171# Culpabilidad

—¡Papi! ¡Papi! —Escucho una voz que me despierta.

Abro los ojos y veo a Marla parada junto a la puerta. Al verme abrir los ojos corre hasta la cama y se lanza sobre mí.

—¡Papi! Te has vuelto a dormir —anuncia ella poniendo cara seria.

Miro el despertador y al ver la hora me levanto de un salto de la cama.

—Cariño, papá se ha vuelto a dormir, sí —le digo dejándola en el suelo—. ¿Sabes lo que hay que hacer?

Marla asiente con la cabeza y sale corriendo de la habitación. Comienzo a vestirme con la ropa que hay en el suelo y camino hasta la cocina arrastrando los pies.

—¡Ya estoy lista! —exclama mi hija entrando justo por detrás de mí.

—Muy bien. —Abro la nevera y cojo el brik de leche—. ¿Tienes las llaves del coche?

Bebo un poco de leche mientras observo a Marla marcharse de la cocina. Meto el brik dentro del frigorífico, voy al lavabo y me aseo un poco.

Miro mi reflejo en el espejo, me paso la mano por la cara y acaricio una barba que comienza a picarme cada vez más. El repiqueo de las llaves hace que me gire. Marla me muestra las llaves con una amplia sonrisa y me tiende la mano.

—¡Corre!

Le cojo de la mano y nos marchamos de casa a toda prisa. Bajamos la escalera y trotamos hacia el coche.

—Ponte el cinturón, cariño —le hablo arrancando el motor.

Marla se sienta en la parte de atrás y veo a través del espejo retrovisor como se coloca el cinturón. Conduzco bostezando hasta la escuela y me detengo justo en la entrada.

—Papi te vendrá a recoger más tarde —le recuerdo dándole un beso en la frente.

Observo como entra en la escuela, vuelvo al coche y miro el reloj. Llego más de media hora tarde al trabajo: Marina me va a matar, es el tercer día que me duermo esta semana. Aprieto el acelerador y conduzco tan rápido como puedo hasta llegar al almacén.

Una vez allí, aparco el coche y corro hasta los vestuarios. Estoy comenzando a desvestirme cuando Teresa llama a la puerta y dice mi nombre.

—¿Eres tú? —pregunta ella asomando la cabeza—. Marina quiere hablar contigo.

—¿Ahora?

—Sí. También me ha dicho que no hace falta que te pongas el mono de trabajo. Que vayas directamente.

Vuelvo a abrocharme los botones de la camisa y cierro la taquilla. De camino al despacho intento adecentarme un poco cuando paso por la recepción y me miro en el espejo con disimulo.

Me acerco a la puerta del despacho y pico en la puerta. La voz de Marina suena con el mismo irritante tono de voz de cada día. Abro y me adentro en la sala.

—Siéntate, David. —Me indica con un gesto la silla que hay frente a su mesa—. No me andaré con rodeos. Has vuelto a llegar tarde.

—Lo siento, la muerte de mi mujer sigue pesándome todavía… — contesto mientras me siento.

—No. Se acabó —Pone un sobre en la mesa y lo arrastra hasta dejarlo a mi alcance—. Todos lamentamos tu situación, pero es lo que el protocolo dice hay qué hacer en casos como este.

—¿Me estás despidiendo? —exclamo cogiendo y abriendo el sobre.

Marina se levanta de su silla y camina hasta la ventana. Leo una breve misiva que me informa de mi despido por repetidas faltas de profesionalidad y ausencias injustificadas en el puesto de trabajo.

—Lo siento, David. —Marina se vuelve hacia mí—. Ha pasado más de un año, tiempo suficiente como para recuperarse y sobreponerse a las adversidades…

Miro el suelo y revivo el fatídico día del accidente. Si no hubiera bebido seguramente podría haber esquivado aquel enorme jabalí que se cruzó por la carretera. Me levanto y sin decir nada me marcho de allí.

Camino hasta los vestuarios y recojo mis pertenencias antes de marcharme sin despedirme de nadie. Bajo al aparcamiento y subo al coche. Observo el sobre, saco la carta y vuelvo a leerla.

—¡Joder! —me desahogo golpeando el volante y arrugando el sobre con todas mis fuerzas.

Respiro profundamente y arranco el motor. Salgo del almacén y conduzco sin rumbo por los alrededores hasta dar con un bar tranquilo.

