225# El coleccionista

David contempló el edificio desde el interior de la furgoneta. La nave de unos 200m² estaba cercada por unas verjas conectadas a una red eléctrica y fuertemente vigilada por unas cámaras de vigilancia que controlaban todos y cada uno de los accesos.

—Creo que subestimamos la seguridad —habló, volviéndose hacia Marco.

Su compañero se ajustó el auricular en la oreja y negó con la cabeza.

—Siempre has sido un hombre de poca fe —contestó sentándose frente al portátil—. En cuanto Raúl me conecte a su red podremos hackear esas putas cámaras, no temas.

—No temo por eso —reprochó David—. Creo que las vallas están electrificadas…

Un sonido procedente del portátil captó la atención de ambos.

—¡Perfecto! —exclamó Marco—. Estoy dentro.

Marco atravesó los cortafuegos y navegó por el sistema de seguridad hasta dar con lo que buscaba.

—Estas en lo cierto, colega. Como toquemos esas verjas nos churruscaremos…

David maldijo por lo bajo en el mismo instante en la voz de Raúl se escuchó por el auricular.

—¿Qué dices? —dijo, tapándose el oído libre para escuchar mejor.

—He visto dos guardias rondando por el perímetro interno de la nave —dijo—. Y creo que las vallas están electrificadas.

—Vuelve a la furgoneta, voy a tardar un rato en dejaros vía libre —intervino Marco soltando un bufido.

David repasó mentalmente el plan: el ascenso al tejado debía de ser la parte más sencilla, el talón de Aquiles de la misión recaía en el descenso a través de la claraboya y la apertura de la caja fuerte. Raúl llego en el mismo momento en que salía de la furgoneta y caminaron juntos hasta la parte trasera.

—Va a ser una noche movidita, ¿eh? —dijo entre risas, dándole un golpe en el hombro a su compañero.

—¿Qué hay de los guardias? ¿Has podido establecer un patrón?

—Sí —contestó al tiempo que subía a la furgoneta—. Uno de ellos tiene una condición física deplorable.

 David frunció el ceño y observó como Raúl se comenzaba a poner el equipo de ascenso.

—¿Y el otro?

—Creo que habrá que noquearlo.

—¿Cómo? ¿Con qué? —exclamó subiendo también a la furgoneta.

—Bajad la voz —intervino Marco—. He conseguido entrar en su frecuencia de radio. Oigo todo lo que dicen.

Raúl y David se volvieron hacia el ordenador y observaron la pantalla, dividida en varias ventanas.

—Estas dos cámaras de aquí son las del lado norte —informó Marco—. Entraremos por aquí.

—¿Quién vigila esa zona? —David se volvió hacia Raúl.

—El gordo. Pan comido —sonrió.

David comenzó a colocarse el equipo y se aseguró de tener todo lo que necesitaría más tarde. Raúl observó a través de las cámaras de seguridad y sincronizó su reloj con el de Marco.

—¿Todo listo? —Miraron a David.

—Listo.

—Me oís por el auricular, ¿verdad? —dijo Marco acercándose el micrófono a la boca.

Ambos asintieron y salieron de la furgoneta. Cada uno de ellos cargaba con una mochila de grandes dimensiones y un arpón de pesca submarina. Caminaron hasta la cara norte de la nave y se ocultaron en las sombras.

—Vale. —La voz por el auricular se escuchaba clara y nítida—. El guardia se acercará a vuestra posición en breve.

Raúl sujetó el arpón con firmeza, sacó un poco la cabeza y lo divisó. Se acercaba con pasos lentos y torpes.

—En cuanto dé media vuelta desconectaré la electricidad y pincharé la cámara que tenéis a vuestra izquierda. Solo dispondréis de treinta segundos para cruzar al otro lado y subir —informó Marco.

El guardia caminó hasta colocarse a cuatro metros de ellos y escudriñó las sombras. David sintió un nudo en el estómago al sentir su mirada. Pese a vestir unos trajes que les camuflaban con la maleza, contuvo la respiración hasta que el hombre dio media vuelta y regresó por donde había venido.

—¡Ahora! —habló Marco—. Recordad: treinta segundos.

Raúl dio un paso al frente, clavó la rodilla en el suelo y apuntó. El arpón no emitió ningún sonido al disparar. El gancho se elevó y quedó fijado en el borde del tejado.

—Vamos —susurró Raúl.

Su compañero se levantó e hizo lo mismo. En cuanto comprobó que su gancho estaba bien sujeto comenzó a trepar por la verja.

—Veinticinco segundos, rápido… —anunció Marco, quien lo observaba todo a través de las cámaras.

Raúl había llegado al perímetro interior y comenzaba a escalar la pared cuando David saltó desde lo alto de la verja.

—Veinte.

David miró hacia arriba, Raúl ya había alcanzado la parte más alta y miraba su reloj. Había ascendido en tiempo récord.

—Dale, coño… —maldijo su compañero mirando hacia abajo.

Observó a Raúl quitar el gancho y recoger la cuerda mientras comenzaba a subir.

—Diez segundos. —La voz de Marco puso nervioso a David haciéndole trastabillar, pero continuó subiendo tan rápido como pudo—. Cinco…

—Cállate, cállate —intervino.

Raúl tiró de la cuerda por la que subía su compañero en el mismo instante en que el guardia doblaba la esquina.

