107# Sinsentido

(Continuación de “Garabatos”)

Cuando abrieron la puerta se encontraron con un extenso túnel. Claire conocía muy bien las instalaciones superiores, pero esa zona, destinada a los operarios de mantenimiento, no le era familiar. Sus pasos resonaban por todo el pasillo, los vapores que emanaban de algunas de las tuberías cargaban y calentaban el ambiente. Gilbert seguía a su compañera tan rápido como podía, pero el tiempo que había estado prisionero le había debilitado considerablemente y cada vez perdía más terreno con ella.

—¡Espera! No puedo seguir tu ritmo…

Claire se detuvo nada más escuchar su voz y se volteó. Le esperó pero nada más llegar a su altura, reanudó la marcha, esta vez, caminando. Gilbert pudo recobrar el aliento y comenzó a prestar más atención al lugar en el que se encontraban. Las paredes tenían marcas de humedad, y unas luces cada pocos pasos, iluminaban el camino. Una luz parpadeante al final del túnel le llamó la atención, a medida que se aproximaron, Gilbert, se percató que bajo la luz había una compuerta de seguridad de grandes dimensiones.

—¿Dónde estamos, Claire?

La chica se giró y le miró a los ojos, su rostro serio le preocupó.

—¿No recuerdas nada? ¿Has olvidado lo que pasó?

—No sé cuánto tiempo he estado encerrado —dijo llevándose las manos a la cabeza—. Me han estado drogando día sí, día también… ¿Y desde cuándo llevo yo esta barba? ¡No lo recuerdo!

—Tranquilo, Gilbert. En cuánto salgamos de aquí responderé a todas estas preguntas. Te lo prometo.

Gilbert le cogió la mano, notó como le temblaba el pulso. Llegaron hasta el final del túnel y abrieron la pesada compuerta. Al abrirla el sol les cegó y una brisa marina les envolvió. Gilbert alzó la mano para resguardarse del sol y observó con asombro el lugar al que acababan de llegar.

Se encontraban en lo alto de un escarpado desfiladero, unas escaleras talladas en la misma roca serpenteaban hasta descender a una playa no muy lejana. Claire comenzó a bajar, pero Gilbert embriagado por una sensación de libertad se quedó quieto. Miraba el horizonte, al tiempo que sonreía e inhalaba aire extendiendo los brazos tanto como podía. Notaba el tacto de la piedra fría en sus pies descalzos y la corriente le agitaba el pelo.

Cuando abrió los ojos observó cómo Claire se había parado y le hacía gestos con los brazos. Con fuerzas renovadas comenzó a descender hasta reunirse con ella. Estaba sentada en una roca, resguardándose del viento.

—¿Quieres descansar un rato?

—¿No nos seguirá nadie?

—Sí, pero tardarán un par de horas en darse cuenta de que nos hemos escapado. Podemos descansar un rato si quieres.

Gilbert asintió y se sentó en uno de los escalones. Observó cómo Claire sacaba la libreta de uno de sus bolsillos y comenzaba a ojearla. A medida que sus ojos seguían los garabatos que él mismo había leído minutos antes su rostro se contrariaba más.

—Es normal que no entiendas nada. Solo yo conozco el patrón…

—Esto no tiene ningún patrón… Es un sinsentido.

Gilbert se levantó y se acercó a ella. Cuando se sentó a su lado le cogió la libreta y le señaló con el dedo.

—Esto… se repite una y otra vez. —Continuó señalando al tiempo que pasaba las hojas.

Claire miraba lo que le señalaba pero negaba con la cabeza. Sus ojos iban y venían de un lado a otro de la hoja.

—Sigue sin tener sentido. Tiene que haber algo más…

—Hay que conocer la clave: enigma—añadió entre risas—. Y además está escrito en mi idioma materno.

Claire le quitó la libreta de las manos y trató de utilizar la información que le acababa de dar.

—¿En alemán? ¿Tan fácil? —exclamó poniéndose en pie—. ¿¡Cómo no me he dado cuenta antes!?

Claire bajó corriendo las escaleras sin decir nada más. Gilbert sorprendido por aquella repentina reacción se levantó y la siguió, pero la perdió de vista cuando dobló un recodo que había más abajo.

—¡Claire, espera!

Gilbert continuó bajando sin escuchar ninguna respuesta de su compañera, torció el recodo y cuando divisó el final del camino sintió un golpe en la cabeza. Cayó al suelo y rodó escaleras abajo, golpeándose fuertemente. Notaba como la sangre le caía por el rostro, abrió los ojos y se encontró con Claire apuntándole con una pistola.

—Lo siento, Gilbert. Ya no nos eres de utilidad.

El sonido del disparo retumbó por todo el acantilado.

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