189# Varón blanco de cuarenta años

(Continuación “Puesto ambulante”)

—Tenemos el testimonio de… —comienza a decir Hawking mirando unas anotaciones en su rudimentaria libreta—. Rita Kemper, la prostituta que fue atacada.

—¿Ella está bien?

—Sí, pero ha sufrido un ataque de ansiedad. Está en la enfermería.

—¿Qué sabemos del sospechoso?

Hawking vuelve a mirar su libreta y pasa un par de hojas hasta encontrar la que busca.

—Joe Metheny, varón blanco de cuarenta años. —Alza la vista y me mira—. Es el dueño del puesto de comida que hay en el parque Patterson.

—¿El mismo que fue denunciado por utilizar carne de origen desconocido?

—¿Casualidad? —pregunta al tiempo que asiente con la cabeza.

—¿Hemos enviado alguna patrulla?

—Sí —contesta al instante—. Dos a su domicilio y otra al parque por si aparece por allí.

—Perfecto. —Cojo mi chaqueta y le tiro las llaves del coche a Hawking—. Venga, no tenemos mucho tiempo. Hay que ir en su búsqueda cuanto antes.

Hawking sale detrás de mí y me sigue hacia el exterior. En la entrada se para un coche patrulla y me detengo al ver a alguien en los asientos traseros.

El cadete González sale del coche, se acerca a la puerta de atrás y espera a su compañero, el cabo Morris. Juntos sacan del interior del vehículo a un hombre con obesidad mórbida. Nos acercamos a ellos y es cuando reconozco al detenido.

—Joe Metheny queda arrestado por el intento de asesinato de Rita Kemper. Tiene derecho a guardar silencio…

—Sí, sí… —interviene él.

—Todo lo que diga puede y será utilizado en su contra en un tribunal de justicia —prosigo—. Tiene el derecho de hablar con un abogado.

—¡Qué sí! —exclama con una mueca de odio.

—Llevadlo a la sala tres. El sargento Hawking y yo iremos en seguida —ordeno a los agentes mientras observo como lo meten en comisaría—. Menudo gilipollas —exclamo irritado.

—¿Quieres hacer de poli malo esta vez? —pregunta con una sonrisa pícara.

—Quizás sí… —contesto volviendo al interior.

Escuchamos los gritos e injurias de Joe desde la calle. Al entrar observamos como son necesarias tres personas para poder reducirlo y meterlo en la sala. Nos dirigimos hacia allí y entramos en la sala de escucha.

—¿Ha dicho algo más? —pregunta Hawking.

—No, señor. Desde que lo hemos esposado y le hemos dejado solo en la sala no ha abierto la boca.

—Bien —susurra mirándole por el falso espejo.

Salgo de la sala de escucha, me dirijo a la habitación contigua y nada más abrir la puerta, Joe, comienza a reírse.

—Déjame adivinarlo… eres el poli malo —exclama entre risas—. La verdad es que tienes la típica pinta: cara alargada, facciones duras…

—¿Sabes de qué se te acusa? —le interrumpo, ignorando sus palabras.

—Algo me habéis dicho. No sé qué de una puta… Pero juro —dice tratando de llevarse las manos al corazón—, señor agente, que miente. Simplemente me gusta morderlas mientras me corro.

—La víctima ha denunciado un intento de asesinato —digo, sentándome frente a Joe en el mismo instante en que Hawking entra en la sala y se coloca junto a la puerta.

—Todas las putas de Baltimore saben que tengo esta deliciosa filia —explica relamiéndose los labios y mirando a mi compañero—, saben qué se encontrarán cuando aceptan mi dinero…

—¿La muerte? —interviene Hawking.

—No tenéis una mierda, necesitáis una confesión… —ríe.

—Tenemos el testimonio de la víctima —contesto—, y un pleito sobre tu puesto ambulante, con eso tenemos suficiente para encerrarte una temporada.

—Mi puesto ambu… —gruñe negando con la cabeza—. ¡Ya fuimos a juicio por ello y se retiraron los cargos!

—Podemos abrir el caso nuevamente —amenazo.

Joe estalla en una sonora carcajada.

—¡Ya está bien de tanta risita! —exclamo golpeando la mesa con las dos manos.

—Tranquilo —interviene Hawking echándome hacia atrás y poniéndose frente al acusado.

El hombretón deja de reírse, lanza un cabezazo que detiene al momento, en un intento de intimidación, y vuelve a reír.

—Tienes suerte. Hoy me ha tocado hacer de poli bueno… —Se gira y me mira—. No nos obligues a intercambiar roles, o te arrepentirás.

Hawking se da la vuelta, me aparta a un lado y abre la puerta.

—Quiero que lo encerréis en una celda aislada —ordena a un agente que custodia la entrada.

El hombre obedece al momento y observamos cómo se lo llevan de la sala de interrogatorio. Hawking permanece callado, les sigue por el pasillo y se detiene en medio de la oficina.

—Vayamos a su caravana —me propone—. Quiero estar presente cuando la registren.

Justo antes de marcharnos de la comisaria, el cadete González se acerca a nosotros y le hace entrega de una carpeta a mi compañero.

—Aquí tiene lo que me pidió, señor.

—Buen trabajo, cadete —felicita ojeando los documentos.

—¿Qué mierda es eso? —pregunto.

—El historial de Joe Metheny —informa reanudando la marcha hacia el aparcamiento—. Aquí está toda la información que tenemos de él.