—Por los pelos —balbuceó dejándose caer en el suelo del tejado.

Raúl le dio una colleja y sonrió.

—Espero que estés más hábil en el descenso.

—Lo intentaré, lo intentaré.

David se quitó la mochila, del interior sacó unos cables que se ató al arnés mientras Raúl se acercó a la claraboya que quedaba más centrada y con ayuda de un cortavidrio hizo un agujero por la que acceder al interior.

—Entrada realizada —confirmó extrayendo el cristal con sumo cuidado.

David se acercó a la claraboya y dejó la mochila junto a Raúl. Se colocó unas gafas que tenía en uno de los bolsillos y se agachó frente al agujero.

—Marco, ¿puedes ver algo?

—Negativo. Algo está impidiendo la transmisión —contestó. La señal que retransmitían las gafas parecía no llegar al portátil ubicado en la furgoneta—. Tendrás que bajar sin mi ayuda hasta que consiga solucionarlo…

—No te preocupes —intervino Raúl, al tiempo que terminaba de montar el trípode—. Ya tienes la polea lista.

David tragó saliva y ajustó los cables. Se acercó a la claraboya y con ayuda de su compañero se introdujo por el agujero.

—Perfecto. Estás dentro, sujétate.

Se agarró al borde y miró hacia abajo.

—¡Tengo visión! —exclamó Marco—. Lo he arreglado.

—¿Sí? ¿Qué ves?

—Espera. La señal infrarroja está detectando algo. —Marco observó con atención las imágenes que le llegaban a través de las gafas.

—¿Qué pasa?

—Vale, baja lentamente —sugirió Marco—. El perímetro alrededor de la caja fuerte tiene un sensor de presión. Tendrás que abrirla sin tocar el suelo.

David arqueó una ceja y le hizo una señal a Raúl. El trípode comenzó a soltar cable poco a poco.

—Diez metros. —La voz de Marco le indicaba la distancia que le quedaba—. Nueve, ocho, siete…

Raúl observaba a su compañero bajando con suavidad.

—Cuatro metros —dijo Marco—. Te estás desviando, trata de enderezar la caída. Tres.

David se balanceo hacia el lateral y a punto estuvo de golpearse con la propia caja fuerte.

—Vale —habló—. Tengo el panel justo delante.

—Dos, ocho, cero…

—Lo sé, lo sé… —intervino—. Tres, dos, cero, uno, ocho.

Un sonido de confirmación hizo que la puerta se abriera. David sacó una linterna del bolsillo e iluminó el interior de la caja fuerte.

—Tiene hasta cómics… —exclamó entre risas—. Menudo friki.

—No te entretengas —intervino Raúl—. Coge los que hemos venido a buscar y larguémonos de aquí.

—Ya voy, ya voy…

David alargó la mano y agarró un libro de grandes dimensiones con la cubierta roja.

—Y pensar que esto vale millones… —Enganchó el libro en uno de los cables que tenía en el arnés y miró hacia el techo—. Todo tuyo, Raúl.

Raúl apretó uno de los botones y el cable comenzó a recogerse, subiendo el libro mientras David sacaba el segundo volumen y lo enganchaba a un segundo cable.

—Vamos, bien, chicos. —La voz de Marco les tranquilizó.

Cuando extrajo el cuarto y último volumen lo sujetó con firmeza entre sus brazos y pidió a Raúl que le sacara de allí. El ascenso se produjo sin complicaciones, al llegar a la claraboya le entregó el libro a su compañero y esperó a que le ayudase a salir.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamo David.

—No quiero ser aguafiestas —intervino Marco—, pero todavía tenéis que bajar de ahí…

—Pan comido —habló Raúl sacando de nuevo su arpón—. ¿Dónde está el guardia?

Marco miró a través de las cámaras, al tiempo que David metía los cuatro libros en el interior de una gran bolsa.

—Está justo debajo vuestro, tendréis que esperar un momento. —Raúl caminó hasta el borde y esperó la señal—. Ahora.

Disparó: el gancho voló por encima de la carretera y de la furgoneta clavándose en la fachada del edificio que había al otro lado de la calle. David pasó el cable por la polea que tenía la bolsa y tras comprobar que Raúl lo mantenía tenso, la lanzó.

Cuando su botín llegó al otro lado de la carretera, fijó el cable en el borde del tejado e indicó a su compañero que fuera el primero en descender.

—Espera —intervino Marco—, el guardia se acerca.

Raúl miró desde el borde y observó el lento y pesado caminar. Siguió sus pasos y cuando vio cómo doblaba la esquina empujó a su compañero. En el mismo instante en que David tocó el suelo, enganchó su polea al cable y saltó.

Marco salió de la furgoneta y les ayudó a entrar el botín.

—Corred —exclamó—. Vámonos de aquí.

Raúl se subió a la furgoneta y encendió el motor, mientras David abría la bolsa y contemplaba aquellos libros.

—El coleccionista pagará una fortuna por ellos… —habló Raúl al tiempo que apretaba el acelerador.

Marco cogió el teléfono móvil y se lo llevó a la oreja.

—Somos nosotros —informó con una amplia sonrisa—. Tenemos la primera edición de Las aves de América. ¿Dónde hacemos el intercambio?

(Los protagonistas debían robar unos libros)

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