60# Subconsciente

Me recosté y cerré los ojos, cansado de no encontrar nada en lo que trabajar me decidí por probar algo diferente. Traté de relajarme en la butaca y respiré hondo.

Fue entonces cuando abrí la puerta, era tal y como siempre lo había imaginado, el olor a libros y tinta impregnaban todo el ambiente. La sala estaba plagada de puertas que daban acceso a diferentes estancias de mi consciencia, las entradas estaban rodeadas por estanterías repletas de obras de todo tipo.

No sabía por dónde empezar, así que caminé sin rumbo, disfrutando de cada segundo que pasaba allí dentro. Pensé que solo me encontraría con mis personajes si me adentraba en la puerta de acceso a sus mundos, pero me equivoqué. En mi cabeza habían cobrado vida todos y cada uno de ellos, y se movían a su antojo por todo el lugar.

Con el primero que me crucé fue con Icky, vestido con su disfraz de pato correteando por los salones. Intenté captar su atención para entablar una conversación pero no me escuchó. Entró a toda velocidad en una de las puertas, me dispuse a seguirlo cuando me percaté, mirando través de uno de los grandes ventanales, de la majestuosa torre que se alzaba junto a un extenso bosque. En la base de la edificación puede ver a Gilda hablando con alguien que se parecía mucho a mí, me acerqué a la ventana y escuché.

―¿Cómo quieres qué haga eso? ―dijo la mujer―. Si apenas le conozco…

―Simplemente es un desnudo, nada más.

―¿Tú te desnudarías delante suyo? ―exclamó molesta al tiempo que se cruzaba de brazos―. Si hace tan solo diez minutos que lo has creado…

―Disculpa ―intervino mi doble al verme ―, volveré en otro momento, Gilda.

Se acercó a mí con expresión de sorpresa y me saludó con la mano cuando estaba a escasos metros de mí.

―Hola.

―Hola ―contesté asombrado al ver que mi interlocutor era exactamente como yo.

―¿Qué haces tú aquí? ―me preguntó mirándome de arriba abajo.

―Pues… Si te digo la verdad no me creerías.

―Pruébalo ―habló en tono desafiante.

―Vale. Ahora mismo estoy sentado en mi butaca, en un estado de ensoñación. He entrado a mi subconsciente para poder buscar algo de inspiración ―continué explicando mientras el rostro de mi doble pasaba del asombro a la confusión―, llevo un par de semanas sin escribir nada y se me ocurrió probar de venir aquí…

―Me lo creo. Eso explicaría la escasez de trabajo… ―contestó con una sonrisa de oreja a oreja―. Ven conmigo ―habló mirándose el reloj―, es la hora del descanso, quizás encontremos a alguien que pueda ayudarte.

La estancia había dado paso a una gran avenida con diferentes estudios a ambos lados. Me seguía a mí mismo con dificultad, sus grandes zancadas le alejaban de mí cada vez más.

―Espabila, solo tienen cinco minutos… ― anunció entrando en la parcela de una de las naves.

Sentado en una mesa, un hombre se liaba un cigarro. Mi doble se acercó a él y le dijo algo al oído. Me acerqué a ellos y fue cuando le reconocí.

―¡Cabo Maeso!

―Señor ―me saludó al verme―. En realidad me llamo Daniel.

―¿Daniel? ¿Y el nombre de cabo Maeso?

―Interpreté este papel ―contestó encendiéndose el cigarrillo.

―¿Interpretaste? ―pregunté asombrado.

―Claro. Aquí todos somos como actores ―contestó Daniel dando una larga calada a su cigarro―. Dependiendo del papel que nos toque interpretar asumimos un rol u otro.

―¿Aparte del cabo Maeso que otros papeles has hecho?

―Hace poco se publicó uno dónde lucho con un hombre que tenía un bigote bastante estrafalario… ¿Te suena?

El sonido de una sirena me impidió contestar.

―Si me disculpas tengo que volver al tajo ―anunció tras lanzar el cigarro.

Me despedí de Daniel y de mí mismo, y observé como ambos entraban en el estudio. Me dirigí calle abajo, guiado por las indicaciones, hacía la zona del Taller.

―Alto ―dijo un guardia cortándome el paso―. Sin autorización no puede pasar.

―Soy yo ―hablé con tono afable―, ¿no me reconoces?

―Oh… Perdone que no le haya reconocido señor Anathema ―se disculpó al tiempo que se apartaba y me invitaba a pasar con un movimiento del brazo.

Sorprendido por el cambio de actitud, caminé despacio. Unos grandes decorados se alzaban ante mí, me dirigía a la entrada cuando escuché unas voces procedentes del interior.

Otro guardia permanecía junto a la puerta de acceso, pero a diferencia del anterior, éste si me reconoció.

―¡Señor! ―me saludó con energía―. Lamento comunicarle que no puede entrar. Están con la escena del próximo taller y no pueden ser interrumpidos.

―¿Pero…? ―dije sorprendido.

―Son órdenes, mire ―dijo sacando un documento del bolsillo.

Cogí el escrito y lo leí con atención.

―¿Cómo es posible que ponga textualmente que no se puede permitirme entrar? ¿Quién ha redactado esto?

―Mire al dorso, señor ―dijo girando la hoja―, fue usted mismo.

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