110# Oculta entre los matorrales

Salí de casa a primera hora de la mañana aprovechando que las calles todavía estaban tranquilas. Aquel era el momento ideal para conseguir algo de comida para mis hijas. Recordaba con nostalgia la época en la que vivíamos los cuatro juntos. Ahora, subsistíamos como podíamos las tres solas desde que su padre nos abandonó en una fría mañana de invierno. Pese a que nunca nos prestó mucha atención nunca lo creí capaz de dejarnos, pero un día, sin ni siquiera despedirse se marchó y nunca regresó.

Me quité esos recuerdos de la cabeza y me dirigí al parque. Cerca del estanque había un par de bancos con varías papeleras a ambos lados. Allí siempre encontraba restos de comida que la gente había tirado. Gracias a esa gente que desperdiciaba la comida, mis hijas y yo, podíamos sobrevivir a duras penas.

Nunca molestamos a nadie, siempre que alguna persona se nos acerca tratamos de ocultarnos y pasar desapercibidas. Pero cuando no podemos evitarlo, y nos ven, se alejan a toda prisa de nuestro alrededor con expresiones de asco y rostros compungidos, motivo por el cual siempre evito salir a por comida en horas concurridas.

Ocultas en nuestra casa y sin hacer daño a nadie, la sociedad que vive ahí fuera y que nos dan al mismo tiempo la vida y la muerte, nos desprecia. Nosotras no hemos hecho daño a nadie, pero eso no les supone ningún problema y se divierten provocándonos diversos agravios como envenenarnos la comida, persiguiéndonos o atacándonos.

Aquella mañana mientras rebuscaba por las papeleras el sonido de unas voces me sobresaltó. Un grupo de jóvenes borrachos se acercaba a mi posición, golpeando con la ayuda de unos palos: bancos, farolas, papeleras y todo lo que encontraban a su paso.

Mientras observaba, oculta entre los matorrales, acercarse a los jóvenes, otro sonido no muy lejano a mí me hizo apartar la vista de ellos. Un mendigo se había percatado también de la aproximación de los chavales y corría a ocultarse en uno de los arbustos que había a mi derecha. Movida por un acto reflejo salí de mi escondite y me planté en medio del camino interponiéndome en el avance de aquellos chavales con ganas de golpear cosas.

—¡Una rata! —gritó el que iba en cabeza—. ¡Matémosla!

Vi cómo todos se abalanzaron sobre mí, corrí tanto como pude. El sol comenzaba a despuntar y poco acostumbrada, como estaba, a tanta claridad, no pude ver por donde huía. Guiada por mi olfato llegué a lo que supuse sería un cuadro de luz, lo rodeé y me oculté detrás, entre las sombras.

Las voces se oían cada vez más cerca.

—Se ha escondido ahí detrás —informó alguien—. Que uno vaya por aquel lado… Y si sale, le das con todas tus fuerzas.

Yo escuchaba aterrada, confiando en que no me encontraran. Miré a ambos lados, el sol me cegaba, penetrando en mi escondite. Un fuerte golpe en la pared me asustó y salí corriendo hacia la luz.

—¡Ahí está!

—¡Dale! —gritó uno al verme salir.

Los golpes sonaban por todos lados, zigzagueé entre ellos evitándolos hasta que choqué con algo. Alcé la vista y descubrí la zapatilla de un joven pecoso cayendo sobre mí. Traté de morderla para evitar el golpe pero la dureza de la suela me lo impidió. Aprisionada bajo la zapatilla pensé en mis hijas. Cerré los ojos y respiré profundamente. ¿Quién cuidaría de ellas ahora?

—¿Estás listo? —quiso saber el chico que me pisaba—. Cuando me digas, la suelto.

En ese momento el tiempo transcurrió con lentitud, abrí los ojos y miré a alrededor, observé como otro de ellos alzaba un palo y miraba a mi captor.

—¡Ahora! —gritó en el mismo instante que bajaba con fuerza los brazos directo a mi dirección.

Dejé de notar la presión que hasta entonces había sentido, tomé aire y traté de huir a toda velocidad pero el impacto sobre mi cabeza me lo impidió. Las risas de los jóvenes fue lo último que escuché antes de recibir un nuevo golpe que me envió directa contra la pared.

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