122# El guardián de la mazmorra

—Por aquí debe haber un elevador —habló un hombre de voz grave.

—No se dice elevador —replicó el Ruiseñor—. Es un ascensor. Según el diccionario proviene del latín, y significa: el que asciende.

—Estás muy pesadito desde que te compraste ese librucho… — gruñó Leo acelerando el paso.

El Ruiseñor afásico, como le gustaba hacerse llamar, corrió, laúd en mano, en pos de su camarada. Trotaba alzando las rodillas por encima de la cintura y movía los brazos flácidamente provocando que su capa color turquesa se meciera de un lado a otro.

—¿Has pensado qué haremos cuando salgamos de aquí? —quiso saber situándose a su lado.

—¿Haremos? —contestó Leo volviéndose hacia él mientras dibujaba una mueca que provocó que el extravagante bigote oscilara—. Te equivocas si piensas que haremos algo juntos. ¿Sabes contar?

—Leo… —masculló al ver la cara de decepción de su amigo.

—Pues no cuentes conmigo. —Dio media vuelta y continuó caminando.

—¡Leo! —repitió el bardo dando un golpe seco y con rabia contenida en la base del laúd—. Con el buen equipo que formamos tú y yo: ¡el gran Leo y el Ruiseñor afásico, somos un dúo!

Una voz dando la alarma en la distancia les sobresaltó. Leo miró el túnel por el que habían venido y observó el resplandor de unas antorchas que se aproximaban.

—Olvídate —susurró—. Y ahora calla, vámonos.

Los dos hombres comenzaron alejarse de allí. Leo vestía una coraza hecha con cuero tachonado, cubierta de telas coloridas que le daban un aspecto poco intimidador si no fuera por los katares que, originariamente habían sido de color negro y ahora estaban cubiertos de sangre reseca.

—¡Allí! —exclamó Leo señalando con el dedo—. El elevador.

El bardo sonrió y aceleró el paso, cuando escuchó una voz detrás de él.

—¡Quietos! —gritó el que parecía ser el guardián de la mazmorra, un hombre calvo con un parche en el ojo.

Dos hombres de aspecto descuidado aparecieron por detrás de él y se abalanzaron sobre el dúo sin esperar órdenes.

El Ruiseñor esquivó el primer envite y contraatacó con un codazo. Con un movimiento, mil veces ejecutado, se colocó el laúd en la espalda y desenvainó su arma. Leo esperó a que su oponente se acercara lo suficiente, desvió la estocada y le dio un rodillazo en el estómago dejándole sin respiración.

—¡Listo! —exclamó volviéndose hacia su compañero.

El Ruiseñor tuvo que evitar una segunda acometida con una pirueta hacia el lateral.

—¡Liss… —seseó tras golpear con el mango en la cabeza de su adversario—­ too!

Ambos se aproximaron al calvo, quien los miraba con su único ojo, escudriñándoles de arriba abajo.

—No os mováis… —habló sacando una cimitarra dorada y blandiéndola en el aire.

El Ruiseñor y Leo se miraron. El bardo dio un paso al frente alzando las manos con las palmas en alto.

—Baja eso, no vayamos a tener un accidente —habló esbozando una sonrisa—. Míranos… Él —añadió señalando a Leo—, un guerrero archiconocido venido a menos que malvive con un bardo que mendiga monedas a cambio de canciones para poder llevarse algo a la boca. No somos mala gente… ¿Tú cómo te llamas?

—Eh… —balbuceó el hombre ante aquella inesperada pregunta—. Mauriz…

—Bien, Mauriz. Haremos una cosa: tú nos dejas escapar y yo compondré una canción que hable de tus hazañas como guardián de la mazmorra.

—¿Que os deje escapar?

—Sí. Nadie saldrá herido y todos contentos.

—Sois enemigo de mi rey. Ayudaros sería una traición —contestó al tiempo que se abalanzaba sobre él.

El Ruiseñor dio un mortal hacia atrás y bloqueó el ataque con su espada.

—¡Mauriz! ¿Pero, por qué?

—Estoy cumpliendo con mi deber —contestó separándose de su contrincante.

—No tienes ninguna posibilidad contra nosotros…

—¡Maldito seas! —El hombre atacó a las piernas, para ver de nuevo su ataque fallido.

—No te enfades, hombre —pidió el bardo comenzando a tararear una canción al tiempo que retrocedía unos pasos. Leo se tapó los oídos y reculó. El guardián de la mazmorra comenzó a cerrar los ojos con parpadeos lentos hasta caer dormido a sus pies—. ¡Listo!

Guardó la espada en la vaina y se volteó.

—Esta canción que me cantaba mi madre nunca falla.

—Es horrible… Me hace tener pesadillas toda la noche —explicó Leo moviendo la cabeza.

—Vayámonos antes de que estos recuperen el sentido…

Corrieron hasta el elevador y comenzaron a ascender por la cuerda.

 (Debía aparecer las palabras: diccionario, traición y ascensor)

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