218# Sin previo aviso

Las bombas explotan a su alrededor, pero él sigue corriendo por las trincheras tratando de salvar la vida de cuantos pueda.

—Juro por Apolo médico, por Asclepio, Higía y Panacea —recita nervioso—, por todos los dioses y todas las diosas, tomándolos como testigos, cumplir fielmente, según mi leal saber y entender, este juramento y compromiso.

No escucha su propia voz. Una de las muchas granadas que han acabado con la vida de sus camaradas ha destrozado sus tímpanos. Pero eso no le incapacita para cumplir con su deber en el frente.

—Venerar como a mi padre a quien me enseñó este arte —prosigue mientras zigzaguea entre los soldados que esperan agazapados—, compartir con él mis bienes y asistirle en sus necesidades…

Un soldado cubierto de sangre se interpone en su camino, deteniéndole. Comienza a hablarle, pero él no puede comprenderle.

—¿Cómo? —pregunta señalándose los oídos y negando con la cabeza—. No oigo…

El hombre le coge del brazo y le señala el brazalete con la cruz roja.

—Sí. Soy médico —grita—. ¿Necesitas ayuda?

El soldado asiente con la cabeza, y cogiéndole de la manga, le conduce hasta uno de los huecos que hay a unos metros de donde se encuentran. Allí, varios hombres yacen en el suelo. Uno de ellos, aún vivo, tiene el rostro pálido, le falta una pierna y tiene heridas de metralla en el abdomen. El médico se acerca e inspecciona al soldado herido.

—¿¡Cuánto rato lleva así!? —pregunta, abriendo el maletín que lleva con él.

Mientras rebusca en su interior recuerda que no puede escuchar, por lo que levanta la vista.

—No puedo oírte —repite elevando la voz—. ¿Hace mucho que está así?

El soldado que le ha traído hasta allí niega con la cabeza y alza la mano mostrando cinco dedos.

—¿¡Cinco minutos!?

Cuando el hombre asiente, el médico vuelve a fijar la mirada en el moribundo y saca unas gasas y dos pares de guantes del maletín.

—Hay que detener la hemorragia —grita, señalando la pierna. Se coloca los guantes y le da el otro par al soldado—. Esto evitará que se infecte —explica mientras vierte ácido carbólico sobre las gasas—. Por mucho que se queje, aprieta hasta que yo te diga —concluye entregándole las gasas.

Los temblores de tierra a su alrededor le hacen levantar la vista. Observa como varios soldados corren alejándose de ahí, pero él sabe cuál es su prioridad.

—¡Lo peor ya ha pasado! —le informa—. ¡Pero esto te va a doler!

El médico le hace una señal al soldado y este le coloca las gasas en la pierna. Una mueca de dolor se dibuja en el rostro del moribundo, pero el médico se limita a sujetarlo con firmeza. Sin previo aviso, el soldado que le está ayudando se levanta, retrocede unos pasos y se aleja corriendo.

El médico, ajeno a que un bombardero está haciendo un barrido por encima de su cabeza, maldice por lo bajo y sigue sanando al soldado caído.

(Relato bélico con un médico sordo como protagonista)

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