—Un Jägermeister, por favor —le pido al camarero sentándome en la barra.

El hombre me mira de abajo arriba y me sirve la bebida.

—Serán dos euros y medio.

—Perfecto —contesto cogiendo el vaso y bebiéndomelo de un sorbo—. Ponme otro —concluyo dándole un billete de cinco.

Tres chupitos más tarde salgo tambaleándome del bar. Camino hasta llegar al coche y me doblo sobre mí mismo, vomitando con violencia.

Me dejo caer de rodillas, me limpio la saliva de la boca y trato de levantarme. Todo me da vueltas, veo el coche moverse de un lado a otro. El sonido de los coches pasando por la carretera penetra en mis oídos provocándome pinchazos en la cabeza.

Consigo subirme al coche, bajo un poco la ventanilla para que corra el aire y me pongo el cinturón. Intento recobrar un poco la compostura y respiro llenando los pulmones. Pasados unos minutos el mundo ha dejado de moverse a mi alrededor. Arranco el motor y circulo hasta casa mirando en todas direcciones.

Cuando llego a casa me dirijo directamente a la cocina, abro la nevera y cojo un par de botellas de cerveza. De camino al comedor miro la hora en el reloj que cuelga de la pared. Son las doce de la mañana y llevo un buen pedo encima. Me siento en el sofá y enciendo la tele.

El sonido de una botella cayendo al suelo me despierta. Ha oscurecido y en la tele están dando las noticias. Me llevo la mano a la muñeca y miro la hora.

—¡Mierda! ¡Mierda! —maldigo al tiempo que me levanto y me pongo las zapatos.

Salgo corriendo de casa y subo al coche. Conduzco hasta la escuela a toda velocidad. Somnoliento y con un ligero bamboleo de mi cabeza llego en diez minutos a mi destino.

No hay nadie ahí, las luces de la escuela están apagadas salvo la caseta del conserje. Me dirijo hasta allí y llamo al timbre. Segundos más tardes aparece una mujer de mediana edad con un libro bajo el brazo.

—¿Sí? ¿Qué desea?

—Hola —balbuceo—. Venía a recoger a mi hija, llego un poco tarde. Ya sabe… el trabajo —miento llevándome una mano a la nuca.

—¿Su hija es Marla Abrull?

Asiento con la cabeza y miro en el interior de la caseta. La encuentro sentada, dibujando algo en una hoja.

—Lamento decírselo, pero al ver que no venía hemos tenido que llamar a protección del menor —me informa—. Es posible que intenten contactar con usted.

—¡Marla! —la llamo ignorando a la mujer—. Ya estoy aquí. Recoge tus cosas que nos marchamos.

La niña guarda los lápices de color dentro del estuche. Y recoge la hoja que estaba coloreando.

—¡Mira, papi! —exclama saltando a mis brazos y enseñándome el dibujo.

—¿Somos nosotros?

—Sí, y mamá también —señala una esquina de la hoja—, entre las nubes, en el cielo.

Los sentimientos de culpabilidad vuelven a brotar dentro de mí, bajo al suelo a Marla y le sonrío.

—Muchas gracias por hacerse cargo de ella —le digo a la mujer—. Nos marchamos ya.  Marla, ¿no le das las gracias?

—¡Gracias por dejarme pintar en su casa, señorita Roca!

—De nada, preciosa —dice dándole un beso en la mejilla.

Una fina lluvia comienza a caer cuando salimos de la escuela por lo que corremos hasta el coche.

—Lo siento mucho, Marla —me disculpo cogiéndole la mano una vez estamos en el interior del vehículo.

—No importa, papi. Ya estoy acostumbrada a que te olvides de las cosas…

—¿Puedo hacer algo para compensarlo?

—¡Sí! —exclama con una sonrisa—. Quiero un helado de fresa.

—¿Un helado de fresa? —Marla asiente con la cabeza—. Pues iremos a por un helado de fresa.

Arranco el motor y nos alejamos de la escuela. Cada vez llueve con más intensidad y me veo obligado a conducir más despacio de lo habitual.

Marla tararea una melodía que no consigo reconocer, miro por el retrovisor y la veo dando golpecitos al dibujo al ritmo de la canción. Verla así de feliz me hace sentir fuerte, con energías para afrontar cualquier adversidad.

Cuando se da cuenta de que la estoy observando me sonríe y se acerca al asiento del conductor y me da un beso.

