140# Todos hemos fracasado

Cuando miró a su alrededor se descubrió encerrado en un calabozo. Un lejano goteo era lo único que escuchaba y no podía recordar cómo había llegado hasta ahí.

—¿Hola? —preguntó Max acercándose a los barrotes y mirando el oscuro pasillo.—. ¿Hay alguien ahí?

Su voz resonó por el pasadizo ahogándose en la distancia y al no obtener respuesta, golpeó la puerta con furia. Interpretó que estaba en una cárcel al distinguir diferentes calabozos idénticos al suyo que se repartían a lo largo del pasillo.

—¡Socorro! ¡Qué alguien me ayude!

—Aquí no hay nadie excepto nosotros —intervino una voz.

—¿Cómo? ¿Quién eres? —espetó sorprendido. Se acercó al lateral por dónde procedía la voz—. ¡Déjate ver!

—Estoy encarcelado como tú —contestó el preso desde la celda contigua—. Y ya puedes gritar todo lo que quieras, no te harán caso.

—¡Abrid esta maldita puerta! —gritó Max golpeando de nuevo los barrotes, ignorándole.

—¿Puedes hacer el favor de parar? —pidió cortésmente—. Estaba tratando de dormir.

—¿Dormir? ¿Es que acaso no quieres salir de aquí? —dijo mientras volvía a golpear los barrotes.

—No hay manera de hacerlo. —Hizo una pausa—.Y si no paras de armar escándalo bajaran, sí; pero a darte una paliza.

—Puedo intentar escapar cuándo lo intenten.

—Muchos lo han intentado, pero todos hemos fracasado…

—¿Cómo sabes eso? ¿Quién eres?

—Me llamo León y llevo demasiado tiempo aquí cómo para no saberlo…

—¿Cuánto es demasiado tiempo? —habló tratando de forzar la puerta.

—No lo recuerdo. ¿Semanas? ¿Meses? No lo sé.

—Pues yo no pienso quedarme aquí encerrado —exclamó deseoso de escapar.

Se alejó de la puerta y retrocedió un par de pasos. Tomó aire, corrió hasta ella y la golpeó con todas sus fuerzas. Para su sorpresa la puerta cedió y ambos cayeron al suelo con un gran estruendo.

Un ligero dolor en el hombro le obligó a llevarse la mano a él, tras palpárselo y comprender que se lo había dislocado con el golpe, hincó la rodilla en el suelo y se colocó el hombro con un diestro movimiento, ahogando un grito de dolor.

Alzó la vista y miró a León. Era un hombre alto y estaba semidesnudo, su única prenda era un pantalón oscuro lleno de agujeros y suciedad. Lo primero que le llamó la atención fue su delgadez, se le marcaban las costillas y los huesos del cráneo que acompañados de una larga melena y una barba rebelde le desdibujaban el rostro confiriéndole un aspecto demacrado.

—¿A qué esperas? —quiso saber León—. Ábreme la puerta.

—¿Ahora no quieres dormir? —espetó burlón.

Max se acercó a la cerradura y trató de abrirla, pero sin las llaves le fue imposible.

—Sácame de aquí. Ya ni recuerdo como es el tacto del aire en la cara…

—No puedo… Golpea la puerta cómo he hecho yo —sugirió.

—Estoy demasiado débil para eso…

—Lo siento —se excusó Max alejándose de la celda y volviendo la vista hacia el pasillo—. Tengo que volver al distrito nueve y acabar con Qisi.

—¿Qisi? ¿Qisi, el plutoniano?

—El mismo —exclamó—. ¿Le conoces?

—¿Quién no conoce a Qisi? —comenzó diciendo—. Tienes que estar muy loco si vas a por un tipo cómo él…

—No estoy loco, solo busco venganza.

—Lo único que vas a encontrar es la muerte. Y de una manera horrible, te lo garantizo.

—¿Qué es tanto alboroto aquí abajo? —gritó una voz grave al comienzo del pasillo.

Max se volvió y al observar una luz acercarse trató de ocultarse en su celda. Un hombre barrigón se acercaba a ellos y examinó, desde la distancia, la puerta que había en el suelo.

—¡Tú! —exclamó el calabocero—. No intentes nada raro. ¡Eh, Corél! Necesito ayuda aquí abajo —añadió mirando el pasillo por el cual había venido.

Sin pensárselo dos veces, Max salió de su escondite y se abalanzó sobre el calabocero. Lo pilló mirando hacia atrás, reclamando la atención de su compañero. No pudo hacer nada cuando se volvió y se encontró con un placaje que lo derribó, empotrándolo contra los barrotes. Forcejearon unos segundos pero con la ayuda de León consiguió inmovilizarlo.

—No encuentro las llaves —maldijo tras registrarlo.

—Ve a mirar allí —señaló León desde el interior de la celda—. Yo lo sujeto hasta que vuelvas. Para esto sí que tengo fuerzas —finalizó guiñándole un ojo.

Se levantó y caminó por el pasillo de puntillas, tratando de no hacer ruido. Cuando llegó al final del pasadizo se encontró una mesa con un tablero de ajedrez sobre ella. A ambos lados de la mesa había dos sillas, y en una de ellas estaban colgadas las llaves.

Max se acercó a ellas y tras cogerlas corrió de vuelta a los calabozos. Abrió la celda de León e introdujeron al calabocero en el interior cerrando la puerta con llave.

—Muchas gracias —agradeció León estrechándole la mano—. No contaba con escapar de la prisión, así qué… Si sigues pensando en ir por Qisi, me apunto. Prefiero una muerte rápida a continuar aquí…

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