106# MV Edimburgh

(Continuación “Tristan da Cunha”)

Eva se despertó sobresaltada, el barco se zarandeaba violentamente y el silbar del viento y los gritos de los marineros se oían por todos lados. Se levantó de la litera y corrió hasta la escotilla más cercana. El cielo negro como la noche descargaba una tormenta sobre el MV Edimburgh al tiempo que el oleaje lo sacudía con fuerza. Unos golpes procedentes de la puerta del camarote le sobresaltaron.

—¡Señorita Norris! —gritaba un hombre desde el otro lado—. ¡Señorita Norris! Póngase el chaleco salvavidas y no salga de aquí.

Eva se acercó a la puerta y la abrió.

—¿Qué está pasando?

—No sé preocupe señorita. —Al otro lado de la puerta se encontró con un joven marinero cubierto de pecas—. Solo es una tormenta, pero de las fuertes —añadió arrugando la nariz.

Eva asintió, cerró la puerta y caminó hasta el armario. Cogió el chaleco, se lo colocó y se sentó en la cama. Hacía unos segundos estaba soñando con su nueva vida en Tristan da Cunha rodeada de jóvenes deseoso de aprender, igual que ella, y ahora se encontraba en medio del océano, bajo una tormenta y rodeada de olas gigantes. Cuando aceptó el puesto sabía que podían surgir contratiempos de camino a su nuevo hogar: los diferentes vuelos y la larga travesía en el barco no estaban exceptos de complicaciones, pero al parecer no estaba mentalmente preparada para ello.

El movimiento del barco comenzó a marearla y una sensación angustiosa comenzó a invadirla. Se llevó la mano a la frente, la notó fría y mientras respiraba se percató de como el vaho salía por su boca, aumentado esa sensación de malestar. Estaba sentada en la cama mientras observaba por la escotilla como los relámpagos iluminaban el camarote y los truenos se entremezclaban con los continuos gritos de los marineros. Notó como los pies y las manos se le iban congelando a medida que pasaban los minutos.

Trató de levantare y buscó en uno de los armarios una manta con la que taparse y volver a entrar en calor. Cuando dio con ella y caminaba torpemente de regreso a la litera una fuerte sacudida hizo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo golpeándose violentamente.

Cuándo abrió los ojos se topó con el rostro de un hombre repleto de canas. Éste la miró con alegría y le apuntó con una pequeña linterna en los ojos, moviéndola de un lado a otro y luego apuntando a cada ojo por separado.

—Señorita Morris, ¿se encuentra bien? —habló apagando la luz y echándose atrás—. Soy Nick Glass, el doctor de abordo. Durante la tormenta ha recibido un fuerte golpe en la cabeza. Uno de los marineros la encontró inconsciente.

Eva miró con desconfianza a su alrededor. El cuarto en el que se encontraba se parecía mucho a su camarote, pero este era bastante más pequeño. A duras penas cabía la camilla en la que ella estaba tumbada y la silla en la que se sentaba el doctor.

—Puede reincorporarse con cuidado. He tenido que ponerle un par de puntos —añadió señalándole la frente.

—¿Dónde está el capitán Green? —exclamó poniéndose de pie—. ¡Necesito hablar con él!

—El capitán está en su camarote, haciendo reposo. Igual que debería de hacer usted.

—¿Haciendo reposo? ¿Qué le ha pasado?

—Nada importante… Se golpeó un brazo y se lo he inmovilizado.

—Tengo que ir a verle. ¿Dónde está su camarote? —preguntó levantándose de la camilla.

El doctor la miró y levantó una ceja. Se acercó a la puerta y la abrió.

—Veo que no va a parar hasta hablar con él, ¿verdad? —Eva asintió—. Espérese aquí, le llamaré para que se presente en la enfermería.

Eva escuchó los pasos del doctor alejarse cuando este cerró la puerta al salir. Miró a su alrededor y se fijó en que había un espejo en una de las paredes. Se acercó y se miró extrañada en él. Tenía una venda cubriéndole gran parte de la cabeza, cuando se llevó la mano a la ceja derecha notó una punzada.

—Capitán Green acuda a enfermería, por favor. —La voz del doctor salía de unos pequeños altavoces que había junto a la puerta.

Eva se sobresaltó y dio un paso atrás, con un acto reflejo se llevó la mano al muslo y notó una ligera molestia. Se palpó por encima pero no sintió dolor; por lo que se acercó al espejo, se bajó un poco el pantalón para ver la zona afectada y descubrió un enorme hematoma.

«¡Qué horror!», exclamó para sus adentros al verlo. Se sentó en la silla y con cuidado se bajó el pantalón hasta las rodillas. Le cubría todo el muslo y era de un color morado oscuro. Pasó la yema de los dedos por encima y notó una ligera inflamación. Alzó la vista y observó un botiquín junto a la camilla. En su interior dio con una pomada que podía irle bien y comenzó a extendérsela por el moratón, al tiempo que masajeaba la zona.

La puerta del camarote se abrió de par en par y entró Brandon con el brazo en cabestrillo cogiendo a Eva por sorpresa. En un intento por taparse y subirse el pantalón golpeó la silla tirándola al suelo.

—¿No te han enseñado a llamar a la puerta antes de entrar? —vociferó roja como un tomate intentando subirse el pantalón.

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