hacer nada por evitarme y cayó de bruces al suelo.

El silbato del árbitro no tardó en sonar, éste se me acercó y con el rostro empapado en sudor me mostró la tarjeta amarilla, mientras yo alzaba los brazos.

—¡He tocado pelota! —grité—. ¡Se ha tirado! ¿Qué no lo ves?

El árbitro sacó su libreta y me indicó con un gesto que me girara. Le ignoré y me acerqué a él importunándole. Varios jugadores del equipo visitante se abalanzaron sobre mí. Mis compañeros no tardaron en llegar y el silbato comenzó a sonar intentando poner orden.

—¡Gírese por favor! —me dijo al tiempo que trataba de mirar el dorsal de mi camiseta.

—¡Qué se ha tirado, gilipollas! ¡Eres tan tonto que te toman el pelo!

Acto seguido el árbitro se llevó la mano al bolsillo y sacó la tarjeta roja.

—¡Expulsado! ¡Fuera de aquí! —me ordenó.

—¿Qué? ¿Te atreves a expulsarme en mi casa?

Me abalance sobre él y le golpeó con fuerza la cara. El sonido se pudo escuchar desde la grada, el árbitro cayó a plomo al suelo. Pepe trató de agarrarme mientras yo le propinaba patadas, uno de los jugadores del equipo contrario trató de ayudarle a sujetarme y lo único que consiguió fue un puñetazo en el rostro.

En ese momento comenzó una batalla campal entre los dos equipos, los reservas saltaron del banquillo y se aproximaron a nosotros. Incluso los gritos e insultos se expandieron por la grada provocando altercados por todo el campo.

—¡Suéltame! —le grité a Pepe mientras trataba de escapar.

El guardameta rival se acercó por detrás y con un rodillazo en la espalda lo derribo, me miró y se abalanzó sobre mí. Esquivé el primer golpe pero el segundo me fue imposible, caí al suelo y me llovieron patadas por todos lados. Traté de taparme el rostro y observé como el árbitro estaba inconsciente junto a mí.

Los golpes cesaron y alcé la vista, mi capitán, junto a Luis y Manu trataban de alejarlos y me ayudaron a levantarme. Un gritó a mi espalda me hizo voltear, lo último que recuerdo fue ver al delantero que minutos antes había derribado abalanzarse sobre mí con su pierna a la altura de mis ojos.

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