109# El guardían del bosque

Tilula se adentró en el bosque a primera hora de la mañana, cuando los rayos del sol penetraban a duras penas entre los gruesos árboles. El crujir de las hojas se escuchaba con cada paso que avanzaba mientras se internaba en lo más profundo del bosque. Los pocos pájaros que se habían despertado cesaban su canto en cuanto ella pasaba por debajo de sus nidos tarareando una canción.

Tras unos minutos recorriendo aquel tranquilo paraje llegó a un cruce de caminos. Se acercó con decisión y observó el pequeño poste que indicaba las diferentes rutas. Una flecha de color verde con la palabra “MUERTE” escrita en su interior, señalaba el camino de la derecha; otra, ésta de color negro, tenía escrito “VIDA” y señalaba hacia la izquierda.

Sin tener tiempo a sopesar cuál de los dos caminos elegir, un sonido entre la maleza captó su atención. Se colocó de puntillas para ver mejor y descubrió una extraña silueta que emergía de las sombras. Sorprendida, comenzó a retroceder sin dejar de mirar a aquello que parecía hacerse más grande a cada paso que daba.

—No tengas miedo —le escuchó decir con voz ronca.

La joven sorprendida paró en seco.

—¿Quién o qué eres?

—Soy el guardián del bosque —contestó al tiempo que se colocaba junto al poste—. Mi sino es informar de los peligros a todo aquel que pasa por aquí y ayudar a elegir el camino correcto de vuelta a casa.

Tilula observó perpleja a la bestia. Medía unos dos metros y estaba cubierta por lo que parecía ser musgo, sus movimientos eran lentos y torpes, y llevaba un saco en la mano. Intimidada por su gran envergadura dio un paso atrás.

—No tengas miedo —repitió—, que mi aspecto no te engañe.

—¿Qué clase de criatura eres?

—Soy un hijo del bosque —anunció alzando los brazos y mirando a su alrededor—. Pero he recibido muchos nombres. Gente como tú acostumbra a referirse a mí como: trol, ogro, monstruo…

Tilula desvió la mirada hacia el poste y observó las indicaciones.

—¿Informar sobre los peligros del bosque? —espetó cruzándose de brazos y añadió—. ¿Ayudar a elegir el camino de vuelta a casa? ¿Cómo voy a equivocarme con esas indicaciones tan claras?

—Dependiendo del camino que decidas tomar conservarás la vida o encontrarás la muerte.

—¿Así sin más? —cuestionó Tilula—. ¿Si voy por el camino de la vida qué me encontraré?

—Solo encontrarás muerte.

—Entonces debo de ir por el otro camino.

—Allí —dijo la criatura señalando hacia su derecha—, te toparás con una persona que ha perdido un objeto. Si le das esto te dejará pasar como muestra de agradecimiento —concluyó sacando un espejo del interior del saco.

Tilula miró con recelo el objeto: era ovalado, de manufactura barata y con un mango de madera. La bestia extendió el brazo, ella se acercó con pasos cortos y, sin quitarle la vista de encima, lo agarró.

La criatura retrocedió y desapareció entre la maleza de igual forma en la que había aparecido. Observó el objeto, lo volteó y no vio nada que le llamase la atención, por lo que desvió la mirada hacia las flechas y comenzó a andar por el camino de la derecha.

El cantar de los pájaros había cesado por completo y el silencio era absoluto, ni siquiera el sonido de sus pasos era audible. Una sensación extraña comenzó a invadirla, miraba recelosa a todos lados, abrazada al espejo, cuando de golpe divisó a una chica en mitad del camino.

—Hola, Tilula —saludó la joven en apariencia idéntica a ella—. Así que es cierto… Tú robaste el espejo.

—¡No! —exclamó ella alargando los brazos y acercándole el espejo—. El guardián del bosque me dijo que lo habías perdido, que tenía que dártelo.

—¿El guardián del bosque? ¡No mientas! —espetó—. No hay ningún guardián del bosque.

—Sí, me lo encontré en el cruce de caminos. Parecía un trol cubierto de musgo.

—¿Morujin? —dijo sorprendida tras lo cual rio sonoramente—.  Mi gran amigo Morujin…

Tilula retrocedió, miró el espejo. Descubrió un monstruo con rasgos similares a los suyos pero demacrado y con los ojos inyectados en sangre. Asustada ante aquella imagen dejó caer el espejo y éste se rompió en mil pedazos. Cuando levantó la vista, la joven, idéntica a ella hasta hacia unos segundos, se había transformado en el monstruo que había visto reflejado y se abalanzaba sobre ella.

(Debía aparecer un personaje que siempre mintiese y las palabras: espejo y bosque)

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