191# Planeta XX

(Simultánea con “Lunas de Saturno“)

Entro en el absidiolo y me recuesto en la cama. Enciendo un cigarro y le doy una larga calada. Todavía tengo el ano sensible por mi último cliente. Miro la cortina que cubre la entrada y escucho los gemidos de mis compañeras. Se están retrasando, eso le dará un respiro a mi ojete.

Tengo tiempo de encenderme otro cigarro antes de que alguien corra la cortina. Un hombre que aparenta tener mi edad entra con la cabeza gacha. Algo en su cara me llama la atención y me reincorporo al instante.

—Buenas noches.

—Buenísimas, querido —miento a la vez que gateo hasta acercarme al borde de la cama—. Déjame ver esa cara —pido curiosa.

El hombre da un par de pasos, colocándose bajo uno de los pocos focos que iluminan la zona. Y entonces lo reconozco. Es uno de los bastardos e hijos de puta que mataron a mis padres, para traerme a este maldito planeta y venderme al primer lupanar que pagara una módica cantidad de dinero por poseerme.

Algo en sus ojos hace que me contenga. Reprimo mi repentino ataque de ira retirándome hacia el cabezal de la cama mientras apago el cigarrillo con furia.

—Puedes ir quitándote la ropa —le digo mientras urdo la forma más lenta y dolorosa de acabar con su sucia vida.

Observo cómo se desviste. Tiene un cuerpo bonito y los músculos se le marcan en una espalda muy bien trabajada. Recuerdo el momento en que me violó. Acababa de cumplir la mayoría de edad cuando los piratas espaciales llegaron a mi aldea y abusaron de todas las chicas, para matar después a aquellas que eran demasiado viejas para tener valor en el lascivo planeta XX.

—¿Esas cicatrices que tienes? ¿Tu trabajo de jardinero te da problemas? —Sonrío sacando un pañuelo negro de debajo de la almohada.

—Tengo un trabajo más excitante que ese.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál es? ¿Domador de circo?

El hombre se gira y me mira. Vuelvo a acercarme al borde de la cama y lo acaricio con el pañuelo lentamente.

No se acuerda de mí. Habré sido una de muchas. Me relamo al sentir próxima mi venganza. Desde el día en que llegué aquí me he visto obligada a retozar con todo aquello que traspasara esa maldita cortina, pero hoy todo terminará.

—Soy transportista de mercancía viva, por así decirlo. Viajo entre campos de asteroides y estrellitas a la velocidad de la luz.

—¿Mercancía? —Hace siete años pensaba que nunca más en la vida podría volver a sentir felicidad. Este cabronazo no sabe lo que le espera—. ¿Has estado alguna vez en las lunas de Saturno?

—En mi primer trabajo. Más concretamente en un minúsculo pueblucho de mala muerte de Febe.

Un relámpago me recorre todo el cuerpo al escuchar el nombre de mi antiguo hogar. No puedo contenerme más y me abalanzo sobre él dispuesta a morir matando.

 (El protagonista debía haber sido secuestrado en la adolescencia y llevado a otro planeta; también debía incluirse la palabra: estrellita)

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