78# Hooker debe morir

El golpe lo derribó. Hooker se llevó la mano a la cabeza y notó un líquido espeso.

—¡Mátalo! —gritó Robert poniéndose de pie—. ¡Mátalo!

Hooker trató de reincorporarse pero no pudo, se tambaleó cayendo de bruces contra el suelo.

—¡Mátalo de una vez! —volvió a repetir.

—No —dijo volviéndose hacia él—. Yo no soy ningún asesino.

Robert frunció el ceño y miró a Hooker antes de abalanzarse sobre John, tratando de cogerle el revólver pero éste estuvo atento y lo evitó empujándolo contra los bancos.

—No me obligues —espetó apuntándole—. Ahora vas a llevarme hasta mis hijos.

—Estas cometiendo un error John —dijo alzando los brazos—. Hooker debe morir.

John con un gesto le indicó que caminara hacia la puerta. Robert hizo una mueca antes de voltearse y dirigirse con pasos lentos hasta la salida. En el exterior se encontraron con el cuerpo de Ferdinand al lado del coche, Robert comenzó a caminar hasta él cuando John se lo impidió.

—No podemos perder el tiempo. Mis hijos me esperan.

Robert dirigió una última mirada a su compañero y sin decir nada se encaminó hacia el descapotable rojo.  John se subió al coche de un salto y lo arrancó mientras Robert abría la puerta y se sentaba en la parte de atrás.

—¿Adónde? —preguntó John.

—Por ahí —contestó Robert señalándole una gran avenida.

John apretó el acelerador y se alejaron de la iglesia en el mismo instante que un grito de ira surgía del interior.

***

—¿Qué vas a hacer cuando recuperes a tus hijos? —preguntó Robert haciéndose un torniquete en el muslo.

—Irme muy lejos de aquí —le contestó mirándolo a través del espejo retrovisor—. Desaparecer.

Condujeron unos minutos alejándose del centro y adentrándose en una zona residencial.

—Ya estamos llegando —anunció Robert—. En el siguiente semáforo tuerce a la derecha. Es la casa que hay al final de la calle, la de color rojo.

John comenzó a sentir un nudo en el estómago al tiempo que el corazón le latía cada vez más rápido. A pocos metros del cruce el semáforo se puso en rojo. La calle estaba desierta, pero John miró nervioso a ambos lados hasta que la luz cambió a verde. Metió primera y aceleró, estaba girando a la derecha cuando una luz le cegó por uno de los retrovisores, se volteó para observar mejor y observó como un Ford negro se dirigía a toda velocidad hacía ellos.

Antes de poder reaccionar el coche les embistió con violencia. John escuchó gritar a Robert antes de golpearse la cabeza contra el volante cuando el descapotable salió despedido, y se estrelló contra una de las farolas.

John abrió los ojos, la cabeza le daba vueltas y el cuello le dolía, miró a su alrededor y descubrió a Hooker junto a la puerta del copiloto. Rápidamente se llevó la mano a la chaqueta.

—¿Buscas esto? —intervino mostrándole el revólver—. Qué cosas… Nos ha dejado —dijo señalando el asiento trasero.

John se volteó y observó el cuerpo sin vida de Robert, el impacto lo había lanzado contra el lateral del coche y se había desnucado.

—Al no matarme en la iglesia me has dado una oportunidad de acabar contigo—explicó mientras abría el tambor y sacaba las balas que había—. Y voy a darte también esa oportunidad. Sal del coche.

John abrió la puerta y salió mientras Hooker sacaba su arma y le quitaba las balas, quedándose con tan solo dos de ellas.

—Dos balas y dos armas —continuó mostrándoselas antes de introducir una en cada revólver—. ¿Sabes jugar a la ruleta rusa?

John permanecía callado, observándolo.

—¿No? ¿Ves esto de aquí? —dijo indicándole el tambor—. Tienes que hacerlo girar así —El sonido que producía provocó una mueca en el rostro de John—. Y con un movimiento de muñeca lo cierras. ¿Sabrás hacerlo?

John tragó saliva y asintió, pero al ver la sonrisa que se había dibujado en el rostro de Hooker, dudó.

—Podemos llegar a un acuerdo… —musitó.

—Ahora te voy a dar el arma —dijo teniéndole el revólver e ignorándolo—. No hagas tonterías.

John cogió el arma. Le temblaba el pulso, la miró y desvió la mirada hacia Robert.

—A la cuenta de tres los hacemos girar —anunció Hooker. Ambos acercaron sus manos al tambor—. Uno, dos, tres.

Con un ágil movimiento los tambores comenzaron a sonar.

(Frase final: “Los tambores comenzaron a sonar”)

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