222# Leyendas

Siempre había creído que los ritos de iniciación eran una farsa para hacer creer a los niños que el paso al mundo de los adultos requería de un valor y una determinación que había que demostrar. Pero esa idea cambió cuando me tocó enfrentarme a ello en persona.

Estaba en un bosque que conocía como la palma de mi mano. Teníamos prohibido permanecer en su interior cuando el sol se ocultaba tras las montañas, pero tenía que permanecer allí hasta el amanecer para completar el ritual.

Primero contemplé risueño como se alejaban las antorchas de los sacerdotes, dejándome en mitad de la nada. Luego, las nubes comenzaron a tapar una luna que llevaba días menguando y el efecto del brebaje que me habían obligado a ingerir comenzó a afectarme a la visión. La oscuridad cayó sobre mí, como si de un jarro de agua helada se tratara y, en ese preciso instante, mi ritual de iniciación dejó de parecerme divertido.

Sabía que durante todo el proceso perdería la capacidad visual. Mi padre me había contado infinidad de veces cómo tuvo que matar a un lobo sin ni siquiera poder verlo, el día que pasó a formar parte del mundo de los adultos. Pero hasta que no me encontré rodeado de la más absoluta oscuridad y comencé a escuchar al bosque como nunca lo había oído, no fui consciente del terror que me suponía todo aquello.

Palpé el aire con los brazos y caminé con pasos lentos e inseguros. Mi sentido del oído se había agudizado con el brebaje y era capaz de escuchar el crujir de la hierba bajo mis pies descalzos. Me senté en el suelo y comencé a meditar tal y como me habían dicho que hiciera.

El ulular de un lejano búho me sobresaltó cuando estaba en estado de trance. No sabía cuánto rato llevaba así, en medio de la oscuridad, pero me pareció una eternidad. Un crujido a mi espalda me puso tenso e hizo que se me erizara el vello. Algo se había movido cerca de mí. Alargué una mano y el corazón se me paró al tocar lo que parecía ser la corteza de un árbol.

Conocía leyendas que se transmitían de generación en generación sobre los árboles andantes que atacaban a los iniciados, llevándoselos consigo a lo más profundo del bosque.

Permanecí inmóvil, confiado en que aquella cosa, fuera lo que fuera, pasara de largo. Noté un nudo en el estómago cuando me elevaron del suelo como si fuera una pluma. Estando prisionero, palpé con las manos y noté el frío tacto de unas ramas que me rodeaban y me apretaban cada vez más. Intenté gritar, pero el árbol andante me zarandeó y golpeó con todas sus fuerzas. Me aterró no poder ver lo que ocurría a mi alrededor, traté de tomar aire, pero el monstruo me lanzó contra el suelo y escuché como todos y cada uno de mis huesos se hacían añicos y mi sangre inundaba mis pulmones lentamente.

(Relato de terror en un bosque en el que aparece un búho)

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