138# Ben-Abdúl

Nabil se acercó al arco metálico. Dejó el maletín y sus demás pertenencias en una bandeja sobre la cinta. El sudor en las manos, el ritmo cardíaco acelerado y un tic en el ojo izquierdo delataban su nerviosismo. Cruzó el arco y respiró aliviado al no escuchar ningún sonido, pero había algo sospechoso en su maletín. El guardia de seguridad lo inspeccionaba a través de la pantalla.

Con un gesto de la mano le hicieron acercarse a la cinta.

—Abra el maletín, por favor —le ordenó el guardia levantándose de la silla.

—Wie bitte?

—¡Abrir! —dijo alzando la voz y señalando—¡Maletín!

—Ah… Natürlich.

Nabil lo abrió y sobre unos pantalones de color beige encontró una botella de agua.

—No —exclamó el guarda al verla e intentando que le comprendiese a la primera.

Nabil captó el mensaje y la recogió, se acercó al contenedor que había junto al guardia y bebió un poco antes de lanzarla. Volvió al maletín, lo cerró y se marchó de allí.

—Último aviso a los pasajeros del vuelo 9525 con destino a Düsseldorf —anunció una voz femenina por megafonía.

Miró el reloj, todavía quedaban treinta minutos para el despegue pero tenía la necesidad de entrar en el avión y sentarse cuanto antes. Se dirigió hacia la puerta de embarque, sonrió al no ver a nadie en la cola y le entregó su billete a la azafata cuando llegó al mostrador.

—Herr Ben-Abdul —saludó ella al leer su nombre—. Willkommen in Germanwins. Gute Reise!

—Vielen Dank —contestó con una sonrisa.

Caminó deprisa por el pasadizo mirando hacia atrás de forma nerviosa y se secó el sudor cuando se acercó a la entrada del avión. Volvió a mostrar el billete y con una sonrisa se deslizó hasta el interior. Buscó su asiento y dejó el maletín en el compartimento de arriba. Faltaban todavía quince minutos para el despegue por lo que trató de tranquilizarse respirando profundamente, cerrando los ojos.

La luz del cinturón de seguridad se encendió con un pitido que le despertó. Nabil observó el avión y buscó el baño con la mirada. No lo encontró pero el único lugar donde no alcanzaba a ver era el final del pasillo, en la parte delantera, junto a la cabina.

El sol entraba por las ventanillas y el constante berrinche de una criatura comenzó a irritarle. Miró al padre del niño con una mueca en el rostro, intentando hacerle comprender su malestar. Al parecer no era el único, otras personas que intentaban dormir maldecían en voz baja con cada llanto.

El sonido de los motores arrancando hizo que el niño se callara, y muchos de los pasajeros que dormitaban abrieron los ojos para ver el despegue, otros charlaban entre si mientras el avión comenzaba a abrirse paso por la pista preparándose para despegar. Un malestar invadió a Nabil cuando el avión se elevó del suelo, no desapareció hasta que observando por la ventana se encontró rodeado de nubes.

Respiraba con normalidad en el mismo instante en que las azafatas comenzaron su rutina: conducir un carrito cargado de bebidas que ofrecían a los pasajeros mostrándoles un menú con comida precocinada a precios desorbitados.

—Möchten Sie etwas trinken? —preguntó mostrándole el tríptico con el menú.

—Nein, danke —contestó Nabil—. Wo is die Toilette?

—Dort, am Ende der Flur.

Nabil se levantó y caminó hasta donde le había señalado la azafata. Apartó la cortinilla y observó la puerta del lavabo. Entró y tan pronto como estuvo en el interior, puso el pestillo.

—Allah ist groß —se dijo mirándose al espejo y abriéndose la camisa.

Un rudimentario chaleco con 200 gramos de Semtex quedó al descubierto. Lo observó con detenimiento y del bolsillo de la americana sacó el disparador. Con precisión y sumo cuidado lo conectó al chaleco y volvió la vista a su reflejo en el espejo. Su mirada era decidida, y como dándose permiso, asintió con la cabeza. Cerró los ojos y comenzó a recitar el azalá en un perfecto árabe.

Unos golpes en la puerta le distrajeron por un segundo. Haciendo caso omiso a ellos continuó la plegaría pese a los constantes llamadas hasta finalizarla.

Al salir del baño se encontró con un hombre trajeado. Se fijó bien y comprendió que quien había estado esperando en el exterior durante la plegaria era el capitán.

—Es tut mir leid —se disculpó nada más verlo llevándose la mano al estómago para disimular.

El capitán entró en el lavabo sin decir nada y cerró la puerta. Nabil comenzó a caminar por el pasillo de vuelta a su asiento cuando se cruzó con una de las azafatas y la agarró del cuello.

—Die Ungläubige sie werden sterben! —gritó alzando el disparador.

El pánico invadió a los pasajeros y la azafata comenzó a temblar al oír la amenaza de Nabil. Retrocedió hasta llegar a la puerta de la cabina y con un gesto le indicó que la abriera.

—Ich kann ist nicht —contestó negando con la cabeza—, nur Piloten können öffnen…

Nabil hizo una mueca y se acercó al lavabo recordando haber visto allí al capitán. Golpeó en la puerta hasta que esta se abrió.

—Was is los? —exclamó sorprendido el piloto al ver a Nabil con el chaleco lleno de explosivos.

—Öffnet die Tür —ordenó apretando con fuerza el cuello de la azafata.

—Nicht schaden —pidió el capitán al ver la cara de sufrimiento de la mujer—. Zuerst lass frei das Mädchen.

Nabil negó con la cabeza y miró el pulsador en el mismo instante en que el avión cambiaba bruscamente de rumbo. Los tres cayeron al suelo y la azafata se liberó de su captor, alejándose de él nada más recuperar el equilibrio.

El capitán ignorando a Nabil se acercó a la cabina y tras intentar abrir la puerta comprendió que estaba activado el mecanismo de seguridad por lo que no podría.

—Andreas! —llamó el capitán golpeando la puerta—. Andreas! Öffnet die Tür, bitte!

El avión comenzó a descender a gran velocidad directo a las montañas, Nabil se levantó y observó por la ventana como su final estaba cerca. Decidió que nadie le arrebataría esas almas.

—¡Für Al-lāh! —gritó apretando el pulsador.

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