137# Sala Kuper

—Policía, ¿dígame? —Escuchó al otro lado del teléfono.

—Sí, hola… —comenzó diciendo—. Estoy aquí delante de la sala Kuper y voy… voy a cometer una masacre. Tengo dos Uzis… —explicó relamiéndose los labios al tiempo que miraba la discoteca desde la cabina telefónica—. Voy a matar a todos los que pueda y luego me pegaré un tiro en la sien…

—¿Perdone, con quién hablo? —Le pareció escuchar cuando dejó caer el teléfono y se colocaba una careta de payaso—. ¿Hola? ¿Sigue ahí?

Se llevó las manos a la cintura y notó las armas bajo la chaqueta. Cruzó la carretera y se ajustó bien los guantes. La entrada a la discoteca estaba abarrotada de gente pero se abrió paso entre la multitud plantándose delante del portero.

—¿Me recuerdas? —preguntó sonriéndole bajo la careta—. Nunca más te volverás a reír de mí, bastardo hijo de puta.

Con un movimiento desenfundó las armas y comenzó a dispararle a bocajarro. La gente que esperaba para entrar, y se encontraban a poca distancia del portero, comenzaron a gritar cuando vieron cómo se desplomaba en el suelo. El payaso se volteó y comenzó a dispararles mientras algunos trataban de huir de aquella masacre.

Sin pensárselo dos veces abrió la puerta de una patada y entró en el interior del edificio. La música sonaba a todo volumen y al parecer nadie se había percatado de lo que acababa de ocurrir ahí fuera. Pasó por delante del guardarropa, y sin mirar, disparó, matando al chico que estaba al cargo. Los disparos fueron amortiguados por la música y caminó tranquilo hasta entrar en la sala principal dónde las luces y flashes le cegaron.

—¡Hijos de puta! ¿Quién es ahora el perdedor, eh? —gritó disparando a diestro y siniestro por toda la sala.

Los cuerpos comenzaron a caer uno tras otro y los gritos se elevaron por encima de la música hasta que finalmente esta cesó por completo.

—¡Morir! —chilló al tiempo que disparaba a los que se habían arrojado al suelo.

Se volteó y observó cómo la gente huía hacia la salida de emergencia, les disparó y corrió hasta allí, rematando a aquellos que sollozaban hasta que se hizo el silencio. Trastornado se acercó a los baños. En la antesala había una chica que trató de no dejarle pasar, cerrándole la puerta en las narices.

—¡Puta! —bociferó destrozando la puerta a balazos hasta gastar todo el cargador—. ¡Muere! ¡Muere!

Se volteó y se agachó observando a ambos lados con desconfianza.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó con voz nerviosa mientras introducía un nuevo cargador en el arma—. ¿Hola?

Al no obtener respuesta se levantó y disparó a la puerta del lavabo de las chicas, el sonido de unos gritos le hizo sonreír. Se acercó y la abrió encontrándose con dos chicas tiradas en el suelo que trataron de retroceder nada más verlo.

—¡RATATATA! —gritó al tiempo que apretaba el gatillo.

Salió del baño y se dirigió a la puerta del servicio de minusválidos. En el interior había una pareja que suplicó clemencia nada más verle.

—Me has convencido —dijo mirando al chico—, pero ella no.

El disparo en la cabeza les salpicó de sangre a ambos.

—¡Levanta! —ordenó—. Ven aquí.

El chico obedeció y se aproximó al payaso con cautela.

—Coge el arma con esta mano — dijo al tiempo que le guiaba en el proceso colocándole el cañón en la sien—. Ahora aprieta el gatillo.

—No, por favor… —sollozó al ver su fin cerca.

—¡Hazlo!

Al ver su indecisión, no tuvo más remedio que apretar él mismo el gatillo, volándole la cabeza y salpicando todo el espejo de sangre. Se arrodilló junto al cadáver y le colocó la otra arma en la mano que tenía libre.

El sonido de las sirenas de policía en el exterior le indicó que era el momento de proseguir con su plan. Abrió la puerta del baño y caminó hasta la antesala, se acurrucó bajo el lavamanos y se quitó los guantes y la careta, ocultándoselos bajo la ropa.

Permaneció allí hasta que un grupo de policías entraron y lo encontraron.

—Por… por allí —sollozó señalando el baño de minusválidos—, he oído un disparo hace un rato… —explicó sin parar de temblar.

—Sacarlo de aquí —ordenó el policía—. Vosotros dos, cubrirme voy a entrar.

Lo sacaron de su escondite y se lo llevaron hasta el exterior de la discoteca, donde los servicios de sanidad le atendieron mientras lo alejaban del edificio.

—Tranquilo, ya estas a salvo —le informó la mujer esbozando una sonrisa al ver que temblaba—. Pronto estarás en casa.

—Mu… muchas gracias —contestó devolviéndole una sonrisa—. No se preocupen por mí, no estoy herido, atiendan a los que sí lo están.

La enfermera asintió con la cabeza y lo dejó allí.

—Imbéciles… —musitó mientras desaparecía impunemente.

(Relato sobre una venganza y que fuera dramático e histérico)

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