—¿Qué no llevas puesto el cinturón?

Marla se tira hacia atrás y se mira a sí misma.

—¿Qué te tengo dicho? —le regaño.

—El cinturón siempre abrochado… —dice mirando al suelo.

—Póntelo, ahora mismo —le ordeno cuando vuelvo a fijar la vista en la carretera.

Me parece ver una luz roja en el semáforo que acabo de pasar, miro a ambos lados y descubro como por mi izquierda se acerca una furgoneta que no puede hacer nada por evitarnos.

***

Abro los ojos y me encuentro tumbado en una camilla de hospital.

—¡Marla! —grito reincorporándome—. ¿¡Marla!? ¿Dónde estás?

Intento levantarme de la cama pero un fuerte dolor en el lateral izquierdo del abdomen me lo impide, me derrumbo y caigo al suelo. Alertados por los gritos y el ruido, aparecen dos enfermeros que me ayudan a ponerme en pie.

—Señor Abrull, trate de no moverse —me informan mientras me recuestan en la cama—, tiene que hacer reposo.

—No… —susurro—. Tengo que ver a mi hija. Quiero ver cómo está…

—Tendrá que esperar un poco más.

—Habéis tenido un accidente terrible —interviene el otro enfermero—. Vuestras vidas no corren peligro, pero ella ha sufrido la peor parte…

Miro al hombre que me está hablando.

—¿Qué le ha pasado a mi niña? —grito acercándome a él—. ¿¡Qué le ha pasado a mi niña!?

—Como ya he dicho, su vida no corre peligro, pero ha caído en coma.

—¿En coma? —susurro—. ¿Y cuándo despertará?

—No podemos saberlo, las constantes vitales están estables pero… —se aclara la garganta—. Creemos que es muy probable que no pueda volver a andar una vez se despierte.

(Un drama sobre un padre y una hija)

 

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6 thoughts on “171# Culpabilidad

  1. “—Cariño, papá, se ha vuelto a dormir, sí” —Cariño, papá se ha vuelto a dormir, sí. No se separa el sujeto del verbo con la coma.
    “¿Sabes lo que hay qué hacer?” Qué hay que hacer. Los acentos al revés.
    “Me acerco a la puerta del despacho y pico en la puerta.” Usa pronombres.
    ” —Pone uno sobre en la mesa…” Pone UN sobre.
    “es lo que el protocolo dice hay qué hacer” Hay QUE, sin acento.
    “Camino hasta los vestuarios y recojo mis pertenencias antes de marcharme COMA sin despedirme de nadie.”
    “Bajo al aparcamiento y me subo al coche.” Sobra el me.
    “El hombre me mira de abajo arriba y me sirve la bebida.” ¿Hay norma escrita sobre esto? A mí me sale decir: de arriba a abajo.
    “Salgo corriendo de casa y me subo al coche.” Vuelves a subirte tú mismo al coche…
    “las constantes vitales están en estables pero…” Están estables.
    Me apunto la palabra adecentar para mi léxico.
    Lo siento, pero no me ha gustado. La estructura me ha parecido muy descuidada, tanto por las faltas como por la sintaxis simplona, reiterando significados de la narración con el diálogo. Y es evidente que falta una revisión, una leída por lo menos.
    Argumentalmente has ido revotando de un tópico a otro. Difícil de creer y de empatizar. Lo del jabalí me ha parecido hilarante. El personaje de la niña me ha gustado pero no da tiempo a quererla.
    Supongo que has puesto todos los esfuerzos en dedicarme o provocarme. Abrull… es de ser tontos.
    He concluido que de todos los personajes de la historia tú eres el camarero.

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  2. Gracias por las observaciones, algunas las tendré en cuenta. Estoy contigo en que falta una revisión, no hubo tiempo, pero por otro lado me gusta: te he puesto en la obligación de corregirme. Lamento que no te haya gustado, como bien dices, la intención del relato era la de provocarte, así que tan mal no habrá ido. ;·)

    PD: No soy el camarero, soy el conductor de la furgoneta.

    Un abrazo.

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  3. podrías ser el médico también… :). Faltaba mi revisión del relato hombre, así David no te puede meter caña con eso.

    Es un relato ameno y fácil de leer pero muy básico para ti y para lo que nos tienes acostumbrados.

    Le gusta a 1 persona

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