192# Pastilla roja

—¿Qué color eliges? —me pregunta el científico, ofreciéndome un cuenco con cuatro pastillas de diferente color en su interior.

—¿Qué efecto tiene cada una? —quiero saber antes de tomar una decisión.

—Ni yo mismo lo sé —contesta—, solo hay una forma de averiguarlo.

—¿Alguna me puede causar la muerte?

El químico entrecierra un poco los ojos y desvía la mirada hacia las pastillas.

—Confío en que no —se limita a decir alzando de nuevo la vista.

Trago saliva y me acerco a él. Miro el interior del cuenco y cojo la pastilla roja. Antes de poder cambiar de opinión, el científico se aparta dando un par de pasos hacia atrás, alejándose de mí.

—¿No puedo cambiar?

—Has elegido —dice al tiempo que niega con la cabeza—. Ahora trágatela.

Cojo aire y observo la pastilla. Al agitarla noto un líquido en el interior y trato de mirarla a contraluz, pero no distingo nada. Me vuelvo y miro al químico.

—¿Cómo sabremos si ha funcionado?

—Tampoco lo sé.

Carraspeo y me la llevo a la boca.

—¿El efecto es permanente? —pregunto antes de tragármela.

—Debería —dice tajante—. Su composición se fusionará con tu ADN y los efectos, para bien o para mal, serán irreversibles.

—Bien… —maldigo por lo bajo mirándome las manos—. No noto nada raro. ¿Tienes que hacerme algún chequeo o algo similar?

—No. Mi labor contigo ha terminado.

—¿Qué hay de las otras pastillas?

—Serán destruidas.

—¿Destruidas? ¿Por qué? —exclamo acercándome a él.

El científico aparta el cuenco, retrocede unos pasos y camina hacia el horno que hay a su espalda.

—Porque así ha de ser…

—¡No! —grito al tiempo que miro el horno.

Sin saber cómo, me encuentro justo delante de la puerta del horno, barrándole el paso al químico.

—¿Cómo has hecho eso? —pregunta agarrando las pastillas del cuenco, apretándolas con el puño.

Miro hacia los lados, veo la puerta en la otra punta de la habitación y pienso en estar allí. Cuando pestañeo me encuentro junto a la puerta y el científico se gira a mirarme.

—¿Teletransporte? —le escucho susurrar.

Veo como aprieta con fuerza las pastillas y trato de impedírselo. Sin que pueda tener tiempo a reaccionar estoy sujetándole la mano e intento abrirle el puño.

—¿Qué estás haciendo? —dice mientras forcejeamos—. Hay que destruirlas…

—No…

Me golpea con la cabeza y me derriba al suelo. Al abrir el puño veo como dos de las pastillas están chafadas y el líquido que había en su interior se derrama por su palma.

Al percatarme de ello me teletransporto a su lado y le cojo la pastilla amarilla que aún permanece intacta. Él me agarra la mano y me mira directamente a los ojos.

—¡Suéltala! —me ordena.

—¡Nunca! —exclamo mientras pienso en un lugar alejado.

Pestañeo y me encuentro en el despacho de mi apartamento. Una sonrisa se dibuja en mi rostro, pero se borra cuando me percato de que el científico también está conmigo y sigue agarrado a mi mano.

—¿Cómo has logrado…? —maldigo en voz baja.

Sin tiempo a reaccionar, el químico me clava en la garganta un abrecartas que tengo en el escritorio. La sangre comienza a fluir por la herida y caigo de rodillas al suelo.

Antes de expirar mi último aliento veo como abre mi mano y me quita la pastilla, tirándola a sus pies. Un líquido amarillento comienza a derramarse por la moqueta del despacho cuando la chafa con un pisotón.

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4 thoughts on “192# Pastilla roja

  1. Curioso y entretenido, pero un poco sacado de la chistera. ¿Quién se iba a someter a tal tipo de prueba con esas garantías? ¿Qué científico tiene tan poco conocimiento en su propio estudio? ¿Era necesaria la muerte del final?

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  2. Las muertes son necesarias, y más si me sirven como cierre para el relato… Además, los últimos relatos que he subido al blog carecían de muertes y ya comenzaba a tener mono.

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