172# La joya de la corona

He llegado al museo diez minutos antes de la hora indicada por lo que me acerco a la entrada para resguardarme de la lluvia mientras espero a que mi cita aparezca.

Llevamos días planeando este robo. Hoy se celebra una recepción en el Museo Arqueológico para celebrar la musealización de los últimos hallazgos de Arthur Bennett.

Un lujoso coche se detiene delante del museo. El conductor sale para abrir la puerta de su pasajera. Una mujer con un vestido amarillo de cola larga, el pelo suelto cayendo por su espalda y un escote despampanante sale del interior. Al reconocer a Rachel corro hasta allí y abriendo el paraguas la cobijo de la lluvia.

—Muchas gracias —le digo al conductor—, me haré cargo de la señorita.

—Hola, Ian —me saluda con un sensual beso en la mejilla.

—Estás espectacular —afirmo haciéndola girar sobre sí misma.

Nos dirigimos hacia la entrada, Rachel se coloca a mi lado y se coge de mi brazo. Al llegar a la puerta la persona encargada de las recepciones nos pide las invitaciones.

—Aquí tiene —Le entrego las dos entradas y miro a Rachel.

—Muchas gracias, señor y señora Malcom. Sean bienvenidos.

Tras despedirnos de él con una sonrisa, caminamos hacia el hall. Una pequeña orquestra ameniza la velada desde el fondo de la estancia, están tocando las “Cuatro estaciones” de Vivaldi, pero al parecer nadie les presta atención. Nos adentramos entre los demás invitados y un hombre, vestido con un pantalón negro, chaleco rojo y camisa blanca; se nos acerca. En la mano sujeta una bandeja con varias copas.

—¿Los señores querrán un poco de champagne? —ofrece el camarero.

Asentimos con la cabeza y copa en mano continuamos paseando por la sala observando a los presentes. En el centro hay una gran vitrina que contiene la joya de la corona: una diadema de oro con rubíes encastrados de origen azteca. Nos acercamos a ella y la contemplamos con solemnidad.

—Es preciosa, Ian.

—Se conserva a la perfección, solo consigo ver un pequeño rasguño en la parte inferior derecha —corroboro señalándole el arañazo.

—Sí. —Rachel se da la vuelta y me estira del brazo—. Ya la hemos visto. Ahora vayamos a buscar algo de comer. Tengo hambre.

Nos abrimos paso entre la multitud y nos dirigimos a una de las mesas donde están los tentempiés.

—¿Desean algo? —nos pregunta un camarero que hay tras la mesa—. ¿Un poco de caviar?

—¿Tenéis caviar? —exclama Rachel con una sonrisa—. Por supuesto. Sí, sí. ¿Vas a querer? —me dice.

—No, hoy no me apetece.

Nunca comprenderé como puede trabajar con el estómago lleno. Una vez recibe su canapé de caviar la acompaño mientras deambulamos por la sala inspeccionando la zona.

—Vale —comienza diciendo Rachel—, creo que la diadema que hay en la vitrina es falsa.

—¿Cómo? —exclamo boquiabierto—. ¿Estás segura?

—Tú mismo te has dado cuenta, solo tiene un rasguño, y si te fijas la policromía ahí es diferente.

—¿Y por qué iban a poner una falsa? Es el mayor atractivo de la colección…

—¿Por ese mismo motivo? Lamento decirte que no somos los únicos que queremos hacernos con esa diadema. Estoy convencida de que alguno de los presentes también tiene oscuras intenciones…

—Es posible —exclamo llevándome la copa a la boca mientras observo a mi alrededor—. ¿Crees que lo tendrán en alguna sala?

—Posiblemente… —Mira a ambos lados—. Yo vigilaré por aquí. Según el plano que vimos del museo, la sala de restauración está bajando aquellas escaleras de allí. —Me indica con un gesto de la cabeza—. Al final del pasillo, ¿recuerdas?

Asiento con una sonrisa, le doy un beso en la mejilla y camino hasta las escaleras con discreción. Al llegar a ellas me topo con una cuerda que me barra el paso. Me acerco y tras mirar el pasadizo por el que he venido, me agacho y paso por debajo de la cuerda, bajando las escaleras sin mirar atrás.

En aquella parte del museo se encuentran las salas destinadas a trabajos de restauración y conservación. Si la diadema que habíamos visto allí arriba es falsa, la auténtica debe estar guardada aquí abajo.

La música se escucha cada vez más lejana y mientras camino contemplo las diferentes reliquias y tesoros que hay en las pocas vitrinas que adornan el pasillo, deteniéndome de manera inconsciente a observarlas, antes de llegar al final.

Entro en la sala y enciendo la luz. Es una habitación con una larga mesa central llena de objetos perfectamente ordenados. Al fondo hay diversas cajas apiladas que se elevan desde el suelo.

Busco en el escritorio que hay junto a la entrada y trato de dar con la hoja del inventario. Rebusco en los papeles y tras darme por vencido, me acerco a la mesa central y contemplo todo lo que hay sobre ella. La única solución es revisar todas y cada una de las piezas de la sala, así que me quito la chaqueta y me pongo manos a la obra.

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3 thoughts on “172# La joya de la corona

  1. Hubiese puesto pequeña orquesta o cuarteto. Orquesta como tal me parece exagerado.
    “—¿Los señores querrán un poco de cava?” Debido al contexto Anglosajón de la historia (aunque no se especifica la localización del escenario, pero se intuye que es inglés o americano) dudo mucho que digan cava y no champagne/champán.
    “—exclamo llevándome la copa la boca mientras observo a mi alrededor—.” Llevándome la copa A la boca…
    Más que relato, preludio de un relato. Esperaremos la continuación.

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