130# Yerno y amigo

César consiguió llegar al puerto tras sobreponerse a la tormenta enviada por Júpiter. Navegó, con su mermado ejército, desde Asia hasta contemplar la ciudad de Alejandría. Había escuchado que su adversario se dirigía a la gran ciudad reclamando favores y ayudas.

Cuando atracó y descendió de su nave, Potino, el visir del reino, le recibió con una amigable bienvenida y le informó de que Ptolomeo le esperaba en el Palacio Real. De camino allí, reparó en que había una excesiva guarnición vigilando las calles, y entendió que su presencia y la de los soldados romanos no eran del agrado de la población cuando comenzaron a formarse alborotos a su paso.

El palacio se levantaba al lado de la ribera y los jardines florecían en torno a él. Era difícil comprender cómo un paraje tan vivo y verde crecía en un lugar tan árido como aquel. Potino le pidió entrar solo al palacio pero César se negó, y una escolta de sus siete mejores hombres le acompañó al interior.

La decoración no se alejaba mucho de la que él conocía: grandes columnas a lo largo de enormes estancias pintadas con murales y colores vivos. Ptolomeo le esperaba sentado en un trono, elevado sobre nueve escalones, y acompañado por dos esclavos que le aventaban. César caminó hasta allí mientras observaba ambos laterales de la sala. Hombres y mujeres desnudos disfrutaban de abundante comida y bebida mientras unos músicos tocaban para ellos.

César llegó a la escalinata del trono flanqueado por su escolta y saludó a Ptolomeo inclinando la cabeza. El faraón se levantó y descendió ocho de los escalones. Con un simple gesto, uno de los esclavos se acercó a César y le ofreció una copa de vino. Este rechazó la oferta y preguntó directamente por Pompeyo.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Ptolomeo y miró al visir, quien hizo llamar a un emisario. Del fondo de la sala surgió un hombre con una cesta en las manos, se aproximó al cónsul y con una reverencia se arrodilló ante él y la elevó. César miró al faraón, quien le indicó que la abriera.

En su interior se encontraba la cabeza de Pompeyo. Una gran cantidad de pensamientos envolvieron a César, con templanza alzó la vista y exigió explicaciones. La sonrisa del monarca se desvaneció ante el tono de voz con el que le habló. Potino dio un paso al frente y contó cómo Pompeyo había llegado a Alejandría pidiendo ayuda. Le ofrecieron asilo y durante una cena fue asesinado, mostrando lealtad a Roma y al ejército de César.

El cónsul romano escuchó todo el relato con solemnidad y al terminar preguntó por el emplazamiento del cuerpo. Al obtener la respuesta se volteó y se marchó de allí en silencio. Cuando salió del palacio real se reunió con el centurión, le ordenó encontrar el cadáver de Pompeyo y enviarlo a Roma para que pudiera tener un entierro digno como el buen romano que fue.

César se dirigió entonces a su estancia y se encerró en ella. Se acercó al pupitre y comenzó a redactar lo ocurrido desde su salida de Asia. Cuando llegó a la parte en la que el emisario le hizo entrega de la cesta, no pudo evitar derramar unas lágrimas por el fatal destino del cónsul romano, antiguo yerno y amigo, lamentándose al no haber podido ofrecerle su perdón.

Aquella misma noche, mientras bebía vino y contemplaba la ciudad desde uno de los balcones observó cómo reinaba la calma. Se percató de cómo una pequeña comitiva, liderada por un discreto carruaje, se aproximaba al palacio por un callejón y se paraba ante el pórtico que daba acceso al museo. Su curiosidad se vio interrumpida por la entrada en la estancia del centurión informándole del hallazgo del cuerpo de Pompeyo.

El soldado le narró cómo había sido hallado semienterrado bajo la arena y llevado a uno de los barcos el cual estaba preparado para zarpar, a la espera de sus órdenes. César dio su aprobación y despachó al soldado al tiempo que volvía al balcón. El carruaje había desaparecido y no había rastro de luces por los alrededores.

La puerta volvió a abrirse. Entraron dos fornidos hombres con una alfombra, la dejaron cuidadosamente en el suelo, hicieron una reverencia y se marcharon. Alertado, la contempló desde allí y notó un movimiento en el interior. La alfombra comenzó a desenroscarse y apareció la mujer más bella que había visto en su vida.

 (Debían aparecer las palabras arena y museo)

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