Antes de subirse al coche me da la carpeta y se sube en el asiento del conductor. Una vez dentro del vehículo comienzo a mirar los diferentes documentos que contiene la carpeta. El tipo tiene un historial delictivo bastante extenso, no comprendo cómo ha podido estar tantos años en libertad.

—Menudo pieza esta hecho… —le digo a Hawking zarandeando la carpeta cuando bajamos del coche.

Hay un coche patrulla justo en la entrada y un agente hace guardia delante de una zona acordonada.

—Buenas noches —saludo—. ¿Quién se encarga de la investigación?

—El agente Dickinson lidera al equipo —contesta al tiempo que saluda llevándose la mano a la sien.

—¿Habéis encontrado algo? —interviene Hawking pasando por debajo de la cinta policial.

—Creo que no… —responde encogiéndose de hombros.

Nos acercamos a la caravana observando los alrededores. Otro agente hace guardia en la puerta y nos saluda al vernos llegar. Me adelanto a mi compañero y entro el primero.

—Agente Dickinson.

—Sargento —me saluda al verme.

—¿Qué tenemos por aquí?

—Hemos encontrado aquel bolso —contesta al tiempo que señala la mesa—. Perteneciente a Rita Kemper. Ella misma dijo que al huir no tuvo tiempo de cogerlo.

—¿Algo que podamos utilizar para que se pudra en la cárcel? —interviene Hawking entrando en la caravana.

—De momento, nada…

Hawking hace una mueca y comienza a caminar tratando de buscar algo. Se acerca a la cocina y se percata de una pequeña nevera portátil que está bajo la mesa. La abre y contempla su interior, está vacía.

—¿No crees que está demasiado limpia? —pregunto al verla—. Quiero decir, esto es un cuchitril…

—Eso parece —apunta, colocándole la tapa—. Dickinson, haz que la examinen a fondo.

—¡Ya lo habéis escuchado! Llevadla al coche —le ordena a uno de los oficiales que estaban inspeccionando el lugar.

El agente asiente, coge la nevera y sale al exterior.

—Miremos un poco más —propongo.

Diez minutos después salgo al exterior cansado de ver mugre por todas partes. Camino rodeando la caravana hasta llegar a la parte de atrás. Es una zona más o menos grande, las hierbas crecen silvestres por casi todos lados y al fondo, apoyada en una valla, hay una moto con el chasis totalmente oxidado.

—Aquí estás —oigo decir.

Hawking se acerca a mí y me hace señas para irnos.

—No tenemos nada… —digo abatido.

—Ya encontraremos algo. Siempre lo hacemos, ¿no?

Consigue hacerme sonreír. Somos un buen equipo, pero parece que esta vez con eso no es suficiente. Me apoyo en la caravana y soplo abatido. Estoy unos segundos con la mirada perdida en el suelo cuando inconscientemente salgo corriendo hasta la parte delantera de la caravana.

—¡La pala! —grito al verla junto a un motor de gasolina que hay bajo una de las ventanas.

Hawking se acerca y me mira.

—¿Qué pasa?

—Allí atrás hay mucho hierbajo, pero hay una zona que no tiene nada —explica cogiendo la pala y volviendo a la parte de atrás—. ¡Llama a Dickinson!

Hawking me sigue y contempla el lugar.

—¡Dickinson! —grito mientras comienzo a cavar—. ¡Dickinson, ven aquí!

Alertados por los gritos, tanto Dickinson como los demás agentes, vienen a la parte de atrás.

—Hay que cavar en esta zona —digo señalando la parte sin hierba—, estoy convencido de que encontraremos algo.

—No digas tonterías —interviene Hawking—, mira a tu alrededor. La tierra está seca por todas partes.

—¿Sí? ¿Y por qué está lleno de matojos? —pregunto mientras sigo cavando.

Hawking y Dickinson miran a su alrededor y guardan silencio. Sigo cavando durante un rato. El sudor me cae por la frente y tengo las manos entumecidas. Tan solo he conseguido quitar unos treinta centímetros de tierra, pero no he perdido la esperanza.

—¿Podéis traerme algo de beber? —pido sentándome en el suelo.

—Déjalo —me dice Hawking—, aquí no hay nada.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—¿Crees que sería tan estúpido de enterrar alguna prueba, aquí, en el jardín de su casa?

—Tiene obesidad mórbida… —exclamo recogiendo la pala y volviendo a cavar—. Y ya le has visto moverse, parece que vaya a explotar en cualquier momento.

—Eso no quiere decir que…

Hawking se interrumpe al ver como un saco de malla aparece en el agujero que estoy cavando. Al verlo yo también, dejo la pala a un lado y comienzo a apartar la tierra con las manos.

Consigo sacarlo y me acerco a mi compañero. Al abrirlo un putrefacto olor nos golpea violentamente.

—¡Hostia puta! —exclama Hawking al ver su contenido—. ¿Qué cojones es eso? ¿Una cabeza?

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4 thoughts on “189# Varón blanco de cuarenta años

  1. Otra cosa
    “—¿El mismo que fue denunciado por utilizar carne de origen desconocido?”
    Esta frase insinúa que vendió carne humana u otro tipo de carne y afirma que se hizo una denuncia. Entonces, ¿no es más que posible y muy probable que esa carne haya sido examinada y se sepa ya exactamente que era?

    Me gusta

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