75# Fond du Lac II

(Continuación de “Fond du Lac“)

—¡Conduzco yo! —exclamó Sam quitándole las llaves de la mano al vendedor.

Bill se levantó de la silla y la siguió hasta el exterior. La furgoneta estaba en buen estado, tenía un par de abolladuras en una de las aletas delantera pero la pintura brillaba resplandeciente bajo el sol. Sam abrió la puerta del conductor y observó el interior.

—¿De qué año ha dicho que era? —preguntó mientras se acomodaba en el asiento.

—Del setenta y ocho —contestó Bill subiéndose a la furgoneta.

El vendedor les observaba desde el interior de su pequeña oficina, alejado del sol y el calor. Sam arrancó el motor y pisó el embrague. Un sonido molesto sonó cuando trataba de poner primera.

—¿Sabes conducir? —espetó Bill frunciendo el ceño.

Sam le contestó con un acelerón, haciendo que Bill chocara contra el reposacabezas del asiento.

—¡Ponte el cinturón que nos vamos! —exclamó alzando el puño.

Salieron del concesionario a gran velocidad, incorporándose a la carretera con brusquedad pero al llegar al cruce Sam comenzó a aminorar la marcha mientras miraba de un lado a otro.

—¿Qué pasa? —preguntó Bill imitando a su compañera—. ¿Qué buscas?

—Tengo hambre. Hemos estado más de una hora allí dentro y con este calor me apetece comer y beber algo fresco.

—Aquí cerca no vamos a encontrar nada… Hay que ir hacia el puerto —dijo indicándole una calle—. Por allí tenemos que llegar al puente si no me equivoco.

Sam giró y se adentraron en una zona residencial llena de casas unifamiliares con grandes jardines a ambos lados. Circularon despacio por allí unos minutos antes de llegar a otro cruce.

—Vale. El puente está a la izquierda, ¿ves? —anunció esbozando una sonrisa—. Ahora si vamos por la derecha en un par de minutos llegaremos al puerto.

—Veo que te conoces muy bien el pueblo, Bill.

—Llevo un par de semanas aquí, y lo único que he hecho ha sido patearme el maldito pueblo de arriba abajo, una y otra vez…

—¿Haciendo qué?

Bill bajó la ventanilla. Habían entrado en una de las calles principales del pueblo y el ambiente pese al asfixiante calor era considerable.

—Primero busqué trabajo, pero aquí todos desconfían de los forasteros. Ya has visto al gordo del concesionario… —explicó haciendo un mueca—. Así que traté de buscar un coche barato para largarme cuanto antes de aquí.

—¿Y dónde has estado durmiendo? Yo llevo un par de días aquí y he tenido que dormir en el parque Adelaide, cerca del lago.

—¿En serio? Yo he estado durmiendo allí la última semana —espetó Bill emocionado—. Cerca de las pistas de tenis había una caseta y por las noches me colaba dentro. ¿Sabes dónde están las pistas de tenis? —Sam asintió.

—Éramos vecinos —dijo ella entre risas—. Ahora que lo pienso, me pareció verte ayer por la mañana caminando por allí.

Bill se encogió de hombros y miró por la ventanilla. Estaban saliendo del pueblo y se acercaban al puerto. A la izquierda de la carretera observaron un discreto restaurante, con un letrero de color gris y verde, a pocos metros de la orilla del lago.

—La casa del remo de Shmitty —leyó Bill.

—¿Lo conoces?

—No. Pero a juzgar por la cantidad de coches que hay en el parking no tiene que estar mal… ¿No crees?

—Puede ser —dijo girando a la izquierda y entrando en el parking—. Ahora lo averiguaremos.

Aparcaron la furgoneta cerca de la entrada y se dirigieron al interior del restaurante. Nada más abrir la puerta, el olor a comida les hizo salivar. Bill tras observar la sala se percató de que todas las mesas estaban ocupadas por lo que se dirigió a la barra, situada enfrente de la entrada. Un camarero al verlo se acercó a él.

—Bienvenidos a Shmitty —saludó con una amplia sonrisa—. ¿Les traigo el menú?

—Sí, gracias.

Bill se sentó y le acercó un taburete a su compañera. Cuando el camarero volvió con los menús Sam sacó un cigarro y le preguntó si se podía fumar allí dentro.

—Lo lamento señorita. No está permitido.

Sam hizo una mueca, lo dejó sobre la barra, y cogió el menú.

—El tabaco mata, ¿no te lo han dicho?

—¿Tú también vas a darme sermones? —dijo subiéndose las gafas—. Ya soy bastante mayor…

—¿Cuántos años tienes?

—¿No te han enseñado modales? —espetó Sam—. Esas preguntas no se hacen…

—¿Ahora resulta que eres una señorita? —rio dejando el menú sobre la barra en el mismo instante en que el camarero llegaba.

—¿Ya saben lo que van a pedir? —preguntó éste sacando una libreta y un bolígrafo.

—Sí —contestó Sam ignorando a su compañero—. Unos mini tacos y una cola.

—Yo pediré el combo… —Bill cogió de nuevo el menú— tres. El combo tres, por favor.

—¿Y para beber? —quiso saber el camarero mientras anotaba el pedido.

—Otra cola, gracias.

El camarero se marchó y al poco trajo las bebidas. Sam agarró su vaso y lo alzó.

—Hagamos un brindis —anunció—. Por nuestra alianza.

Bill cogió el vaso y lo acercó al de Sam quien tras brindar se bebió de un solo trago toda la bebida.

—¡Qué fresca! —exclamó Sam dejando el vaso sobre la barra y soltando un suspiro.

—Espero que comas un poco más despacio, porque si no… —rio Bill.

Sam quien miraba por la ventana, se levantó sin previo aviso y con semblante serio corrió hacia los servicios. Desde allí hizo una seña a Bill para que se acercara mientras se adentraba en el baño de mujeres. Bill se levantó y miró desconcertado la sala, buscando el motivo de esa reacción. Se acercó al servicio y golpeó en la puerta. Sam abrió y agarrándolo de la camiseta lo arrastró al interior.

—Tenemos que irnos… —susurró acercándose a la ventana.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Acabo de ver un coche patrulla estacionando en el parking.

Bill se giró y abrió la puerta con cautela. Observó a unos policías que habían entrado en el restaurante y se dirigían a la barra. Tras intercambiar unas palabras con una de las camareras le mostraron una fotografía.

—¿Te está buscando la policía? —espetó Bill mientras cerraba la puerta—. ¿¡Sam!?

La chica ignorándole había saltado por la ventana y corría hacia la furgoneta por lo que Bill se acercó a la ventana.

—¡Sam! ¡Espera! —Ella al escucharlo se paró.

Bill saltó y corrió hacia la furgoneta al tiempo que Sam le lanzaba las llaves.

—¡Conduce tú! No pueden verme…

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