94# Dallas

La noticia de la muerte del presidente no le cogió por sorpresa, pero si lo hizo la declaración de Oswald. «Maldito chivato», maldijo para sus adentros. Jack se levantó de la silla lanzando el periódico sobre el escritorio.

Se acercó a la ventana, dio una larga calada a un puro que sujetaba con la mano derecha y observó la pista de baile desde una posición privilegiada. Frunció el ceño y sin mirar agarró una copa para llevársela a los labios. Notó el calor bajar por su garganta y no pudo evitar resoplar.

No le quitaba la vista de encima a la nueva bailarina pero no podía dejar de pensar en Jada. Sus curvas y sus movimientos le cautivaron desde el primer día, pero fue entonces cuando se acordó de su mal carácter y de los problemas que le había causado a él, y a su negocio. La hizo desaparecer de su vida tal como había llegado, de la noche a la mañana.

Ahí estaba Isis, con sus pechos turgentes y redondos haciendo babear a todos los asistentes. Sonrió sin apenas darse cuenta. Se acercó el puro a la boca y con la mano libre cogió una botella que había sobre la mesa. Mientras llenaba la copa, volvió a leer el titular del periódico: “Kennedy asesinado en las calles de Dallas.”

De nuevo una sensación de asco y odio hacia Oswald le invadió. Dejó bruscamente la botella sobre el escritorio y se acercó al teléfono. Marcó y se llevó el auricular a la oreja al tiempo que daba otra calada al puro antes de dejarlo en el cenicero.

—Soy Ruby —anunció cuando obtuvo respuesta—, sí. Quiero hablar con él.

Mientras esperaba, alargó el brazo y agarró la copa. La hizo girar para que los cubitos enfriaran el licor, y bebió.

—Señor Marcello —habló cuando escuchó la voz al otro lado del teléfono—, supongo que habrá leído el periódico de hoy. Sí —contestó afirmando con un movimiento de cabeza—. ¿Mañana? —Frunció el ceño y dio una calada al puro—. Por supuesto, a primera hora. No se preocupe.

Colgó el teléfono y se acabó la copa de un solo trago. Volvió a notar el calor en su boca y se levantó. Se acercó a la caja fuerte que se ocultaba detrás de un cuadro y la abrió. Del interior sacó un revólver, una bolsa de cocaína y un fajo de billetes que se guardó en el bolsillo interior de la americana. Se encaminó hacia la puerta, recogió su abrigo y salió del despacho.

La música a todo volumen, el ambiente cargado de humo y olor a sudor le resultaba tranquilizador. Aquello era su negocio y su casa al mismo tiempo. Buscó a Isis en el escenario pero no la encontró, por lo que recorrió el local con la mirada en su búsqueda.

—Señor —le dijo un tipejo con cara de pocos amigos que se acercó a él, interrumpiéndolo—, ¿le traigo su coche?

Jack asintió con la cabeza y continuó buscándola, pero al no verla se dirigió hasta la salida y salió al exterior. Un viento gélido le dio la bienvenida por lo que se cerró el abrigo y se cruzó de brazos esperando la llegada de su coche.

—Aquí tiene, señor —dijo entregándole las llaves al tiempo que le abría la puerta.

Jack agarró las llaves sin decir nada y se subió al coche cerrando la puerta tras de sí.

***

A la mañana siguiente se encontraba delante de la comisaria de Dallas donde una congregación de periodistas y fotógrafos rodeaban el edificio. Bajó del coche y se dirigió hacia el garaje subterráneo. Allí había menos gente lo que le permitió colocarse cerca del perímetro de seguridad.

Las puertas se abrieron y el ambiente comenzó a caldearse. Introdujo la mano en el bolsillo de la americana y agarró el revólver con fuerza. Comenzaron a salir policías por delante de la comitiva que trasladaba a Oswald, quienes esperaban el coche policial para dar paso al preso.

El sonido de un claxon le distrajo, el coche se detuvo a pocos metros de él y el policía indicó con un gesto a sus compañeros que ya podían traer al criminal. En cuanto este cruzó la puerta sujetado por ambos lados, Jack atravesó el cerco policial y se interpuso en su camino. Sacó el revólver del bolsillo y disparó a bocajarro en el estómago de Oswald para sorpresa de todos.

Fue reducido sin apenas ofrecer resistencia al tiempo que Oswald caía abatido al suelo perdiendo mucha sangre. Lo arrastraron al interior de la comisaria y lo encerraron en un cuarto pequeño y maloliente.

—¿Pero que ha hecho? —exclamó uno de los policías zarandeándolo—. ¿Está usted loco?

—Lo he hecho para redimir a la ciudad de Dallas.

—¿Cómo?

—Ese maldito rojo —escupió al suelo— acabó con el presidente y mancilló el nombre de la ciudad.

—Es el principal sospechoso pero se ha declarado inocente en todo momento —intervino otro policía—, es más, ha declarado que es un chivo expiatorio de la mafia.

—Lo leí en el periódico —agregó Jack—, todo mentira. ¡Es un maldito comunista!

(Relato sobre Lee Harvey Oswald)

Anuncios

Comentar

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s