95# Bharma

Había llegado a la capital tras un par de horas de viaje en tren. Me encontraba en la estación, en el centro de la ciudad, y tuve que caminar un poco más hasta llegar a la boca del metro para continuar hasta mi destino. Me vi obligado a correr por los pasos subterráneos para no perder los diferentes trenes que tuve que coger. Cuando por fin subí al vagón que llegaba hasta la Meridiana, miré el reloj, solo me separaban tres paradas de ella y el tiempo transcurría muy deprisa mientras hacía trasbordos, y muy despacio mientras me acercaba a ella.

Llegué a la Meridiana, salí del metro y una vez en el exterior traté de situarme utilizando el móvil, y con ayuda del GPS puse rumbo al Bharma, el bar dónde la conocería en persona. Cuando llegué a la puerta me la encontré cerrada, volví a mirar el reloj y este marcaba las seis menos cinco. Miré a ambos lados en busca de Aurora pero no la vi. Esperé un par de minutos que se me hicieron eternos, observé como el dueño del local llegaba con la puntualidad que le faltaba a mi amiga.

—Buenas tardes —me saludó un hombre con barba canosa—, ya puedes pasar si quieres.

—Hola —contesté sin despegar la mirada del móvil—. Gracias, pero esperaré aquí fuera, no creo que tarde mucho más en llegar.

El hombre sonrió y entró, me volví hacia el interior y me sorprendió ver aquella decoración. Era tal cual me lo habían explicado: una vitrina en la entrada con figuras de vírgenes, la cola de un avión de Oceanic incrustada en la pared y la puerta de la escotilla, todo ello rodeado de maleza y vegetación que hacían el lugar, un sitio oscuro pero a la vez acogedor.

De repente, sumido en mi inspección, noté un golpecito en el hombro. Me volví sorprendido y allí estaba Aurora. Su mirada a través de aquellos ojos hicieron que me olvidara de todo lo que me rodeaba, me zambullí en su inmenso azul y tardé en reaccionar.

—Hola —saludó ella primero con una sonrisa perfecta—, ¿has tenido que esperar mucho?

—Ho… hola —exclamé volviendo a la realidad y acercándome para darle dos besos. Su perfume me atrapó y el tacto con su piel me hizo sonreír—. Cinco minutos…

Vestía unos tejanos rasgados que se ajustaban a sus piernas a la perfección y unas zapatillas deportivas que iban a juego con su camiseta blanca sin mangas, dándole un aspecto muy casual.

—¿Entramos? —preguntó apartándose el flequillo y colocándoselo tras la oreja al tiempo que me sonreía otra vez.

Asentí y pasó por delante de mí entrando en aquella selva en pleno centro de la capital. De nuevo noté la fragancia de aquel perfume, no pude evitar mirarle el trasero, pese a ser una chica delgada y de pechos pequeños, sus curvas estaban muy bien definidas bajo aquella ropa.

Nos sentamos en una mesa pequeña, uno frente al otro. El mismo hombre que había abierto la puerta pocos minutos antes nos atendió y nos trajo un par de cervezas. Le conté un par de anécdotas que me habían ocurrido en el tren y cuando quise darme cuenta el local estaba comenzando a llenarse.

—¿Y todas estas sillas? —pregunté a Aurora al ver como las colocaban frente a una gran pantalla.

—Aquí ponen los capítulos en versión original —explicó dándole un sorbo a su bebida—, y la gente se reúne para verlos.

Sorprendido observé como poco a poco las sillas iban siendo ocupadas. Mientras trataba de imaginar un lugar así en Resburg City.

—¿Querrás verlo?

—¿El capítulo? —Ella asintió—. ¿A ti te apetece?

—No sé —contestó encogiéndose de hombros—, el capítulo puedo verlo en casa cuando quiera, en cambio a ti no te veo todos los días…

Me levanté del taburete, lo agarré y lo moví un poco a la derecha colocándolo junto al suyo, dejando la pantalla del proyector a mis espaldas.

—Solucionado.

***

Pese a la idea inicial de no mirar el capítulo, a falta de diez minutos para que terminase, ambos nos volvimos y disfrutamos del final acompañados de nuestra tercera cerveza. Tras unos minutos debatiendo sobre lo que pasaría con los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic, decidimos pedir al pincha-discos un par de canciones para animarnos.

—Otra cerveza, ¿verdad? —espetó levantándose del taburete.

Se dirigió a la barra sin darme tiempo a contestar, zigzagueando entre la gente y abriéndose paso. No pude quitarle el ojo de encima en ningún momento, un extraño magnetismo me atraía hacia su persona y no quise hacer nada por evitarlo. Apuré mi cerveza y esperé a su regreso deleitándome con su caminar.

—No te vas a creer lo que me ha dicho la camarera —musitó entregándome la cerveza y tomando asiento—: Tienes un novio muy guapo.

—¿Quién? ¿La morena con coleta? —dije sorprendido al tiempo que miraba hacia la barra—. ¿Y crees que tiene razón?

—Ya te he dicho muchas veces que esos ojos que tienes me vuelven loca —anunció—, tienen algo, que no sé…

—Pues si son como los tuyos —intervine al tiempo que notaba un calor por todo el cuerpo—, de un azul normal y corriente…

—¡Ja! —espetó acercándose a mí con una sonrisa picarona.

—¿Qué?

—Nada.

Ambos cogimos nuestra cerveza y bebimos sin quitarnos la vista de encima. Me pareció ver un ligero tono rosado en sus mejillas que no sabía si atribuirlo a las cervezas o al filtreo que acabábamos de vivir.

—Corramos un tupido velo —exclamó juguetona—. ¿A qué hora sale el último tren?

—En media hora… —lamenté tras mirar el reloj.

—¿Nos vamos ya, pues? —propuso ella a desgana.

—Si no hay más remedio —dije sacando el horario—, pero déjame mirar la hora exacta. Quizás sale alguno un poco más tarde y podamos estar un rato más aquí.

Revisé la hoja por delante y por detrás con la esperanza de encontrar un tren que saliera más tarde y se me hubiera pasado por alto, pero no fue el caso.

—Nada.

—Vaya… —espetó bajando la cabeza.

—¿Qué hacemos? —pregunté decepcionado.

—Si te apetece quedarte podemos estar un rato más aquí —dijo mirándome a los ojos—, y más tarde ir a las discotecas que hay aquí cerca. Así alargamos la noche y… —Hizo una pausa—. ¿Coges el primer tren que salga mañana?

Volví a perderme en el océano de sus ojos y sopesé la idea. Miré de nuevo el horario de trenes y busqué el primero que se pasaba por Resburg City.

—Uf… —exclamé—. A las siete y media. ¿Estás segura?

—Si tú lo estás, yo lo estoy.

—¿A qué hora cierran esto?

—En una hora más o menos —contestó tras mirar su reloj—, y las discotecas abren en veinte minutos.

—Perfecto —exclamé sonriente—. Tenemos una hora. ¿Qué te apetece tomar?

—¡Bien! —exclamó con un brillo en sus ojos que volvió a cautivarme—. ¿Te gustan los mojitos?

—Sí —contesté ofreciéndole mi mejor sonrisa.

Sin decir nada, se levantó y se acercó a la barra. No desaproveché la ocasión de volver a observarla, a diferencia de las otras veces, una vez en la barra se giró y no dejamos de mirarnos y sonreírnos mutuamente.

—Toma —dijo al tiempo que me entregaba el mojito.

—¿Esta vez no te ha dicho nada la camarera?

—No —espetó sin más—, de hecho, antes tampoco me ha dicho nada… —mintió—. Que eres un creído.

—Un poco sí —exclamé entre risas.

—Pero una cosa no quita la otra —intervino dejando el mojito en la mesa y acercando su taburete al mío—. Eres muy guapo.

Volví a notar como la cara me ardía y un cosquilleo en el estómago me apresó.

—Gracias —musité bajando la mirada tímidamente—, ya sabes que me da vergüenza que me digan piropos…

—Acércate que te voy a decir una cosa al oído —habló ignorando mis palabras.

Me acerqué a ella en el mismo momento en que ella se aproximaba a mí. Noté su respiración cuando sus labios se acercaron a mi oreja y se me erizó la piel.

—Guapito de cara, ¿has jugado alguna vez a pasar cubitos de hielo con la boca? —quiso saber mientras su mano me acariciaba la nuca y rozaba la punta de su nariz por mi oreja.

—No —contesté al tiempo que el corazón me latía cada vez más rápido—, pero quiero que me enseñes.

Aurora se separó de mí bajando la mano por mi brazo, cuando llegó a los dedos soltó una carcajada y cogió el mojito con mirada juguetona.

—Empiezo yo. —Bebió primero y con ayuda de la pajita sacó un pequeño hielo del interior y se lo llevó a la boca, sujetándolo con los dientes—. Acércate.

Obedecí sin dudarlo, nuestras miradas conectaron y el hormigueo en el estómago parecía que iba a acabar conmigo pero en el mismo instante en que nuestros labios se tocaron todo despareció. El cosquilleo, la música, la gente, el mundo; solo estábamos nosotros dos.

Ella había desplazado el hielo con la lengua, invitándome a que lo atrapara. Sus labios finos pero suaves se entreabrieron dejándome vía libre, por lo que armándome de valor alargué el brazo y lo coloqué en su cintura al tiempo que nuestras lenguas conectaron como segundos antes lo habían hecho nuestras miradas. El cubito pasó a mi boca y ella se separó lentamente.

—¿Me has besado? —espetó frunciendo el ceño—. Solo tenías que coger el hielo… —añadió con tono burlón acompañado de una sonrisa de oreja a oreja al ver mi cara de sorpresa—. Coge un cubito, ahora me toca a mí.

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